Nuestros queridos y sabios educadores católicos, sacerdotes y religiosas pertenecientes a afamadas congregaciones con una tradición educativa de siglos, se dejaron persuadir...

Autor: Lucrecia Rego de Planas | Fuente: Catholic.net
II. TRES INFLUENCIAS
MORTÍFERAS PARA LA EDUCACIÓN: LOS CONTADORES, LOS PSICÓLOGOS Y LOS PEDAGOGOS
Hace veinte años estos personajes no existían en las escuelas (al menos en mi
escuela) y las cosas iban bastante mejor que ahora. Por lo menos, los niños
aprendían lo que debían aprender y terminaban la tarea en menos de veinte
minutos.
Coincidiendo con la llegada de estas personas (contadores, psicólogos y
pedagogos), el aprendizaje empezó a declinar, así que... supongo que algo
tendrán que ver en el asunto.
LOS CONTADORES
Analicemos primero a los CONTADORES... ¿cómo ha sido su colaboración para
destruir la excelencia educativa que antaño buscaban muchas instituciones,
entre las que estaba el colegio de mis niños y muchos otros colegios católicos?
Con el término “contadores” no me refiero a los profesionistas que estudiaron
Contaduría en la Universidad y que llevan los estados financieros en las
empresas. No, no me refiero a ellos. Me refiero a otro tipo de “contadores”,
esos siniestros personajes que se dedican a contar las cosas, cualquier cosa:
dinero, alumnos, escuelas, canchas de fútbol, computadoras... lo que sea... y
concluyen invariablemente, con sus cuentas, que siempre es mejor el que tiene
más (de lo que sea).
La influencia de los contadores fue terrible, pues... haciendo sus números...
convencieron a los grandes educadores de que, para demostrarle al mundo que
ellos eran “los mejores educadores” tenían que tener más escuelas, con más
alumnos, más canchas de fútbol, más computadoras y, por supuesto, más
utilidades financieras (números grandes en todo).
Nuestros queridos y sabios educadores católicos, sacerdotes y religiosas
pertenecientes a afamadas congregaciones con una tradición educativa de siglos,
se dejaron persuadir... ilusionados en un principio con llevar a más y más
almas al contacto con la fe católica a través de sus muchos colegios. Después
la persuasión creció más... al ver también los grandes números financieros que
les acarrearía la multiplicación de sus locales educativos por todo lo largo y
ancho del mundo.
¿Qué sucedió? Lo que tenía que suceder: empezaron a abrir colegios como si de
franquicias de McDonalds se tratara. El problema, claro, fue que no es lo mismo
aprender a hacer hamburguesas que aprender a educar a un niño.
Es humanamente imposible que 200 sacerdotes (por más sabios y santos que sean)
puedan supervisar y controlar lo que sucede en 8000 colegios y 50
universidades.
Pero... orgullosos y embelesados con los grandes números (que podemos ver
publicados en todos sus folletos) muy pronto dejaron que prevaleciera la
cantidad sobre la calidad. Olvidaron su carisma educativo que decía que sus
escuelas fueron fundadas para formar niños sabios y santos, verdaderos hombres cristianos,
amantes del saber, buscadores de la verdad, capaces de transformar la cultura,
pues... al tener que contratar maestros de todo tipo, sin mayor selección, para
poder “medio-atender” a los cientos de miles de alumnos, muy pronto limitaron
su acción educadora a cumplir con el mínimo requerido por las leyes educativas
de cada país y en “sacar horneadas de alumnos” cada año, que supieran más o
menos lo indispensable para sobrevivir en la Universidad.
Y digo “más o menos”, porque ni siquiera eso se está consiguiendo. Las
Universidades, al estar recibiendo alumnos pésimamente preparados, han tenido
que inventarse una materia “cero”, en la que les intentan enseñar a los alumnos
las bases matemáticas indispensables que debieron aprender en primero de secundaria.
La escuela católica, gracias a los “contadores”, ya no se preocupa de cumplir
con su misión de formar hombres con sed por conocer la Verdad y alcanzar la
Sabiduría. Se ha convertido en una fábrica de niños “capacitados” y
“competentes” para insertarse en una sociedad pragmática en la cual se busca el
éxito fácil y sobre todo el utilitarismo económico.
El ideal de la escuela católica para sus egresados, ya no es el caballero
cristiano, honrado, trabajador, estudioso, sabio y santo, sino simplemente un
homo
faber, industrioso, productivo, eficiente y consumidor.
Pero la labor de los contadores no sólo quedó en contar el número de escuelas y
canchas de futbol, sino que también decidieron contar, en cada escuela, el
número de “placas de bronce” que tenían colgadas en el muro de entrada al
plantel. Me refiero a las múltiples certificaciones nacionales e
internacionales que están de moda y que debe tener (según el criterio de los
contadores) cualquier escuela de prestigio. Con la inclusión de las escuelas en
las certificaciones, se les obligó a asumir un modelo educativo “moderno” que
tiene un bajísimo nivel académico. Más adelante hablaré de él.
Señores contadores: con sus conteos y sus folletos publicitarios llenos de
grandes números y elegantes certificaciones, han deformado los verdaderos
objetivos de la educación. Si mis hijos no saben ahora cómo resolver sus
tareas, en muy buena parte se los debo a ustedes.
LOS PSICÓLOGOS
Pasemos a los segundos implicados, terribles y dañinos implicados en el deterioro
escolar: LOS PSICÓLOGOS
¿Qué tienen que ver los psicólogos con el deterioro de la enseñanza? Mucho.
En primer lugar, no sé bien porqué los metieron en las escuelas. Hacían mucho
menos daño antes, cuando estaban fuera, en sus consultorios, encargados
solamente de los exámenes de admisión (que me parecen muy bien) en la época de
inscripciones. Y sólo les llegaban, en medio del año, los casos de alumnos
problema. Cuando así era, le hacían daño sólo a los alumnos problema, que ya
eran de por sí un problema, así que su labor no hacía mayor mella en la
institución educativa.
Pero ahora... la moda dicta que hay que tener un psicólogo de planta en la
escuela. Y los pobres psicólogos, para justificar su puesto y su sueldo, se
sienten comprometidos a encontrar un niño problema en cada uno de los alumnos.
Si ven a un niño tímido... seguramente fue un niño no deseado por su madre en
el embarazo.
Si ven a un niño violento... seguramente es porque su padre es alcohólico y
abusa de él.
Si ven a un niño flojo... con toda seguridad es que su madre no le presta
atención.
Si ven a un niño soñador y pensativo... seguro tiene ADHD... hay que medicarlo.
Si ven a un niño inquieto y activo... quiere llamar la atención de sus
compañeros
Si ven a un niño solitario... es porque se siente rechazado.
Si ven a un niño que obtiene puro sobresaliente... seguro es porque lo
presionan demasiado en su casa.
Si el niño reprueba varias asignaturas, es porque está pasando por un momento
de tensión familiar.
Si no sabe escribir, tiene dislexia. Si no sabe sumar, tiene dislalia. Si no
quiere correr, seguro tiene distrofia.
Si come rápido su almuerzo a la hora del recreo, es porque sufre de ansiedad.
Si no se lo come... seguro tiene anorexia.
De esa manera, todos los alumnos (absolutamente todos) necesitan tratamientos y
terapias, que le aseguran al psicólogo su puesto, su sueldo y además un futuro
lleno de bonanza por las terapias extra escolares que imparte... por periodos
interminables... a los niños y, por supuesto, a los familiares de los niños.
Ahí está el problema con los psicólogos: ven como enfermedades los defectos,
errores y pecados y con eso quitan toda la responsabilidad al alumno. Los
maestros ya no pueden regañarlos, llamarles la atención o castigarlos, pues eso
sería tan ridículo como castigar a alguien porque le dio varicela.
El resultado de la invasión de psicólogos en las escuelas... niños
ingobernables, violencia en las aulas, faltas de respeto a la autoridad... pues
está prohibido prohibir, está prohibido regañar... está prohibido castigar...
ya que todos los niños están psicológicamente enfermos.
Pero no son culpables los psicólogos, como individuos, sino la Psicología en sí
misma. La única culpa de los psicólogos es haber estudiado una carrera dedicada
a una pseudociencia que está mal fundamentada desde sus mismos orígenes.
Escojan la teoría psicológica que más les guste: Freud, Jung, Adler, Fromm o el
mismo Frankl... el que quieran. No hay una sola corriente psicológica que
contemple al hombre como lo que es: un ser creado por Dios, dotado de cuerpo y
alma, con una naturaleza herida por el pecado, que habiendo sido redimido por
Cristo, está llamado a alcanzar la vida eterna con la ayuda de la gracia.
Todas las corrientes psicológicas contemplan sólo al hombre terrestre (en
sentido horizontal) y pretenden sólo guiarlo a una felicidad terrena, olvidando
la eternidad. Con eso yerran absolutamente el camino, pues eliminan de sus
terapias el valor del sufrimiento, del esfuerzo, de la entrega, del olvido de
sí mismo y encaminan a sus pacientes por un camino de egoísmo... en el cual los
obligan a mirarse sólo a sí mismos y a su bienestar personal . Un camino que va
exactamente en sentido contrario al que nos ha enseñado Jesucristo para
alcanzar la felicidad eterna: “El que quiera venir en pos de mí, que se niegue
a sí mismo, tome su cruz y me siga”
El psicólogo trata de quitarle todas las cruces al niño y lo hace pensar
primero en sí mismo y sólo en sí mismo. Olvidándose de Dios, pretenden tomar su
lugar. Es imposible que puedan orientar al alma humana yendo en contra de las
recomendaciones de su Creador.
Pero bueno... el asunto es que los psicólogos llegaron a las escuelas y parece
ser que llegaron para quedarse, así que no nos queda otro remedio a las mamás,
más que enseñar a nuestros hijos la responsabilidad de sus actos, de sus logros
y yerros, y conseguir que nos crean, aunque en la escuela les digan
constantemente que no son ellos los responsables, sino “el ambiente tan difícil
que les ha tocado vivir”.
LOS PEDAGOGOS
Pasemos al tercer grupo enemigo de la educación católica, el más nocivo de
todos: Los PEDAGOGOS.
¿Por qué son tan malos?
En primer lugar, porque para que tenga razón de existir un pedagogo,
forzosamente debe existir un mal maestro. Para justificar su existencia, no les
ha quedado otro remedio más que pregonar a los cuatro vientos que todos los
maestros son malos, que ningún maestro sabe enseñar, que los maestros son seres
obtusos, impositivos y pasados de moda.
Su extensa labor de desacreditación del magisterio y de todas las técnicas
tradicionales de enseñanza ha surtido efecto (un efecto abrumador) y han
terminado desterrando de las aulas a los mejores maestros, ésos que sí
enseñaban a los alumnos y han ocupado sus puestos, conociendo mucho del “desarrollo
evolutivo del niño” y sin saber nada, absolutamente nada, de las materias que
deben enseñar.
Con los maestros “obtusos, tradicionales, impositivos y pasados de moda”, mis
hijos (los seis mayores) aprendieron a contar a los tres años; a leer y escribir
a los cuatro; a sumar y restar a los cinco; y a deletrear palabras complejas en
inglés, a los seis. Además, claro, de saber, desde los tres años, los días de
la semana, los meses del año, las estaciones, las partes del cuerpo, la lectura
de las manecillas del reloj y las principales figuras geométricas.
El paso a la Primaria era sencillísimo, pues los niños llevaban ya tres largos
años de haber dominado la lectura y estaban plenamente capacitados para poder
leer, comprender y asimilar pequeñas historias que narraban la forma de vida
del hombre prehistórico, la vida de los animales y las plantas, las divisiones
del reino animal y vegetal, las partes del cuerpo humano, las señales de
tránsito, las reglas de urbanidad y... muchas cosas más, que aparecían en esos
“arcaicos” planes de estudio.
Llevando ya dos años de haber aprendido a sumar y restar, los niños en primero
de primaria, antes de cumplir los siete años, eran capaces de hacer largos y
rápidos cálculos mentales, de diez o quince operaciones en serie y se
encontraban capacitados para aprender los fundamentos de la multiplicación.
Con la llegada de los pedagogos y sus “modernas” técnicas de enseñanza, basadas
en el “desarrollo evolutivo del niño”... mi hijo de diez años (cuarto de
primaria) apenas está empezando a dominar las tablas de multiplicar, lee
trastabillando, sin puntuación ni entonación alguna; escribe con una letra
terrible, sin respetar márgenes ni renglones y sin poner mayúsculas, acentos ni
puntos. Por supuesto, tiene una noción bastante borrosa de cómo vivía el hombre
primitivo y no tiene ni la mas remota idea de las divisiones del reino animal y
vegetal (al parecer, los pedagogos eliminaron esos temas “difíciles” en los
nuevos programas educativos). Lo más triste del asunto es que mi niño tiene muy
buenas calificaciones... ¿cómo es esto posible? ¿en qué piensa la maestra
cuando imprime en el cuaderno de mi hijo un sello de tinta que dice “¡ERES UN
CAMPEÓN!” sobre una plana plagada de tachones y faltas de ortografía?
Es totalmente frustrante esa falta de exigencia en la forma de calificar, pues
nos quitan todas las armas a los padres que queremos que nuestro hijo haga las
cosas bien hechas.
Me ha sucedido cientos de veces que les he dicho:
- Vuelve a hacerlo. Si entregas eso tan mal hecho te van a poner un Cero grande
y redondo!
- No... ma ... ¿cómo crees? ¡La maestra no se fija en eso!
Y... tristemente siempre han tenido razón. Al día siguiente llegan con su sello
de “¡MUY BIEN HECHO!” sobre la tarea a la que yo le hubiera puesto cero y
hubiera obligado a repetir.
Más adelante hablaré de los nefastos “sistemas modernos de evaluación”. Ahora
no me detendré en ellos.
LA PEDAGOGÍA NO TIENE LA CULPA
Aquí, la culpable del deterioro en la enseñanza no es la Pedagogía en sí (por
lo que realmente es), sino los que se han autonombrado “pedagogos” por haber
estudiado, durante cuatro años, las teorías de algunos que se adueñaron de la
palabra “pedagogía”.
La Pedagogía, como tal, no es nada moderno.
Existe... exactamente desde que el mundo es mundo. Dios mismo, el Creador de
todo el Universo, es un magnífico pedagogo y lo podemos ver en las etapas que
fue siguiendo en la Revelación. Jesucristo fue un magnífico pedagogo, por eso
nos enseñaba en parábolas. San Pablo, otro pedagogo extraordinario... sabía que
existen almas que pueden asimilar filetes y otras a las que hay que darles
papillas. San Benito y su Regla, absolutamente pedagógica; San Juan Ma.
Vianney... todas sus homilías son 100% pedagógicas; San Juan Bosco, San Alberto
Hurtado, San Marcelino Champagnat, San Juan Bautista de La Salle... todos ellos
sabían de Pedagogía, aplicaban la Pedagogía, sin haber leído jamás (gracias a
Dios) ni a Piaget, ni a Dewey, ni a Sneill, ni a Marcuse, ni a ningún otro de
la misma tribu.
En 1997 tuve que estudiar, siendo actuario matemático de profesión, un curso de
posgrado en Pedagogía. Recuerdo que en cada clase me asombraba de la cantidad
de terminajos extraños que usaban los pedagogos para nombrar las cosas más
sencillas: “constructo”, “taxonomía”, “proceso metacognitivo” y otras cosas por
el estilo... un lenguaje claramente complicado y antipedagógico.
Mientras tomaba mis clases, tratando de asimilar y recordar esos terminajos tan
extraños, llegué a la conclusión de que ese lenguaje tan rebuscado lo utilizaban
los pedagogos sólo para justificar un poco la existencia de su carrera, pues...
después de largas explicaciones de los constructos, taxonomías, contenidos
actitudinales y currículums estandarizados... llegaban a conclusiones demasiado
obvias, a las que puede llegar cualquiera que no haya estudiado absolutamente
nada: tales como que hay que planear, poner un objetivo concreto a la clase,
dar el contenido, hacer ejercicios y luego evaluar.
Vamos... ¡que eso se ha hecho siempre en las escuelas! Y no necesitaba ningún
maestro haber leído a Bloom ni a Gagné.
En aquél entonces (hace 13 años), yo tenía hijos de 6 meses, de 2 años, de
cuatro, de siete, de once... y varios más.
Aún recuerdo el asombro que sentí al leer “el desarrollo evolutivo del niño”
según Piaget.
Enterándome que el Sr. Piaget sacó sus conclusiones habiendo observado a sus
propios hijos, no me quedó la menor duda de que los hijos de Piaget tenían un
serio retraso mental. Los niños normales son capaces de hacer las cosas y
entender los conceptos muchísimo antes (3 o 4 años antes) de lo que dicen las
teorías de Piaget.
Lo comenté con mis maestros... explicándoles que yo veía diariamente con mis
niños una evolución de la inteligencia y de las capacidades cognitivas mucho
más avanzada en cada edad de lo que afirmaba Piaget. Como estábamos en el curso
muchos Directores de escuela, les supliqué que no basaran los programas de
estudio de los colegios en las conclusiones piagetianas pues iban a
desperdiciar las capacidades del niño, pero... no conseguí convencerlos.
Una compañera del curso comentó en voz alta:
- Tus hijos, Lucrecia, tampoco pueden servir como parámetro, pues son demasiado
listos.
Mmmmhh... eso es falso. Mis hijos son listos, muy listos, pero no “demasiado”
listos. ¿existe, acaso, algún niño que sea “demasiado” listo? Sin embargo, ese
comentario bastó para que cualquier aportación posterior de mi parte en el
curso, perdiera toda autoridad y credibilidad.
En fin... las conclusiones pedagógicas de Piaget (que no era pedagogo, sino
psicólogo) se aplicaron en los “modernos programas educativos” y claro... ahora
tenemos niños que salen de la Primaria mal sabiendo leer y apenas sabiendo
escribir y contar...
Se les trata como idiotas desde pequeños (gracias a Piaget y a otros que están
detrás de él), no se les enseña nada que signifique un reto para ellos, se
aburren y... como consecuencia directa, pierden el interés por aprender. Una
hermosa obra la de los pedagogos... para destruir la educación en las escuelas.
DE PEDAGOGOS, PEDAGOGOS Y PEDAGOGOS
El problema no se queda en las teorías mal llamadas “pedagógicas” que se han
aplicado a los programas escolares. El problema de fondo también está en
quiénes son los cerebros que están aplicando estas teorías en las escuelas.
Para visualizar la magnitud del problema, debemos distinguir tres clases de
pedagogos:
La primera son los pedagogos de verdad, los maestros ejemplares que ya hemos
nombrado antes: San Juan Bosco, San Alberto Hurtado, San Marcelino Champagnat,
San Juan B. de La Salle y muchos más, expertos en pedagogía desde hace varios
siglos.
La segunda clase la componen los “pedagogos” que son los creadores
intelectuales de todo este mamotreto con fondo marxista de lenguaje rebuscado y
que pretenden adueñarse de las mentes de los niños para sus fines políticos y
económicos.
El tercer grupo son los jóvenes que, inocentemente, han estudiado pedagogía en
la Universidad, sin tener idea de qué es lo que realmente están estudiando.
Ellos también significan un severísimo problema.
¿Quién es el que entra a la Universidad a estudiar la carrera de Pedagogía?
¿El alumno más brillante de la clase? ¿El alumno que ama las Matemáticas, la
Física, la Química y todo el conocimiento científico? ¿El alumno que ama la
lectura, el estudio, la cultura, el lenguaje, la música, las artes y la
historia?
No, tristemente no. Los alumnos más destacados intelectualmente, los amantes
del estudio y del esfuerzo, eligen por lo general otras carreras: Matemáticas,
Ingeniería, Química, Biología, Economía, Filosofía o Medicina (y algunas más,
de corte científico o humanista que hoy se llaman con nombres diversos)
Tampoco son los más creativos los que estudian Pedagogía, pues ésos optan por
Comunicación, Diseño o Arquitectura.
El alumno “tipo” que opta por la carrera de Pedagogía (no niego que pueden
existir honrosas excepciones) es el alumno “buena gente” que desde pequeño
decidió que no le gustaban las matemáticas, que nunca las entendió ni les
encontró aplicación alguna; es el alumno que jamás le halló mucho sentido a la
gramática ni a la ortografía, para quien el estudio de la Historia le parecía
algo aburrido; es el alumno que nunca adquirió gran gusto por la lectura, al
que no le gustaba demasiado estudiar y mucho menos memorizar. Es el alumno que
siempre justificó sus malas notas diciendo “Es que el maestro no sabe enseñar”.
En los años de 1984-1985 me pidieron que impartiera la cátedra de Estadística a
los alumnos de 5º semestre de Pedagogía en una Universidad, carrera que en ese
entonces, se llamaba “Ciencias de la Educación”. Mis alumnos eran tres chicos
religiosos consagrados (no sacerdotes) y 19 chicas. Los chicos eran bastante
dóciles, no es que mostraran demasiado interés por la materia, pero al menos
tomaban apuntes y cumplían con sus deberes. Estaban ahí por obediencia a sus
superiores, que los querían preparar para dirigir alguna escuela en el futuro.
Las chicas... no dejaban de quejarse continuamente, haciendo imposible la
enseñanza:
- ¿Para que nos va a servir esto?
- ¡No entiendo la fórmula! ¡Está muy difícil!
- ¿Por qué nos exiges tanto si no nos gustan las matemáticas?
- ¡No nos dejes tarea, tenemos una fiesta!
- ¿Me lo explicas otra vez... con manzanitas?
- ¿Podemos sacar el formulario?
Los contenidos “tan difíciles” que yo intentaba enseñarles, eran solamente el
cálculo de la media, la moda y la varianza, pero... como estaban profundamente
convencidas de que “odiaban las matemáticas” y “odiaban el estudio y la
memorización”, al igual que “odiaban las tareas” fue un curso poco fructífero.
Tres de ellas reprobaron el examen final y luego convencieron a la directora de
la carrera que las aprobara (sin mi consentimiento) “porque no era una materia
tan importante para sus intereses pedagógicos”.
Salí despavorida de esa escuela
Ahora... estos alumnos mediocres que seleccionaron la carrera de Pedagogía
justamente porque odiaban las matemáticas, la lectura, el estudio y la
memorización, tienen en sus manos el mundo de la educación. Un panorama que da
terror, por supuesto.
¿EN QUÉ CONSISTE EL NUEVO SISTEMA EDUCATIVO?
El “nuevo” sistema educativo (que no es tan nuevo... pues fue ideado a finales
del siglo XIX y principios del XX) ha tomado ideas de varias corrientes,
principalmente del Constructivismo, que enseña que el niño debe conocer la
verdad por sí mismo y que el maestro no debe imponer sus ideas sino que sólo
debe ser un mediador entre el saber y el niño.
Utilizan en su mercadotecnia algunos slogans, sobre los que luego volveré y que
ahora enlisto someramente:
- Un sistema basado en el desarrollo de competencias
- El maestro es sólo un guía y no un dictador
- No hay exámenes ni calificaciones
- Las evaluaciones son colegiadas
- El niño descubre el saber por sí mismo
- Aprende a aprender en ambientes acogedores y estimulantes
- Un currículum estandarizado y certificado a nivel internacional
- El aprendizaje no se confunde con la memorización
No me entretendré demasiado en esto, pues cualquiera puede conocer en qué
consiste el nuevo sistema dando un click en las páginas publicitarias de los
colegios (de casi cualquier colegio en el mundo), en donde diga “Sistema basado
en el desarrollo de competencias”
Por ahora, sólo haré hincapié en los principales slogans que han usado los
modernos pedagogos para infiltrar su ideología (que, como veremos más adelante,
procede del marxismo y la masonería) en las escuelas católicas y en el mundo de
la educación en general.
(Continuará con el siguiente capítulo:
III. LOS FALACES SLOGANS DEL NUEVO SISTEMA EDUCATIVO)
Comentarios al autor:
lplanas@catholic.net
Para ver el capítulo anterior:
¿Quién
secuestró a los maestros? 1a Parte (de cuando los niños aprendían en la
escuela)
Tags: educación de los hijos