De las Homilías de Orígenes, presbítero, sobre el Levítico

Cristo, sumo
sacerdote, es propiciación para nuestros pecados
Orígenes quiere insistir en que somos aceptos al Padre porque ha sido Cristo
quien nos lo ha hecho propicio. Con Cristo hemos redescubierto el corazón
paterno de Dios, su prodigalidad para con nosotros, su respeto hacia nuestra
libertad. Y el Padre nos es propicio no porque su Hijo haya hecho de abogado
defensor nuestro ante una tribuna, sino porque nos ama hasta entregar su vida
por cada hombre, su amigo. A pesar de ello, Cristo continua siendo para tantos
una idea abstracta. La Cuaresma es un tiempo para encontrar a Cristo y
sentirnos miembros de la familia engendrada por Dios Padre.
Una vez al año, el sumo sacerdote, dejando afuera al pueblo, entraba en el
lugar donde se hallaban el propiciatorio, los querubines, el arca de la alianza
y el altar de los aromas; lugar donde sólo al sumo sacerdote le estaba
permitido entrar.
Pero fijémonos en nuestro verdadero sumo sacerdote, el Señor Jesucristo. Él,
habiendo tomado la naturaleza humana, estaba con el pueblo todo el año, aquel
año, a saber, del cual dice él mismo: Me envió a evangelizar a los pobres y a
proclamar el año de gracia del Señor. Y, una vez durante este año, el día de la
expiación, entró en el santuario, es decir, cuando, cumplida su misión, penetró
en los cielos, entró a la presencia del Padre para hacerle propicio al género
humano y para interceder en favor de todos los que creen en él.
El apóstol Juan, conocedor de esta propiciación que nos reconcilia con el
Padre, dice: Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Si alguno peca,
abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo. Él es propiciación por
nuestros pecados.
También Pablo alude a esta propiciación, cuando afirma de Cristo: A quien Dios
ha propuesto como instrumento de propiciación, por su propia sangre y mediante
la fe. Por lo tanto, el día de nuestra propiciación continúa hasta el fin del
mundo.
Dice la palabra de Dios: Pondrá el incienso sobre las brasas delante del Señor,
para que el humo del incienso cubra el propiciatorio que está sobre el
documento de la alianza, y así él no muera. Después tomará sangre del novillo y
rociará con el dedo el lado oriental de la placa o propiciatorio.
Este texto nos recuerda el modo como en el antiguo Testamento se celebraba el
rito de la propiciación ante Dios; pero tú que has venido a Cristo, verdadero
sumo sacerdote, que con su sangre te hizo a Dios propicio y te reconcilió con
el Padre, trasciende con tu mirada la sangre de las antiguas víctimas y
considera más bien la sangre de aquel que es la Palabra, escuchando lo que él
mismo te dice: Ésta es mi sangre, que será derramada por vosotros para el
perdón de los pecados.
El hecho de rociar el lado oriental tiene también su significado. De oriente
nos viene la propiciación, pues de allí procede el varón cuyo nombre es
Oriente, el que ha sido constituido mediador entre Dios y los hombres. Ello te
invita a que mires siempre hacia oriente, de donde sale para ti el sol
justicia, de donde te nace continuamente la luz, para que no camines nunca en
tinieblas, ni te sorprenda en tinieblas aquel día último; para que no se
apodere de ti la noche y oscuridad de la ignorancia, sino que vivas siempre en la
luz de la sabiduría, en el pleno día de la fe, bajo la luz de la caridad y de
la paz.