De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II

Los interrogantes más profundos del hombre
Nuestro mundo que sabe «gozar de la vida»,
que subordina al bienestar económico cualquier aspiración del espíritu, que se
adapta con desenvoltura a cualquier situación..., no encuentra el necesario
sosiego, ni la paz. Y la cuestión vuelve a plantearse una y otra vez,
angustiosa: ¿cuáles son las verdaderas exigencias del hombre? Aparentemente,
todo parece marchar correctamente sin Dios, pero no hay alegría. Se precisa
descubrir a Cristo vivo, germen de transformación progresiva y radical de
nuestras vidas, el único capaz de aportar confianza en el hombre, en la
historia, en el futuro. Cristo es el sentido de la vida.
El mundo moderno aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y de lo
peor, pues tiene abierto el camino para optar entre la libertad o la
esclavitud, entre el progreso o el retroceso, entre la fraternidad o el odio.
El hombre sabe muy bien que está en su mano el dirigir correctamente las
fuerzas que él ha desencadenado y que pueden aplastarlo o salvarlo. Por ello se
interroga a sí mismo.
En realidad, los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados
con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón
humano.
Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre. A
fuer de creatura, el hombre experimenta múltiples limitaciones; se siente, sin
embargo, ¡limitado en sus deseos y llamado a una vida superior.
Atraído por muchas solicitaciones, tiene que elegir y que renunciar. Más aún,
como enfermo y pecador, no es raro que haga lo que no quiere y deje de hacer lo
que querría llevar a cabo. Por ello siente en sí mismo la división, que tantas
y tan graves discordias provoca en la sociedad.
Son muchísimos los que, tarados en su vida por el materialismo práctico, no
quieren saber nada de la clara percepción de este dramático estado, o bien,
oprimidos por la miseria, no tienen tiempo para ponerse a considerarlo, Muchos
piensan hallar su descanso en una interpretación de la realidad, propuesta de
múltiples maneras.
Otros esperan del solo esfuerzo humano la verdadera y plena liberación de la
humanidad y abrigan el convencimiento de que el futuro reino del hombre sobre
la tierra saciará plenamente todos sus deseos.
Y no faltan, por otra parte, quienes, desesperando de poder dar a la vida un
sentido exacto, alaban la audacia de quienes piensan que la existencia carece
de toda significación propia y se esfuerzan por darle un sentido puramente
subjetivo.
Sin embargo, ante la actual evolución del mundo, son cada día más numerosos los
que se plantean o los que acometen con nueva penetración las cuestiones más
fundamentales: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido del dolor, del mal, de la
muerte, que, a pesar de tantos progresos hechos, subsisten todavía? ¿Qué valor
tienen las victorias logradas a tan caro precio? ¿Qué puede dar el hombre a la
sociedad? ¿Qué puede esperar de ella? ¿Qué hay después de esta vida temporal?
Cree la Iglesia que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre su luz
y su fuerza por el Espíritu Santo, a fin de que pueda responder a su máxima
vocación, y que no ha sido dado bajo el cielo a la humanidad otro nombre en el
que haya de encontrar la salvación.
Igualmente cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se
hallan en su Señor y Maestro.
Afirma además la Iglesia que bajo la superficie de lo cambiante hay muchas
cosas permanentes, que tienen su último fundamento en Cristo, quien existe
ayer, hoy y para siempre.
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