De las Catequesis de San Juan Crisóstomo, obispo

Moisés y Cristo
El hecho de que en nuestra época el conocimiento de las leyes de la naturaleza
nos dispense de recurrir al milagro para explicar acontecimientos admirables,
no debería privarnos de percibir cómo la Sagrada Escritura es capaz de releer
la historia con los ojos de la fe. Aunque hoy, a la vuelta de tantos siglos,
los milagros de Moisés nos puedan resultar lejanos e indiferentes, no podemos
dejar de percibir la experiencia de Dios en nuestra vida. Nosotros, que no
tenemos maná, ni se dan en nuestra vida acontecimientos maravillosos, tenemos a
Dios, y Dios es amor. Cuando un hombre se hace rico en el amor, ahí hemos
encontrado algo grande, maravilloso. Dejémonos, pues, inundar de esa fuerza que
recibimos cada día en el sacramento del altar.
Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y
sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse
al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto
por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado el dominio
de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los
demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has
escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado.
¿Quieres aún más pruebas de que has sido honrado con dones mayores? Los judíos,
entonces, no pudieron contemplar el rostro glorificado de Moisés, a pesar de
que era consiervo y congénere suyo; tú, en cambio, has contemplado la gloria
del rostro de Cristo. Y el apóstol Pablo afirma: Todos nosotros reflejamos como
en un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor.
Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; pero, de un modo mucho más real,
nos sigue ahora a nosotros. Pues entonces el Señor los acompañaba en atención a
Moisés, pero ahora os acompaña no sólo en atención a Moisés, sino por vuestra
obediencia. Ellos, al salir de Egipto, encontraron el desierto; tú, al salir de
este mundo, encontrarás el cielo. Ellos tuvieron como guía e ilustre caudillo a
Moisés; pero nosotros tenemos como guía y caudillo al otro Moisés, que es Dios
mismo.
¿Cuál fue la nota distintiva del primer Moisés? Moisés -dice la Escritura- era
el hombre más humilde del mundo. Esta característica se la podemos atribuir,
sin temor a equivocarnos, a nuestro Moisés, ya que en él moraba íntima y
consubstancialmente el Espíritu suavísimo. Entonces, Moisés, alzando las manos
al cielo, hacía caer el maná, pan de ángeles; nuestro Moisés alza las manos al
cielo y nos proporciona el alimento eterno.Aquél golpeó la roca e hizo salir
torrentes de agua; éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar
las fuentes del Espíritu. Por esto la mesa está situada en medio, cual una
fuente, para que los rebaños acudan a la fuente desde todo lugar y beban de sus
aguas salvadoras.
Disponiendo, pues, de una fuente tal, de una mesa abastecida con tal abundancia
de alimentos de toda clase, de tanta abundancia de bienes espirituales,
acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos
gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del
Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual y con el cual sea
la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y
siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
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