De las Cartas de San Máximo Confesor, abad

La misericordia del
Señor para con los que se arrepienten
Que Dios venga a buscar al hombre es una verdad que, sin fe, parece increíble,
si no locura. Pero San Máximo nos recuerda qué cerca del corazón de Dios está
la vida de los hombres y cómo con sus milagros y con su enseñanza,
particularmente con sus parábolas, él ha procurado hacernos entender lo mucho
que nos quiere.
Los predicadores de la verdad y ministros de la gracia divina, todos los que
desde el principio hasta nuestros días, cada uno en su tiempo, nos han dado a
conocer la voluntad salvífica de Dios, nos enseñan que nada hay tan grato y
querido por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a él con
sincero arrepentimiento.
Y, para inculcarnos esto mismo de un modo aún más divino, la divina Palabra del
Dios y Padre, aquel que es la primigenia y única revelación de la infinita
bondad, con un rebajamiento y condescendencia inefables, se dignó convivir con
nosotros, hecho uno de nosotros; e hizo, padeció y enseñó todo aquello que era
necesario para que nosotros, que éramos enemigos y extranjeros, que estábamos
privados de la vida feliz, fuéramos reconciliados con nuestro Dios y Padre y
llamados de nuevo a la vida.
En efecto, no sólo curó nuestras enfermedades con la fuerza de sus milagros, no
sólo nos liberó de nuestros muchos y gravísimos pecados, cargando con la
debilidad de nuestras pasiones y con el suplicio de la cruz como si él lo
mereciera, cuando en realidad estaba inmune de toda culpa, con lo que saldó
nuestra deuda, sino que nos enseñó también, con abundancia de doctrina, a
imitarlo en su benignidad condescendiente y en su perfecta caridad para con
todos.
Por esto afirmaba: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y
también: No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los
enfermos. Y decía también que él había venido a buscar a la oveja perdida. Y
que había sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Asimismo, insinúa
de una manera velada, con la parábola de la dracma perdida, que él ha venido a
restablecer en el hombre la imagen divina, cubierta por el repugnante estiércol
de los vicios. Y también: Os aseguro que habrá en el cielo gran alegría por un
pecador que se convierta.
Con este fin, a aquel hombre que cayó en manos de los ladrones, que lo
desnudaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto, él lo reconfortó,
vendándole las heridas, derramando en ellas aceite y vino, haciéndolo montar
sobre su propia cabalgadura y acomodándolo en el mesón para que tuvieran
cuidado de él, dando para ello una cantidad de dinero y prometiendo al mesonero
que, a la vuelta, le pagaría lo que gastase de más.
Nos muestra también la condescendencia del buen padre para con el hijo pródigo
que regresa arrepentido, al que abraza, al que devuelve plenamente sus
prerrogativas de hijo, sin echarle en cara su conducta anterior.
Por esto mismo, cuando encuentra a la oveja que se había apartado de las otras
cien, errante por los montes y colinas, la devuelve al redil, no a golpes y con
amenazas ni agotándola de fatiga, sino que, lleno de compasión, la carga sobre
sus hombros y la vuelve al grupo de las demás.
Por esto también clamaba: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados,
que yo os daré descanso. Y decía: Tomad sobre vosotros mi yugo, dando el nombre
de yugo a sus mandamientos, esto es, a una vida ajustada a las enseñanzas
evangélicas; y dándoles también el nombre de carga, ya que, por la penitencia,
parecen algo pesado y molesto: Porque mi yugo -dice- es suave y mi carga
ligera.
Y en otro lugar, queriendo enseñarnos la divina justicia y bondad, nos manda:
Sed santos, perfectos, misericordiosos, como vuestro Padre celestial. Y
también: Perdonad y seréis perdonados. Y cuanto queréis que os hagan los demás,
hacédselo igualmente vosotros.
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