De los Tratados de San Hilario, obispo, Sobre los salmos
El verdadero temor de
Dios
Mientras las adversidades, las culpas, las injusticias generan en no sotros
miedo, angustias y sobresaltos, la vida de la gracia, el Evangelio y el
encuentro con la verdad producen en nosotros el temor de Dios. El miedo es
fruto de sucesos y avatares; el temor, en cambio, es consecuencia del amor de
Dios. El miedo es espontáneo, el temor de Dios se conquista. Dios no es miedo,
castigo, remordimiento, sino buena nueva, amor y Padre.
Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Hay que advertir que, siempre
que en las Escrituras se nos habla del temor del Señor, nunca se nos habla de
él solo, como si bastase para la perfección de la fe, sino que va siempre
acompañado de muchas otras nociones que nos ayudan a entender su naturaleza y
perfección; como vemos en lo que está escrito en el libro de los Proverbios: Si
invocas a la inteligencia y llamas a la prudencia, si la procuras como el
dinero y la buscas como un tesoro, entonces comprenderás el temor del Señor.
Vemos, pues, cuántos pasos hay que dar previamente para llegar al temor del
Señor. Antes, en efecto, hay que invocar a la inteligencia, llamar a la
prudencia, procurarla como el dinero y buscarla como un tesoro. Así se llega a
la comprensión del temor del Señor. Porque el temor, en la común opinión de los
hombres, tiene otro sentido.
El temor, en efecto, es el miedo que experimenta la debilidad humana cuando
teme sufrir lo que no querría. Se origina en nosotros por la conciencia del
pecado, por la autoridad del más poderoso, por la violencia del más fuerte, por
la enfermedad, por el encuentro con un animal feroz, por la amenaza de un mal
cualquiera. Esta clase de temor no necesita ser enseñado, sino que surge
espontáneo de nuestra debilidad natural. Ni siquiera necesitamos aprender lo
que hay que temer, sino que las mismas cosas que tememos nos infunden su temor.
En cambio, con respecto al temor del Señor, hallamos escrito: Venid, hijos, escuchadme:
os instruiré en el temor del Señor. Así, pues, el temor de Dios ha de ser
aprendido, ya que es enseñado. No radica en el miedo, sino en la instrucción
racional; ni es el miedo connatural a nuestra condición, sino que consiste en
la observancia de los preceptos, en las obras de una vida inocente, en el
conocimiento de la verdad.
Para nosotros, el temor de Dios radica en el amor, y en el amor halla su
perfección. Y la prueba de nuestro amor a Dios está en la obediencia a sus
consejos, en la sumisión a sus mandatos, en la confianza en sus promesas.
Oigamos lo que nos dice la Escritura: Ahora, Israel, ¿qué es lo que te exige el
Señor, tu Dios? Que temas al Señor, tu Dios, que sigas sus caminos y lo ames,
que guardes sus preceptos con todo el corazón y con toda el alma, para tu bien.
Muchos son los caminos del Señor, aunque él en persona es el camino. Y,
refiriéndose a sí mismo, se da a sí mismo el nombre de camino, y nos muestra
por qué se da este nombre, cuando dice: Nadie va al Padre sino por mí.
Por lo tanto, hay que buscar y examinar muchos caminos e insistir en muchos de
ellos para hallar, por medio de las ense
ñanzas de muchos, el único camino seguro, el único que nos lleva a la vida
eterna. Hallamos, en efecto, varios caminos en la ley, en los profetas, en los
evangelios, en los apóstoles, en las distintas obras mandadas; dichosos los
que, movidos por el temor de Dios, caminan por ellos.
Tags: Cuaresma