De las Homilías de San Basilio Magno, obispo

El que se gloríe, que
se gloríe en el Señor
El progreso técnico, la profundización en el conocimiento del hombre, la
autoinatización..., son fáctores por medio de los cuales hemos conseguido una
cola muy alta de seguridad y todo ello revierte en gloria para el propio
hombre. Pero este aserto es engañoso; si consideramos las cosas de un modo
absoluto, no hemos alcanzado la auténtica seguridad y, mucho menos, la gloria
verdadera: hay oscuridad y sentimos la necesidad de la luz, es decir, de la fe
. Pero si, por el contrario, vemos nuestra vida a la manera de San Basilio,
situaremos nuestra gloria no solo en el progreso de las tecnologías y en el
despliegue del confort, sino en el conocimiento de Cristo, muerto y resucitado.
En él reside la seguridad y la gloria.
No se gloríe el sabio de su sabiduría, no se gloríe el fuerte de su fortaleza,
no se gloríe el rico de su riqueza.
Entonces, ¿en qué puede gloriarse con verdad el hombre? ¿Dónde halla su
grandeza? Quien quiera gloriarse -continúa el texto sagrado-, que se gloríe de
esto: de conocerme y comprender que so-v el Señor.
En esto consiste la sublimidad del hombre, su gloria y su dignidad, en conocer
dónde se halla la verdadera grandeza y adherirse a ella, en buscar la gloria
que procede del Señor de la gloria. Dice, en efecto, el Apóstol: El que se
gloría, que se gloríe en el Señor, afirmación que se halla en aquel fragmento:
Cristo, ha sido hecho por Dios para nosotros sabiduría, justicia, santificacion
y redención; y así -como dice la Escritura-: «el que se gloría, que se gloríe
en el Señor».
Por tanto, lo que hemos de hacer para gloriarnos de un modo perfecto e
irreprochable en el Señor es no enorgullecernos de nuestra propia justicia,
sino reconocer que en verdad carecemos de ella y que lo único que nos justifica
es la fe en Cristo.
En esto precisamente se gloría Pablo, en despreciar su propia justicia y en
buscar la que se obtiene por la fe y que procede de Dios, para así tener íntima
experiencia de Cristo, del poder de su resurrección y de la comunión en sus
padecimientos, reproduciendo en sí su muerte, con la esperanza de alcanzar la
resurrección de entre los muertos.
Así caen por tierra toda altivez y orgullo. El único motivo que te queda para
gloriarte, oh hombre, y el único motivo de esperanza consiste en hacer morir
todo lo tuyo y buscar la vida futura en Cristo; de esta vida poseemos ya las
primicias, es algo ya incoado en nosotros, puesto que vivimos en la gracia y en
el don de Dios.
Y es el mismo Dios el que obra en nosotros haciendo que que~ ramos y obremos
movidos por lo que a él le agrada. Y es Dios también el que, por su Espíritu,
nos revela su sabiduría, la que de antemano destinó para nuestra gloria. Dios
nos da fuerzas y resistencia en nuestros trabajos. He trabajado con más afán
que todos -dice Pablo-, aunque no yo, sino la gracia de Dios con migo.
Dios saca del peligro más allá de toda esperanza humana. En nuestro interior
-dice también el Apóstol- pensábamos que no nos quedaba otra cosa sino la
muerte. Así lo permitió Dios para que no pusiésemos nuestra confianza en
nosotros mismos, sino en Dios, que resucita a los muertos. Él nos libró
entonces de tan inminente peligro de muerte y nos librará también ahora. Sí, en
él tenemos puesta la esperanza de que nos seguirá librando.
Tags: Cuaresma