Del Tratado de San Ireneo, obispo, Contra las herejías

La Alianza del Señor
No es infrecuente que, en nombre de la madurez -humana, espiritual, afectiva-,
se experimente un rechazo a la ley y algunos absurdos terminen por convertirse
en leyes que sirven no tanto al progreso de los hombres, cuanto a los intereses
egoístas de unos pocos. Llegamos asía una situación que rechaza frontalmente la
alianza que Dios nos brinda en cada época de la «historia salutis». Una
anarquía que pretende una fe, sin empeño, una religión sin cruz. Pero esa
situación también puede servirnos de rampa de lanzamiento para conseguir la
síntesis que es Dios-anzor ley-libertad.
Moisés, en el Deuteronomio, dice al pueblo: El Señor, nuestro Dios, hizo
alianza con nosotros en el Horeb; no hizo esa alianza con nuestros padres, sino
con nosotros. ¿Porqué no hizo la alianza con los padres? Porque la ley no fue
instituida para los justos; los padres, en efecto, eran justos y tenían escrito
en su interior el contenido del decálogo, amando a Dios, su Creador, y
absteniéndose de toda injusticia contra el prójimo; por esto no necesitaron la
conminación de una ley escrita, ya que llevaban en su corazón los mandatos de
la ley.
Pero al caer en olvido y extinguirse la justicia y el amor de Dios, durante la
permanencia en Egipto, fue necesario que Dios, por su gran benevolencia hacia
los hombres, se manifestara a sí mismo de palabra.
Con su poder sacó al pueblo de Egipto, para que el hombre volviera a ser
discípulo y seguidor de Dios; y lo atemorizó con su palabra, para que no
despreciara a su Hacedor.
Lo alimentó con el maná, alimento espiritual, como dice también Moisés en el
Deuteronomio: Te alimentó con el maná, que no conocieron tus padres, para
enseñarte que no sólo se vive de pan, sino de cuanto sale de la boca de Dios.
Además, le ordenó el amor de Dios y la justicia para con el prójimo, para que
no fuese injusto ni indigno de Dios, disponiendo así al hombre, por medio de]
decálogo, para su amistad y la concordia con el prójimo; todo ello en provecho
del hombre, ya que Dios ninguna necesidad tiene del hombre.
Todo esto contribuía a la gloria del hombre, otorgándole la amistad con Dios,
de la que estaba privado, sin que nada añadiera a Dios, ya que él no necesita
del amor del hombre.
El hombre, en cambio, se hallaba privado de la gloria de Dios, que sólo podía
obtener por la sumisión a él.Por esto Moisés decía también al pueblo: Elige la
vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su
voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra.
Y, queriendo disponer al hombre para esta vida, el Señor promulgó por sí mismo
el decálogo, para todos sin distinción; y, con su venida en carne, este
decálogo no fue abolido, sino que sigue en vigor, completado y aumentado. En
cambio, no promulgó por sí mismo al pueblo los preceptos que implican
servidumbre, sino que los promulgó por boca de Moisés, como afirma el mismo
Moisés: En aquella ocasión el Señor me mandó que os enseñara mandatos y
decretos.
Aquellos preceptos, pues, que implicaban servidumbre y tenían el carácter de
signo fueron eliminados por el nuevo Testamento de libertad; en cambio, los que
eran de ley natural, liberadores y comunes a todo hombre, los completó y
perfeccionó, dando a los hombres, con suma liberalidad y largueza,el
conocimiento de Dios como Padre adoptivo, para que lo amasen de todo corazón y
siguieran al que es su Palabra sin desviarse.
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