De los Sermones de San León Magno, Papa

La cruz de Cristo
fuente de toda bendición y origen de toda Gracia
El presente discurso de San León Magno resulta sorprendentemente actual.
Nosotros reconocemos el amor cuando a quien dice amarnos, le cuesta sacrificio.
Por el contrario, no podemos estar seguros de los sentimientos de aquel que nos
emplea para su propio provecho. Amar es darse hasta el sacrificio de la vida y
nuestra inteligencia no puede por menos que admirar la gloria de un tal
sacrificio. Ésta es, cabalmente, la gloria de Cristo. La importancia está en la
cruz y, sobre todo, en el motivo que le ha llevado a semejante condena. La cruz
es fuente de toda bendición porque es el culmen del amor. Amar y ser
correspondidos es gustoso y fácil . Amar sin ser amados, amar a los pobres, de
quienes no obtendremos riada, ni siquiera agradecimiento, es muy costoso. Amar
hasta darlo todo, sin reconocimiento ni agradecimiento, a quien te injuria, te
burla, a quien se alegra en tu sufrimiento, es divino, es lo propio de Cristo;
él, a quien damos muerte a diario, nos ama así y nos da la vida: la eterna.
Nuestro entendimiento, iluminado por el Espíritu de la verdad, debe aceptar con
corazón puro y libre la gloria de la cruz, que irradia sobre el cielo y la
tierra, y penetrar con su mirada interior el sentido de las palabras del Señor,
cuando habla de la inminencia de su pasión: Ya ha llegado la hora en que va a
ser glorificado el Hijo del hombre. Y un poco más adelante: Ahora -dice- mi alma
está agitada, y ¿qué voy a decir? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Pero si
precisamente para esto he llegado a esta hora! Padre, glorifica a tu Hijo. Y
como llegase del cielo la voz del Padre, que decía: Lo he glorificado y lo
glorificaré de nuevo, Jesús, dirigiéndose a los circunstantes, dijo: No por mí,
sino por vosotros se ha dejado oír esta voz. Ahora viene la condenación de este
mundo; ahora el señor de este mundo va a ser arrojado fuera. Y yo, cuando sea
levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
¡Oh admirable poder de la cruz! ¡Oh inefable gloria de la pasión! En ella se
encuentra el tribunal del Señor, el juicio del mundo, el poder del crucificado
.
Atrajiste a todos hacia ti, Señor, a fin de que el culto de todas las naciones
del orbe celebrara, mediante un sacramento pleno y manifiesto, lo que se
realizaba en el templo de Judea sólo como sombra y figura.
Ahora, en efecto, es más ilustre el orden de los levitas, más alta la dignidad
de los ancianos, más sagrada la unción de los sacerdotes; porque tu cruz es la
fuente de toda bendición, el origen de toda gracia; por ella, los creyentes
reciben, de la debilidad, la fuerza, del oprobio, la gloria, y, de la muerte,
la vida. Ahora, asimismo, abolida la multiplicidad de los antiguos sacrificios,
la única oblación de tu cuerpo y sangre lleva a su plenitud los diferentes
sacrificios carnales; porque tú eres el verdadero Cordero de Dios, que quitas
el pecado del mundo; y así, en tu persona, llevas a la perfección todos los
misterios, para que todos los pueblos constituyan un solo reino, del mismo modo
que todas las víctimas ceden el lugar al único sacrificio.
Confesemos, pues, hermanos, lo que la voz del bienaventurado maestro de las
naciones, el apóstol Pablo, confesó gloriosamente: Sentencia verdadera y digna
de universal adhesión es ésta: Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los
pecadores.
En efecto, tanto más admirable es la misericordia de Dios para con nosotros,
cuanto que Cristo murió, no por los justos o los santos, sino por los pecadores
y los injustos; y, como era imposible que la naturaleza divina experimentase el
aguijón de la muerte, tomó, naciendo de nosotros, una naturaleza que pudiera
ofrecer por nosotros.
Ya mucho antes amenazaba a nuestra muerte con el poder de su propia muerte,
diciendo por boca del profeta Oseas: Oh muerte, yo seré tu muerte; país de los
muertos, yo seré tu aguijón. Al morir, en efecto, se sometió al poder del país
de los muertos, pero lo destruyó con su resurrección; sucumbiendo al peso de
una muerte que no hacía excepción, la convirtió de eterna en temporal. Porque
lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la
vida.
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