De los Comentarios de San Agustín, obispo, sobre los salmos

La pasión de todo el
cuerpo de Cristo
Que la liturgia resulte escuela de oración comunitaria, nadie lo duda; que
nuestra participación en ella debe ser activa, está oficialmente reconocido;
pero por insistir en los aspectos formales, podríamos correr el peligro de
olvidar que, en la plegaria litúrgica, nuestra voz es un incienso de olor suave
en la presencia del Padre: es la voz de Cristo, su Hijo. Y San Agustín nos lo recuerda.
Señor, te he llamado, ven deprisa. Esto podemos decirlo todos. No lo digo yo
solo, sino el Cristo total. Pero es más bien el cuerpo quien habla aquí; pues
Cristo, cuando estaba en este mundo, oró en calidad de hombre, y oró al Padre
en nombre de todo el cuerpo, y al orar caían de todo su cuerpo gotas de sangre.
Así está escritoen el Evangelio:Jesús oraba con mayor intensidad, y sudó como
gruesas gotas de sangre. Esta efusión de sangre de todo su cuerpo no
significaba otra cosa que la pasión de los mártires de toda la Iglesia.
Señor, te he llamado, ven deprisa, escucha mi voz cuando te llamo. Al decir: Te
he llamado, no creas que ya ha cesado el motivo de llamar. Has llamado, pero no
por eso puedes estar ya seguro. Si hubiera terminado ya la tribulación, no
tendrías que llamar más; pero, como que la tribulación de la Iglesia y del
cuerpo de Cristo continúa hasta el fin de los siglos, no sólo hemos de decir:
Te he llamado, ven de prisa, sino también: Escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia, el alzar de mis manos como
ofrenda de la tarde. Todo cristiano sabe que estas palabras suelen entenderse
de la Cabeza en persona. Cuando, en efecto, declinaba el día, el Señor entregó
voluntariamente su vida en la cruz, para volver a recobrarla. Pero también
entonces estábamos nosotros allí representados. Pues lo que colgó del madero es
la misma naturaleza que tomó de nosotros. Si no, ¿cómo hubiera sido nunca
posible que el Padre abandonara a su Hijo único, siendo ambos un solo Dios? Y
sin embargo, clavando nuestra frágil condición en la cruz, en la cual, como
dice el Apóstol, nuestro hombre viejo ha sido crucificado con él, clamó en
nombre de este hombre viejo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Aquella ofrenda de la tarde fue, pues, la pasión del Señor, la cruz del Señor,
oblación de la víctima salvadora, holocausto agradable a Dios. Aquella ofrenda
de la tarde se convirtió, por la resurrección, en ofrenda matinal.Así, la
oración que sale con toda pureza de lo íntimo de la fe se eleva como el
incienso desde el altar sagrado. Ningún otro aroma es más agradable a Dios que
éste; este aroma debe ser ofrecido a él por los creyentes.
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