este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
«Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas, que desfiguran su
rostro para que los hombres noten que ayunan. En verdad os digo que ya
recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y
lávate la cara, para que no adviertan los hombres que ayunas, sino tu Padre que
está en lo oculto; y tu Padre que ve en lo oculto te recompensará». (Mateo 6,
16-18)
I. «Cuando ayunéis no os finjáis tristes.»
Jesús,
empieza hoy el tiempo de Cuaresma, ese tiempo previsto en la Iglesia para
prepararme a vivir los días de tu Pasión, Muerte y Resurrección, que son los
días centrales del año. La Cuaresma son cuarenta días en los que, imitando
aquellos cuarenta días que pasaste en el desierto antes de empezar tu
predicación, he de intentar unirme más a Dios con la oración y el
ayuno.
Hoy es miércoles de ceniza. En una ceremonia especial, en la Misa,
el sacerdote me pone ceniza en la cabeza mientras me dice: «acuérdate que eres
polvo y al polvo has de volver». Jesús, hoy es un buen día para darme cuenta de
que soy tierra, polvo, nada; y que en pocos o muchos años seré un montón de
cenizas como ésas que me han puesto hoy. Hoy es un buen día para preguntarme:
Jesús, ¿qué estoy haciendo con mi vida?; ¿cómo estoy aprovechándola para cosas
que valgan la pena de verdad? Y ante lo mucho que tengo que rectificar, me doy
cuenta de que he de purificarme con más oración, con más sacrificio.
II. «La muerte llega inexorable. Por lo tanto, ¡qué hueca vanidad
centrar la existencia en esta vida! Mira cómo padecen tantas y tatos. A unos
porque se acaba, les duele dejarla; a otros, porque dura, les aburre... No cabe,
en ningún caso, el errado sentido de justificar nuestro paso por la tierra como
un fin. Hay que salirse de esa lógica, y anclarse en la otra: en la eterna. Se
necesita un cambio total un vaciarse de sí mismo, de los motivos egocéntricos,
que son caducos, para renacer en Cristo, que es eterno. (Surco.-879).
Se
necesita un cambio total, un cambio de lógica. Esto es lo que la Iglesia me
presenta con el miércoles de ceniza: vale la pena vaciarse de uno mismo, de los
motivos egocéntricos, que son caducos. Pero eso cuesta. Necesito entrenarme si
quiero ganar en ese deporte espiritual, en esa lucha cotidiana por cumplir tu
voluntad y no la mía. Parte de este entrenamiento es el dominio de los sentidos
a través de la mortificación y, en concreto, del ayuno y la abstinencia.
Por eso la Iglesia introduce estas prácticas en su cuarto mandamiento.
«El cuarto mandamiento (ayunar y abstenerse de comer carne cuando lo manda la
Santa Madre Iglesia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos
preparan para las fiestas litúrgicas; contribuye a hacernos adquirir el dominio
sobre nuestros instintos y la libertad del corazón». (CEC 2043).
Hay dos
días en el año en que el ayuno obliga a mayores de dieciocho años y menores de
sesenta: el miércoles de ceniza y el viernes Santo. Esos días, salvo que no
convenga por razones médicas, el ayuno consiste en no hacer más que una comida
al día, si bien se permite un ligero desayuno y una ligera cena.
Además,
estos dos días y todos los viernes de Cuaresma son días de abstinencia. La
abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años y consiste en no comer
carne, ofreciendo este pequeño sacrificio a Dios. El ayuno, como cualquier otra
mortificación, además de lo que supone de dominio de los sentidos, me une al
sacrificio de la Cruz.
Jesús, cuando te ofrezco una pequeña
mortificación, te estoy imitando en tu entrega en la Cruz. Por eso, el viernes
Santo, el día en que mueres por nosotros, es un día de ayuno. Que me sepa
concretar para este tiempo de Cuaresma unas pequeñas mortificaciones que me
ayuden a purificarme y a unirme más a Ti: mortificaciones en las comidas, en
detalles de orden, de puntualidad, de servicio, de sobriedad en el uso de los
medios materiales, etc...
Comentario realizado por Pablo Cardona.
Fuente: Una Cita con Dios, Tomo VI, EUNSA