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La joven revelación del patinaje estadounidense en
los JJ.OO. de Nagano descubrió su vocación peregrinando a Fátima
La monja que no ganará en Vancouver
Los Juegos Olímpicos suelen ser una fuente abundante de anécdotas.
Un ambiente de superación, de sacrificio personal facilita la búsqueda
de las llamadas «noticias de interés humano» (que me registren
que yo no les puse nombre).
En unas Olimpiadas de Invierno,
la densidad de ese tipo de noticias aumenta, supongo que
porque a los obstáculos habituales se unen las condiciones climáticas
y técnicas para el desarrollo de los deportes. Me viene
a la cabeza el equipo de Bobsleigh jamaicano de Calgary.
O esa petanca sobre hielo —el curling—, que incompresiblemente para
mi, llena un estadio y desata pasiones.
El domingo Yahoo Sports!
contaba como Kristin Holum era hoy la Hermana Catherine. La joven
revelación del patinaje estadounidense en los JJ.OO. de Nagano descubrió
su vocación peregrinando a Fátima. Hija de una campeona, a
los 17 años pertenecía a la élite de una disciplina
deportiva con diez años de anticipación. Querida y admirada por
sus compañeros que todavía la recuerdan Primero vivió en el Bronx
neoyorkino, dedicada a los pobres y desamparados y para evangelizar.
Pertenece a las Hermanas Franciscanas de la Renovación, una de
esas órdenes religiosas que desata los peores instintos de la
progresía. Visten hábito y entienden que la vida interior y
la evangelización son la raíz de su actividad. «Renunciar» a
una prometedora carrera humana para ser una activista feminista amargada
sí sería inconcebible. Desde 2009 vive en el convento de San
José en Leeds (Reino Unido), sin televisor, ni Internet. Encomendando
a sus antiguos compañeros: «Sinceramente, no tengo mucha oportunidad de
seguirles, pero mis pensamientos y oraciones están con ellos». Es
feliz siendo fiel a su vocación: Me es extraño pensar que
las cosas podrían haber sido diferentes y que pudiese estar
de nuevo en los Juegos Olímpicos, pero no era el
camino que el Señor me tenía reservado y no me
arrepiento. Me reconforta comprobar cómo interviene el Señor en
nuestras vidas,
cuando le dejamos, claro. Y me gusta más en vísperas
de Cuaresma.
Nota: La de la foto es K. Holum, en
Calgary y en Leeds (la de la izquierda).