
La impresión prácticamente unánime de quienes convivimos a diario con jóvenes es que, en su mayor parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Por este motivo aspiro a que mis clases sean una invitación a pensar, aunque no siempre lo consiga. En este sentido, adopté hace algunos años como lema de mis cursos unas palabras de Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations en las que afirmaba que «no querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios».
Con toda seguridad este es el permanente ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, al menos en los niveles superiores. Sin embargo, la experiencia habitual nos muestra que la mayor parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. «Quien piensa se raya» —dicen en su jerga—, o al menos corre el peligro de rayarse y, por consiguiente, de distanciarse de los demás. Muchos recuerdan incluso que en las ocasiones en que se propusieron pensar experimentaron el sufrimiento o la soledad y están ahora escarmentados. No merece la pena pensar —vienen a decir— si requiere tanto esfuerzo, causa angustia y, a fin de cuentas, separa de los demás. Más vale vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está.
En consonancia con esta actitud, el estilo
de vida
juvenil es notoriamente superficial y efímero; es enemigo de
todo compromiso. Los jóvenes no quieren pensar porque el
pensamiento
—por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesan
nuestra
cultura— exige siempre una respuesta personal, un compromiso
que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir.
No queda ya ni rastro de aquellos ingenuos ideales de la
revolución
sesentayochista de sus padres y de los mayores de cincuenta
años.
«Ni quiero una chaqueta para toda la vida —escribía
una valiosa estudiante de Comunicación en su blog— ni
quiero un mueble para toda la vida, ni nada para toda la
vida. Ahora
mismo decir toda la vida me parece decir demasiado. Si esto
sólo
me pasa a mí, el problema es mío. Pero si este es un
sentimiento generalizado tenemos un nuevo problema en la
sociedad
que se refleja en cada una de nuestras acciones. No queremos
compromiso
con absolutamente nada. Consumimos relaciones de calada en
calada,
decimos «te quiero» demasiado rápido: la primera
discusión y en seguida la relación ha terminado. Nos
da miedo comprometernos, nos da miedo la responsabilidad de
tener
que cuidar a alguien de por vida, por no hablar de querer
para toda
la vida».
Superficial, superfluo e inútil
El temor al compromiso de toda una generación que se refugia en la superficialidad, me parece algo tremendamente peligroso. No puede menos que venir a la memoria el lúcido análisis de Hannah Arendt sobre el mal. En una carta de marzo de 1952 a su maestro Karl Jaspers escribía que «el mal radical tiene que ver de alguna manera con el hacer que los seres humanos sean superfluos en cuanto seres humanos». Esto sucede —explicaba Arendt— cuando queda eliminada toda espontaneidad, cuando los individuos concretos y su capacidad creativa de pensar resultan superfluos. Superficialidad y superfluidad —añado yo— vienen a ser en última instancia lo mismo: quienes desean vivir sólo superficialmente acaban llevando una vida del todo superflua, una vida que está de más y que, por eso mismo, resulta a la larga nociva, insatisfactoria e inhumana.
De hecho, puede decirse sin cargar para
nada las
tintas que la mayoría de los universitarios de hoy en día
se consideran realmente superfluos tanto en el ámbito
intelectual
como en un nivel más personal. No piensan que su papel
trascienda
mucho más allá de lograr unos grados académicos
para perpetuar quizás el estatus social de sus progenitores.
No les interesa la política, ni leen los periódicos
salvo las crónicas deportivas, los anuncios de espectáculos
y algunos cotilleos. Pensar es peligroso, dicen, y se
conforman con
divertirse. Comprometerse es arriesgado y se conforman en lo
afectivo
con las relaciones líquidas de las que con tanto éxito
ha escrito Zygmunt Bauman.
A dónde nos lleva el no pensar
Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado puerilmente a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores entresijos. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.
Pero, ¿qué puede hacerse? Los profesores sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros alumnos —como aspiraba Wittgenstein— a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar.
Tags: educación de los hijos