este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
¿QUÉ NOS DICE JESÚS SOBRE LOS ACCIDENTES Y
TRAGEDIAS HUMANAS?
San Lucas, el evangelista “historiador”, se
mete hoy de reportero. Los hechos que nos narra el Evangelio de este domingo
parecen más noticias de “crónica”, y perfectamente podrían haber sido publicadas
en la primera página de todos los diarios del país. Y, si me permite el bueno de
Lucas, incluso hasta adquiere un tono un poco “amarillista”. Perdón, Lucas, pero
lo digo con todo respeto y sin ningún afán de ser irreverente.
Hoy se nos
cuenta que algunos vecinos anónimos se presentaron a Jesús a referirle la
tragedia “de los galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios
que ofrecían”. Nosotros no conocemos detalles de lo sucedido ni se nos reportan
datos cronológicos. Tampoco sé si el historiador judío más famoso de la época,
Flavio Josefo, diga algo al respecto en sus annales. Lo cierto es que se trataba
de un hecho bastante conocido por todos y que tal vez debió haber ocurrido en
fechas cercanas a esa conversación con nuestro Señor.
Y bien, Jesús toma
enseguida la palabra y los interpela directamente -“a quemarropa”, podríamos
decir: “Bueno, y pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás,
porque acabaron así? ¡Pues no!”. Y, no contento con comentar este hecho, trae a
colación otro más, también trágico, y que sus interlocutores no se habían
atrevido a mencionar: “Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre
de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén?
¡Pues yo os digo que no!”. Aquí nuestro Señor está abordando un tema bastante
candente para su auditorio: el sufrimiento del inocente.
En todas las
épocas de la historia ésta ha sido una pregunta acuciante que ha sacudido la
conciencia de los hombres. Más de cinco mil años de civilización -desde que
surgieron las “grandes culturas” y dos mil años de cristianismo no han sido
suficientes para hacer “desaparecer” este problema, que hunde sus raíces en lo
más profundo del espíritu humano y que constituye como una parte esencial de su
misterio. Los espíritus más grandes de todos los tiempos -líderes religiosos,
pensadores, filósofos, genios de la ciencia, talentos artísticos y literarios
han meditado en la realidad del sufrimiento, y aún hoy continúa siendo un
misterio casi impenetrable.
Nos preguntamos con frecuencia, por ejemplo,
por qué tantos seres humanos inermes e indefensos tienen que ser víctimas
inocentes de las guerras y de las injusticias, de la opresión, del odio y la
prepotencia, a veces ciega y brutal, de otros hombres como ellos. O por qué esas
catástrofes naturales -terremotos, ciclones, volcanes, sequías, inundaciones,
epidemias que, para colmo, parece como si se abatieran precisamente sobre los
más pobres y desprovistos de toda protección; o las tremendas tragedias ligadas,
en cierta medida, a descuidos humanos más o menos dolosos -accidentes aéreos o
ferroviarios, o de civiles que participan en eventos masivos de carácter social,
deportivo, político o religioso y que terminan víctimas de la violencia, del
terrorismo o de revueltas populares.
También a los contemporáneos de
Jesús les impactó aquella tragedia de los galileos y el accidente de la torre de
Siloé. Y se preguntaban el porqué de aquella desgracia. Los mismos apóstoles,
cuando vieron a aquel ciego de nacimiento, le preguntaron a nuestro Señor:
“Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?” (Jn 9, 2). A
simple vista, la pregunta no era demasiado inteligente -¿cómo podía pecar si
todavía no había nacido? pero refleja muy bien la mentalidad y el sentir de su
tiempo: el sufrimiento era siempre la consecuencia del pecado. Y, por tanto, era
considerado como un castigo de Dios que se desencadenaba sobre los
malos.
Ésta era, por lo demás, la creencia tradicional varios siglos
antes de Cristo. El libro de Job nos retrata perfectamente esta situación. Y
Dios, por boca del autor sagrado, trata de hacer ver que no es el pecado ni la
culpa personal la causa del dolor y de las desgracias del justo. Dios tiene sus
caminos, muchas veces oscuros e incomprensibles, para la pobre mente humana. Y
uno de estos misterios es el sufrimiento.
¿Cuántas veces no hemos pensado
así también nosotros, y nos hemos sentido “castigados” por Dios o tratados
injustamente por Él cuando sufrimos? Muchas veces he escuchado esta frase en
labios de algunas personas en la hora de la prueba: “¿Qué le he hecho yo a Dios
para que me castigue de esta manera?”.
Juan Pablo II, en su encíclica
“Salvifici doloris” afronta de un modo muy profundo el misterio del sufrimiento.
Y trata de ofrecer una posible respuesta, a nivel humano y teológico, a este
desconcertante enigma. Pero, sin dejar de ser un misterio, éste se ilumina con
la luz del Crucificado y se vence con la fuerza única del verdadero
amor.
Pero sigamos adelante con el Evangelio. Nuestro Señor ha negado
rotundamente la idea de que el dolor es un castigo de Dios. Y al final concluye
con esta sentencia: “Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”.
Es una llamada directa a nuestra conciencia. Las desgracias ajenas han de ser
para nosotros como una voz de alerta y una invitación a la conversión interior.
Sobre todo en este período de Cuaresma, tiempo de gracia y de conversión.
Sería muy interesante, a este propósito, detenernos en la segunda parte
del Evangelio de hoy, en la parábola de la higuera. Jesús cuenta esta historia
para ilustrar la idea precedente. Pero se haría muy larga esta meditación.
Baste, por ello, una sola palabra: Dios espera de nosotros frutos de buenas
obras, de caridad y de misericordia. Si no producimos frutos de auténtica vida
cristiana, seremos cortados y echados al fuego, como la higuera. Una de las
finalidades más importantes del sufrimiento, en la pedagogía divina, es
ayudarnos a dar frutos de santidad a los ojos de Dios. No nos rebelemos, pues,
ni desfallezcamos. Ofrezcamos a nuestro Señor, con paciencia y amor, nuestros
dolores. Él los premiará.
De esta manera, la higuera de nuestra vida se
llenará de flores y de frutos para la vida eterna. Yo estoy plenamente
convencido de ello. Así nos lo enseñó el Señor con su cruz y
resurrección.