De las Disertaciones de San Gregorio Nacianceno, obispo

Sirvamos a Cristo en
la persona de los pobres
Permanecer en Dios significa mantener habitualmente el rostro vuelto hacia los
demás. Y es precisamente en la donación a los otros donde encontramos la
alegría y alcanzamos para nosotros mismos la misericordia de Dios. De ahí que
los cristianos nunca seremos extranjeros para el mundo porque es cabalmente en
el mundo y en las cosas del mundo donde encontramos a Jesucristo. Y encontrar a
Jesucristo es la gracia de las gracias.
Dichosos los misericordiosos dice la Escritura, porque ellos alcanzarán
misericordia. La misericordia no es, ciertamente, la última de las
bienaventuranzas. Y dice también el salmo: Dichoso el que cuida del pobre y
desvalido. Y asimismo: Dichoso el que se apiada y presta. Y en otro lugar: El
justo a diario se compadece y da ~restado. Hagámonos, pues, dignos de estas
bendiciones divinas.
Ni la misma noche ha de interrumpir el ejercicio de nuestra misericordia. No
digas al prójimo: Anda, vete; mañana te lo daré. Que no haya solución de
continuidad entre nuestra decisión y su cumplimiento. La beneficencia es lo
único que no admite dilación.
Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los pobres que no tienen
techo, y ello con prontitud y alegría. Quien practique la misericordia -dice el
Apóstol-, que lo haga con jovial¡dad; esta prontitud y diligencia duplicarán el
premio de tu dádiva. Pues lo que se ofrece de mala gana y por fuerza no resulta
en modo alguno agradable ni hermoso. Hemos de alegrarnos en vez de
entristecernos cuando prestamos algún beneficio. Si quitas las cadenas y la
opresión, dice la Escritura, esto es, la avaricia y la reticencia, las dudas y
palabras quejumbrosas, ¿qué resultará de ello? Algo grande y admirable. Una
gran recompensa. Brillará tu luz como la aurora, en seguida te brotará la carne
sana. ¿Y quien hay que no desee la luz y la salud?
Por esto, si me juzgáis digno de alguna atención, siervos de Cristo, hermanos y
coherederos suyos, visitemos a Cristo siempre que se presente la ocasión,
alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, demos albergue a Cristo, honremos a
Cristo, no sólo en la mesa, como Simón, ni sólo con ungüentos, como María, ni
sólo en el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para la
sepultura, como aquel que amaba a medias a Cristo, Nicodemo, ni, por último,
con oro, incienso y mirra, como los Magos, sino que, ya que el Señor de todo
quiere misericordia y no sacrificios, y ya que la compasión está por encima de
la grasa de millares de carneros, démosela en la persona de los pobres y de los
que están hoy echados en el polvo, para que, al salir de este mundo, nos
reciban en las moradas eternas, por el mismo Cristo nuestro Señor, a quien sea
la gloria por los siglos. Amén.
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