De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos
La ley se nos dio por
mediación de Moisés, pero la gracia y la verdad nos han venido por Jesucristo
En esta pieza maestra, San León Magno, interpretando los sentimientos de los
apóstoles, expone la necesidad que los hombres sentimos de gloria, de alegría,
de gozo para poder superar las pruebas y experiencias dolorosas de la vida. La
contemplación de la gloria de Cristo, a la que el evangelio de este domingo nos
invita, podría ser un buen estímulo para apetecer con más vehemencia la gloria
del cielo. Pensemos que cualquiera de nosotros, ransformado por el amor puede
llegar a ser el que los discípulos contemplaron en el Tabor el hombre que todos
nosotros estamos llamados a ser. Así, la experiencia de los apóstoles, de San
León Magno, la nuestra, confirmada con los testimonios de Moisés y de Elías,
van conformando una historia de hombres que procuran transfigurarse con Cristo.
El Señor descubre su gloria en presencia de unos testigos escogidos e ilumina
con tan gran esplendor aquella forma corporal, que le es común con todos, que
su rostro se pone brillante como el sol y sus vestidos blancos como la nieve.
Sin duda esta transfiguración tenía sobre todo la finalidad de quitar del
corazón de los discípulos el escándalo de la cruz, 191 a fin de que la
humillación de la pasión voluntariamente aceptada no perturbara la fe de
aquellos a quienes había sido revelada la excelencia de la dignidad oculta.
Más, con igual providencia, daba al mismo tiempo un fundamento a la esperanza
de la Iglesia, ya que todo el cuerpo de Cristo pudo conocer la transformación
con que él también sería enriquecido, y todos sus miembros cobraron la
esperanza de participar en el honor que había resplandecido en la cabeza.
A este respecto, el mismo Señor había dicho, refiriéndose a la majestad de su
advenimiento: Los santos brillarán entonces como el sol en el reino de su
Padre. Y el apóstol san Pablo afirma lo mismo, cuando dice: Considero que los
trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá; y
también: Porque habéis muerto y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios:
cuando se manifieste Cristo, que es vuestra vida, os manifestaréis también
vosotros con él revestidos de gloria.
Además, los apóstoles, que tenían que ser fortalecidos en su fe e iniciados en
el conocimiento de todas las cosas, hallaron también en este milagro una nueva
enseñanza. En efecto, Moisés y Elías, es decir, 4a ley y los profetas, se
aparecieron, hablando con el Señor; y ello para que se cumpliera con toda
perfección, por la presencia de estos cinco hombres, lo que está escrito: Sólo
por la declaración de dos o tres testigos se podrá fallar una causa. ¿Qué más
estable, qué más firme que esta causa? Para proclamarla, la doble trompeta del
antiguo y del nuevo Testamento resuena concorde, y de todo lo que en tiempos
pasados sirvió para testimoniarla coincide con la enseñanza evangélica.
Las páginas de una y otra alianza, en efecto, se confirman mutuamente, y el
resplandor de la gloria presente muestra, de una manera manifiesta y cierta, lo
que las antiguas figuras habían prometido bajo el velo del misterio;es que,
como dice san Juan, la ley se nos dio por mediación de Moisés, pero la gracia y
la verdad nos han venido por Jesucristo, ya que en él han llegado a su
cumplimiento la promesa de las figuras mesiánícas y el significado de los
preceptos de la ley; pues, con su presencia, enseña la verdad de la profecía y,
con su gracia, hace posible la práctica de los mandamientos.
Que la proclamación del santo Evangelio sirva, pues, para fortalecer la fe de
todos, y que nadie se avergüence de la cruz de Cristo, por la que el mundo ha
sido redimido.
Nadie, por tanto, tema el sufrimiento por causa de la justicia, nadie dude que
recibirá la recompensa prometida, ya que a través del esfuerzo es como se llega
al reposo y a través de la muerte a la vida; el Señor ha asumido toda la
debilidad propia de nuestra pobre condición, y, si nosotros perseveramos en su
confesión y en su amor, vencemos lo que él ha vencido y recibimos lo que ha
prometido.
Ya se trate. en efecto, de cumplir sus mandamientos o de soportar la
adversidad, debe resonar siempre en nuestros oídos la voz del Padre que se dejó
oír desde el cielo: Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis
complacencias, escuchadlo.
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