este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Darles las gracias porque nos han dado el
testimonio más hermoso que pueda recibir un ser humano: el de la entrega
mutua unida a apertura generosa a la llegada de cada uno de nosotros,
sus hijos
¡Gracias por el amor y por la vida!
Vivir es un don maravilloso. Se lo debemos a Dios,
que es la fuente y el origen de todo lo
que existe. Se lo debemos también a nuestros padres, que
fueron creados por Dios y que colaboraron con Él, generosamente,
en la tarea de dar vida.
La gratitud hacia los padres
brota, entonces, como un deber magnífico. Miramos a nuestros padres
y los vemos enamorados, buenos, disponibles, sacrificados. Reconocemos
en ellos
un designio maravilloso que les supera y que les plenifica.
Los vemos como ministros de vida, como colaboradores, como protectores,
como educadores, como padres.
Reconocer lo mucho que debemos a
nuestros
padres nos une a ellos de un modo íntimo y
familiar. Descubrimos que su historia es también nuestra historia. No
existiríamos si papá y mamá no se hubieran conocido, no
se hubieran amado, no se hubieran comprometido, con un sacramento,
a la fidelidad mutua y a la apertura a los
hijos.
Un día llegamos a aparecer, como parte de ese amor,
como parte del dinamismo de la vida. Mamá fue quien
lo supo primero. Luego la noticia llegó a ser compartida.
La entrega mutua culminaba, desde el querer divino, en un
nuevo hijo.
Juan Pablo II lo explicaba bellamente en la Carta
a las familias (1994): cuando los padres “transmiten la vida
al hijo, un nuevo «tú» humano se inserta en la
órbita del «nosotros» de los esposos, una persona que ellos
llamarán con un nombre nuevo: «nuestro hijo...; nuestra hija...». «He
adquirido un varón con el favor del Señor» (Gn 4,1),
dice Eva, la primera mujer de la historia. Un ser
humano, esperado durante nueve meses y «manifestado» después a los
padres, hermanos y hermanas. El proceso de la concepción y
del desarrollo en el seno materno, el parto, el nacimiento,
sirven para crear como un espacio adecuado para que la
nueva criatura pueda manifestarse como «don»“.
El Dios que
bendice el
amor de los esposos con la vida es el mismo
Dios que nos pide, que nos invita a caminar con
un corazón agradecido y bueno. Si hemos recibido un gran
regalo, si tenemos el don magnífico de la existencia, podemos
llevarlo a su plenitud desde el dinamismo del amor: con
una gratitud y un afecto profundo hacia nuestros padres, hacia
quienes nos amaron, incluso a veces en medio de grandes
sacrificios.
Esa es la actitud más hermosa en los hijos: dar
gracias a nuestros padres, tanto si están vivos como si
ya han ido a presentarse ante Dios. Darles gracias porque
se amaron y porque nos amaron. Darles gracias porque nos
cuidaron y nos ayudaron en tantos percances y aventuras. Darles
las gracias porque nos han dado el testimonio más hermoso
que pueda recibir un ser humano: el de la entrega
mutua unida a apertura generosa a la llegada de cada
uno de nosotros, sus hijos.