De los Tratados de San Agustín, obispo, sobre el evangelio de San Juan

Llegó una mujer
samaritana a sacer agua
Quien busca al Señor, él se le muestra fácilmente, también a quien no pertenece
a la Iglesia -como la mujer samaritana-, y sabe hacerse el encontradizo -como
con la mujer samaritana- porque desea embriagarnos de su agua viva.
Llegó una mujer. Esta mujer es figura de la Iglesia no justifiicada aún, pero
en vías de justificación, ya que de esto trata el relato. Llegó ignorante de lo
que allí le esperaba, encontró a Cristo, y éste le dirigió la palabra. Veamos
qué palabras y por qué. Llegó una mujer samaritana a sacar agua. Los
samaritanos no eran de raza judía, eran tenidos por extranjeros. Concuerda con
el simbolismo del relato el hecho de que esta mujer, figura de la Iglesia,
venga de un pueblo extranjero, ya que la Iglesia había de venir de entre los
gentiles, de los que no eran de raza judía.
Por tanto, oigámonos a nosotros en sus palabras, reconozcámonos a nosotros en
ella, y en ella demos gracias a Dios por nosotros. Ella era figura, no
realidad; pero ella misma comenzó por ser figura y terminó por ser realidad.
Creyó, en efecto, en aquel que quería hacerla figura de nosotros. Llegó, pues,
a sacar agua. Había venido simplemente a sacar agua, como acostumbraban hacer
todos.
Jesús le dijo: «Dame de beber. » Mientras tanto sus discípulos habían ido a la
ciudad a comprar alguna cosa para comer. Dílole la samaritana: « ¿Cómo tú,
siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» Conviene saber que
los judíos no alternan con los samaritanos.
Veis cómo se trata de extranjeros: los judíos no usaban en modo alguno de sus
vasijas. Y aquella mujer, que llevaba consigo una vasija para sacar agua, se
admira de que un judío le pida de beber, cosa que no solían hacer los judíos.
Pero el que le pide de beber, en realidad, de lo que tiene sed es de la fe de
aquella mujer.
Escucha quién es el que le pide de beber: Jesús le respondió: «Si conocieses el
don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», seguro que se la
pedirías tú a él y él te daría agua viva. »
Pide de beber y promete una bebida. Se presenta como quien está necesitado, y
tiene en abundancia para saciar a los demás. Si conocieses -dice- el don de
Dios. El don de Dios es el Espíritu Santo. Pero de momento habla a aquella
mujer de un modo encubierto, y va entrando paulatinamente en su corazón.
Seguramente empieza ya a instruirla. ¿Qué exhortación, en efecto, más suave y
benigna que ésta? Si conocieses el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame
de beber», seguro que se la pedirías tú a él y él te daría agua viva.
¿Qué agua había de darle, sino aquella de la que está escrito: En ti está la
fuente viva? Pues no pueden ya tener más sed los que se nutren de lo sabroso de
tu casa.
Prometía el alimento y saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo entendia
aún; y, por eso, ¿qué respondía? Exclamó entonces la mujer: «Señor, dame de esa
agua, para que no sienta ya más sed ni tenga que venir aquí a sacar agua. » La
necesidad la obligaba a fatigarse, pero su debilidad recusaba la fatiga. Ojalá
hubiera podido escuchar aquellas palabras: Venid a mí todos los que andáis
rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Porque todo esto se lo decía
Jesús para que no tuviera ya que fatigarse, mas ella no lo entendía aún.
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