![]()
El alma, después de ese tiempo consagrado a la observancia del ayuno, purificada y agotada, llega al bautismo. Recupera las fuerzas al sumergirse en las aguas del Espíritu; todo lo que había sido consumido por el fuego de las enfermedades, renace del rocío de la gracia del cielo. El neófito, abandonando la corrupción del viejo hombre, adquiere una nueva juventud... A través de un nuevo nacimiento, renace otro siendo el mismo que el que había pecado.
Elías, por un ayuno ininterrumpido de cuarenta días y cuarenta noches, mereció poner fin a una larga y penosa sequedad en toda la tierra (1R 19,8; 18,41); calmó la ardiente sed del suelo trayéndole una lluvia abundante. Estos hechos ocurrieron para servirnos como ejemplo, para merecer, después de un ayuno de cuarenta días, la lluvia bendita del bautismo, para que el agua del cielo riegue toda la tierra árida, en la que habitan nuestros hermanos del mundo entero desde hace mucho tiempo. El bautismo, como rocío de salvación, dará fin a la larga esterilidad del mundo pagano. En efecto, cualquiera que no ha sido bañado con la gracia del bautismo sufre sequedad y aridez espiritual.
Por un ayuno del mismo número de días y de noches, el santo Moisés mereció hablar con Dios, permanecer, estar con él, recibir de sus manos los preceptos de la Ley (Ex 24,18)... También nosotros, queridos hermanos, ayunemos con fervor durante este tiempo para que... se nos abran también los cielos y se cierren los infiernos