este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Toda la vida cristiana tiene un centro: el
amor. Su Santidad Juan Pablo II lo explica incomparablemente: “Ser
cristianos no es, primariamente, asumir una infinidad de compromisos y
obligaciones, sino dejarse amar por Dios.” Y agrega “Quien quiera que
seas tú, cualquiera que sea tu condición existencial, Dios te ama. Te
ama totalmente. Dios ama a todos sin distinción y sin límites. Nos ama a
todos con un amor incondicional y eterno.”
Dios nos ama como solo Él puede hacerlo: infinitamente. Dios nos colma,
por amor, con Su Gracia, a pesar de nuestras negligencias e
imperfecciones. Por indignos que seamos nos inspira, ilumina nuestros
caminos y se difunde en nuestros corazones. Nuevamente, el Santo Padre
nos recuerda que “El amor de Dios hacia los hombres no conoce límites,
no se detiene ante ninguna barrera de raza o de cultura: es universal,
es para todos. Sólo pide disponibilidad y acogida; sólo exige un terreno
humano para fecundar, hecho de conciencia honrada y de buena voluntad.”
El amor de Dios es tan grande, que se hizo hombre. Esto para algunas
culturas es impensable. ¿Un Dios que se hace hombre? ¿Un Dios que del
estado de omnipotencia absoluta queda reducido a la pequeñez de un ser
humano? Dios hizo por nosotros más de lo que podemos comprender. ¿Hay
acaso en el mundo un amor así, que a pesar de nuestros defectos, de
nuestras faltas y ofensas?
Dios ha llegado por nosotros a extremos insospechados, al grado de
hacerse hombre para salvarnos. Dice San Agustín que era tan grande la
soberbia humana que necesitó de la humildad divina para curarse.
Y el amor con amor se paga. El amor que nos tiene Dios es la salud del
alma. Un alma sin amor está muerta. No podemos ver al Creador con
tibieza cuando Él nos ama con tanto ardor. Si Dios nos ama, nos recuerda
San Bernardo, nosotros debemos amarle a él, sabiendo que el amor hace
felices a los que se aman entre sí.
El primer Mandamiento es amar a Dios con todo el corazón, con todas las
fuerzas. Debemos consagrarle todo el pensamiento, la inteligencia y el
trabajo de cada día. La medida del amor a Dios es amarlo sin medida.
Debemos desear amarlo más. Quien no quisiera amara a Dios más de lo que
le ama, de ninguna manera cumplirá el precepto del amor. Decía el Beato
Josemaría “Señor: que tenga peso y medida en todo... menos en el Amor”
(Camino, n. 427).
El hombre nunca puede amar a Dios tanto como Él debe ser amado, porque
Dios es infinitamente amable. Debemos pedirle a Dios que nos deje
conocerlo para amarle profundamente, que nos deje verle en todas las
cosas.
Dios sólo basta para colmar nuestros deseos: Más grande es Dios que
nuestro corazón (I Jn 3, 20). Por eso dice Agustín en el libro primero
de las Confesiones: “Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón
está intranquilo hasta que descanse en ti”.
Nuestro Señor Jesucristo nos enseña los dos mandamientos fundamentales:
Amar a Dios sobre todas las cosas y amar al prójimo como a uno mismo. Y
todos sabemos lo difícil que es amar a los que nos ofenden. Juan Pablo
Primero nos lo expone maravillosamente: “A algunas personas es fácil
amarlas; a otras, es difícil: no son simpáticas, nos han ofendido o
hecho mal; sólo si amo a Dios en serio, llego a amarlas en cuanto hijas
de Dios y porque Él me lo manda. Jesús ha fijado también cómo amar al
prójimo, esto es, no sólo con el sentimiento, sino con los hechos: [...]
tenia hambre en la persona de mis hermanos más pequeños, ¿me habéis
dado de comer? ¿Me habéis visitado cuando estaba enfermo?”
Al prójimo lo amamos por Dios, porque el que ama a Dios
inevitablemente llega a amar al prójimo.
Santa Teresa de Lisieux explica: “ Entendí que sólo el amor es el que
impulsa... si faltase este amor, ni los apóstoles anunciarían ya el
Evangelio, ni los mártires derramarían su sangre. El amor encierra en sí
todas las vocaciones, el amor lo es todo, abarca todos los tiempos y
lugares: el amor es eterno. Entonces, llena de alegría desbordante «Oh,
Jesús, amor mío, por fin he encontrado mi vocación: mi vocación es el
amor.”
Además, el amor defiende de las adversidades. El sufrimiento, el
abandono, la contradicción, cuando se llevan por amor cobran un sentido
totalmente distinto. Hasta los reveses y dificultades son llevaderos
para el que ama.
Todo lo duro que puede haber en los mandamientos lo hace llevadero el
amor... ¿Qué no hace el amor ? Ved cómo trabajan los que aman; no
sienten lo que padecen, redoblando sus esfuerzos a tenor de las
dificultades, nos recuerda San Agustín.
“En vuestras dificultades, en los momentos de prueba y desaliento,
cuando parece que toda dedicación está como vacía de interés y de valor,
¡tened presente que Dios conoce vuestros afanes! ¡Dios os ama uno por
uno, está cercano a vosotros, os comprende! Confiad en Él, y en esta
certeza encontrad el coraje y la alegría para cumplir con amor y con
gozo vuestro deber. (Juan Pablo II)
El amor conduce a la felicidad. Sólo a los que lo tienen se les promete
la bienaventuranza eterna. Y sin él, todo lo demás resulta insuficiente
El amor produce en el hombre la perfecta alegría.
Volvamos a encontrar el camino que lleva a Dios. No a un Dios
cualquiera, sino al Dios que se ha manifestado Padre en el rostro
amabilísimo de Jesús de Nazaret. Recordemos el abrazo tierno y afectuoso
del Padre cuando vuelve a encontrar al hijo «pródigo». Si nos dejamos
encontrar por Él, nuestro corazón hallará la paz. Será fácil responder a
su amor con amor. Para entender, basta pensar en Jesús sobre la cruz y
en el ladrón crucificado con Él, a su lado. Jesús le aseguró: «Hoy
estarás conmigo en el paraíso.»
Probablemente no haya quien ame más en el mundo que una madre.
Acerquémonos a la Santísima Virgen y pidámosle que nos enseñe a amar más
a Su Hijo. Ella le tuvo entre brazos, cuando nació en un pesebre y
cuando lo bajaron de la cruz. María, modelo perfecto del amor a Dios,
nos mostrará el camino para entregar por entero nuestro corazón a Dios.