De los Libros de las Moralesde San Gregorio Magno, papa, sobre el Libro de Job

El misterio denuestra vivificación
Con relativa frecuencia, el tema de nuestra plegaria será el tema de nuestravida. Coincidirán en una síntesis mutuamente provechosa. La oración no debeconstituir un mundo segregado y diverso de nuestra plegaria. Más aún, si esverdaderamente cristiana, toda nuestra vida será oración.
E1 venerable Job, figura de la Iglesia, unas veces habla en nombre del cuerpo,otras en nombre de la cabeza; y, así, a veces está hablando de los miembros y,súbitamente, toma las palabras de la cabeza. Por esto dice: Todo esto lo hesufrido aunque en mis manos no hay violencia y es sincera mi oración.
Sin que hubiera violencia en sus manos, en efecto, sufrió aquel que no cometiópecado, ni se halló engaño en su boca, y sin embargo padeció por nuestraredención los dolores de la cruz; él fue el único que dirigió a Dios unaoración sincera, ya que en medio de los sufrimientos de su pasión oró al Padre,diciendo: Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen.
¿Se puede, en efecto, pronunciar o pensar una oración más sincera que ésta, porla cual intercede por los mismos que lo atormentan? De ahí deriva el hecho deque la sangre de nuestro Redentor, derramada por la furia de sus perseguidores,se convirtiera luego en fuente de vida para los creyentes, los cuales loproclamarían Hijo de Dios.
Con respecto a esta sangre, añade con razón el libro santo: ¡Tierra, no cubrasmi sangre, no encierres mi demanda de justicia! Al hombre pecador se le habíadicho: Eres tierra y a la tierra volverás.
Pero esta tierra no sorbió la sangre de nuestro Redentor, pues cualquierpecador, al beber el precio de su redención, lo confiesa y proclama, y así sehace patente a todos su valor.
La tierra no sorbió su sangre, pues la santa Iglesia ha predicado ya en todaspartes el misterio de su redención. Es digno de notarse también lo que sigue:No encierres mi demanda de justicia. La misma sangre redentora que bebemos, enefecto, es la demanda de justicia de nuestro Redentor. Por eso dice Pablo: Oshabéis acercado a la aspersión de una sangre que habla mejor que la de Abel. Dela sangre de Abel se había dicho: La sangre de tu hermano está clamando a mídesde la tierra.
Pero la sangre de Jesús habla mejor que la de Abel, pues la sangre de Abelpedía la muerte del hermano fratricida, mientras que la sangre del Señorimpetró la vida para sus perseguidores.
Por tanto, para que dé su fruto en nosotros el sacramento de la pasión delSeñor, debemos imitar aquello que bebemos, y anunciar a los demás aquello queveneramos.
Pues su demanda de justicia quedaría oculta en nosotros, si nuestra lenguacallara lo que cree nuestra mente. Para que su demanda de justicia no quedeoculta en nosotros, sólo falta que cada uno de nosotros, a medida de susposibilidades, dé a conocer a los demás el misterio de su vivificación.
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