De la Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, del Concilio Vaticano II

Toda la actividad del
hombre ha de ser purificada por el misterio pascual
El texto del Concilio es verdaderamente denso y dibuja una perspectiva profunda
y penetrante acerca de la actividad y destino de los hombres. El Señor continua
escribiendo su Evangelio en el corazón de los creyentes, que, sin dejarse
atrapar por la seducción del «tener», llevan, como él, su cruz y su
resurrección para insertarse en medio de los hombres e infundirles esperanza,
haciéndoles experimentar a Cristo vivo en medio de las vicisitudes de su
existencia terrena.
La Sagrada Escritura, con la está de acuerdo la experiencia de los siglos,
enseña a la familia humana que el progreso, altamente beneficioso para el
hombre, también encierra, sin embargo, una gran tentación; pues los individuos
y las colectividades, si llega a quedar subvertida la jerarquía de los valores
y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno.
Con lo cual el mundo no es ya el ámbito de una auténtica fraternidad, al tiempo
que el poder creciente de la humanidad amenaza con destruir al propio género
humano.
Si nos preguntamos cómo es posible superar tan deplorable calamidad, debemos
saber que la respuesta cristiana es la siguiente: hay que purificar y
perfeccionar por la cruz y resurrección de Cristo todas las actividades
humanas, las cuales, a causa de la soberbia y del egoísmo, corren diario peligro.
El hombre, redimido por Cristo y hecho en el Espíritu Santo nueva creatura,
puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe, y las
mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios.
Dando gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las creaturas con
pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra de veras en posesión del mundo,
como quien nada tiene y es dueño de todo. Todo es vuestro, y vosotros de
Cristo, y Cristo de Dios.
El Verbo de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, hecho él mismo carne
y habitando en la tierra, entró como hombre perfecto en la historia del mundo,
asumiéndola y constituyéndose él mismo como centro y cabeza de todas las cosas.
Es él quien nos revela que Dios es amor, a la vez que nos enseña que la ley
fundamental de la perfección humana y, por tanto, de la transformación del
mundo es el mandamiento nuevo del amor.
Así, pues, a los que creen en el amor divino les da la certeza de que el camino
del amor está abierto para el hombre, y que el esfuerzo por instaurar la
fraternidad universal no es una utopía. Al mismo tiempo advierte que esta
caridad no hay que buscarla únicamente en los acontecimientos importantes,
sino, ante todo, en la vida ordinaria.
Él, sufriendo la muerte por todos nosotros, pecadores, nos enseña con su
ejemplo que hemos de llevar también la cruz, que la carne y el mundo echan
sobre los hombros de quienes buscan la paz y la justicia.
Constituido Señor por su resurrección, Cristo, al que le ha sido dada toda
potestad en el cielo y en la tierra, obra ya por la virtud de su Espíritu en el
corazón del hombre, no sólo despertando el anhelo del siglo futuro, sino
alentando, purificando y robusteciendo también, con ese deseo, aquellos
generosos propósitos con los que la familia humana intenta hacer más llevadera
su propia vida y someter la tierra a este fin.
Mas los dones del Espíritu Santo son diversos: pues mientras llama a unos para
que den un manifiesto testimonio, por medio de su ardiente anhelo de la morada
celestial, y conserven así vivo este anhelo en medio de la humanidad, a otros
los llama para que se dediquen al servicio temporal de esa humanidad y preparen
así el material del reino de los cielos.
A todos, sin embargo, los libera, para que, con la abnegación propia y por el
empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida humana, proyecten su
preocupación hacia los tiempos futuros, cuando la humanidad entera llegará a
ser una ofrenda acepta a Dios.
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