Del Tratado de San Ireneo, obispo, contra las herejías

A través de figuras,
Israel aprendía a temer al Señor y a perseverar en su servicio
Con el fin de revelarse y enseñar a su pueblo, Dios obró por medio de signos.
Tanibién hoy por medio de signos -«per typos»-, nos presenta esta hora, esta
jornada, para que la interpretemos como lo que cierta mente es: «un tiempo de
gracia, un día de salvación» (2Co 6, 12). Hoy es la hora de Cristo.
En el principio, Dios modeló al hombre, movido por su munificencia; a los
patriarcas los eligió con miras a su salvación; iba formando a su pueblo,
enseñándole a seguir a Dios, a pesar de su rebeldía; preparaba a los profetas,
haciendo que el hombre se fuera acostumbrando, aquí en la tierra" a ser
portador de su Espíritu y a gozar de la comunión con Dios; él, que de nadie
necesita, hacía entrar en su comunión a los que de él necesitan. Y, a la manera
de un arquitecto, iba esbozando, en favor de los que lo complacían, el edificio
de la salvación: él mismo se constituyó en guía de los que en Egipto no veían,
dio una ley perfectamente ajustada a los que en el desierto estaban inquietos,
otorgó en herencia la tierra prometida a los que llegaron a entrar en ella,
mata el novillo cebado para los que vuelven al Padre v los viste con la túnica
más rica. Haciendo así que el género humano, de diversas maneras, vaya
sintonizando con la salvación futura.
Por esto Juan, en el Apocalipsis, dice: Su voz era como el estruendo de muchas
aguas. Realmente, son muchas las aguas del Espíritu de Dios, ya que es mucha la
riqueza y grandeza del Padre. Y, con su acción sobre todos los hombres, el
Verbo comunicaba con liberalidad sus favores a los que se le sometían, dictando
Una ley apta y adecuada a cualquier condición.
Mediante esta ley, ordenaba al pueblo la construcción del tabernáculo, la
edificación del templo, la designación de los levitas, los sacrificios y
oblaciones, las abluciones y todo el servicio cultural.
Él, ciertamente, no tenía necesidad de ninguna de estas cosas, ya que goza de
la plenitud de todo bien y, aun antes de que Moisés existiera, contenía en sí
mismo todo olor de suavidad y toda exhalación de agradable aroma; pero todo
aquello era una constante llamada al pueblo, inclinado siempre a la idolatría,
para exhortarlo a la perseverancia y al servicio de Dios; por las cosas
secundarias lo llamaba a las cosas principales, es decir: por las cosas
figuradas lo conducía a las verdaderas, por las cosas temporales lo conducía a
las eternas, por las cosas carnales lo conducía a las espirituales, por las
cosas terrenales lo conducía a las celestiales; como le fue dicho a Moisés: Te
ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.
Durante cuarenta días, en efecto, aprendió a retener las palabras de Dios, los
caracteres celestiales, las imágenes espirituales y las figuras proféticas del
futuro, como dice el apóstol San Pablo: Bebían de la roca espiritual que los
seguía, y la roca era Cristo. Y añade también, refiriéndose a las antedichas
prescripciones de la ley: Todas estas cosas les acontecían en figura y fueron
escritas para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última
de las edades.
Así, pues, a través de estas figuras, aprendían a temer a Dios y a perseverar
en su servicio. De este modo, la Ley era para ellos norma de vida y, al mismo
tiempo, profecía de las cosas venideras.