De los Sermones de San León Magno, Papa

Meditación sobre la
Pasión del Señor
Si, en otro tiempo, la muerte suponía un trauma en la en la vida de los
hombres, hoy los periódicos nos tienen tan habituados a las desgracias y al rostro
del dolor, que podemos olvidarnos de ella. Olvidarnos, incluso, de la muerte de
Cristo. Aún más, hoy los hombres están situados más lejos todavía de una
adecuada noción acerca del término «resurrección». San León Magno nos recuerda
que la resurrección ha comenzado ya porque existe en nuestro interior una
semilla por medio de la cual podemos ya vivir en la vida nueva. Una vida nueva
que, pese a estar en germen, mañana se perfeccionará y hará eterna.
E1 que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe contemplar de tal
manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su
propia carne en la carne de Jesús.""
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se hiendan las rocas
que son los corazones de los infieles y que salgan fuera, venciendo la mole que
los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del sepulcro. Que se
aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la Iglesia de Dios,
como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de tener lugar en los
cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a
quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta
fue de provecho para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será
para los que se convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y la sangre sagrada
de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la
vida. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del paraíso, y a todos
los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria perdida, a no ser
que ellos mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un
ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas de esta vida
presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro
Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera por
nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea
también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la Divinidad, por la
cual la Palabra se hizo carne y puso sil inorada entre nosotros, ¿a quién dejó
excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y quién hay que no
tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que reciba al que
asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo Espíritu por el
que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su propia
debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de
entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la
tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de
haber tomado la condición de siervo?
Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas heridas, purificada
de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo también Hijo
del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su realidad y la
condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el sepulcro, que
resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo más alto de los
cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus mandamientos, si no
nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra salvación en la
humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su gloria, ya que no
puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me reconozca ante
los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos.
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