De las Homilías de San Asterio de Amasea, obispo

Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar
Dios no es un superior prepotente, ni un
juez inexorable, sino el amor sin límites, el milagro mismo del amor. Un amor
que renuncia a imponerse, que respeta exquisitamente nuestra libertad. Para
cada una de nuestras culpas nos tiene reservado un nuevo plan de redención. Su
nueva es el amor, y los hombres de Dios saben difundir esa misma nueva porque
saben amar. Del mismo modo que Dios perdona gratuitamente y nos trata según su
corazón -no según nuestros méritos-, así también nosotros no podemos sino amar,
ser misericordiosos, comprender a todos, porque a todos debemos amar.
S i queréis asemejaros a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen,
imitad su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo
implica la bondad, imitad el amor de Cristo.
Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres
haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de
penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los
hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.
Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mi todos los
que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los
que hicieron caso de esta
invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de sus pecados, al momento
los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los santificó, el Espíritu
los confirmó> el hombre viejo fue sepultado en el agua bautismal y el hombre
nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.
¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que
era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.
Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los
evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y
benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.
En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y
misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien
se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que
continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la
descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y
escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran
fatiga, hasta que la halló errante.
Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a
empujones al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola
suavemente, la llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que
había encontrado que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el
significado de este hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta
oveja y este pastor no significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera,
sino algo más profundo.
En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada. En ellos se nos advierte
que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y que, cuando alguien se
halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en prestarle ayuda, sino que
a los que se han desviado de la recta conducta los volvamos al buen camíno, nos
alegremos de su vuelta y los agreguemos a la muchedumbre de los que viven recta
y piadosamente.
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