De la Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II

La Iglesia,
Sacramento visible de Unidad
Entre las inexactitudes en las que podríamos incurrir, estaría la de entender
que el Pueblo de Dios es algo futuro lejano a la historia. y sólo plenamente
entendido en la resurrección final. Esta podía ser la cansa de que
permanezcamos indiferentes ante ciertas realidades nucleares de la fe: que
nuestra Cabeza es Cristo, que nuestra condición de vida es la libertad de los
hijos de Dios, que nuestra ley es el amor, nuestro fin el Reino. En la historia
de la salvación todo está en germen. Germen diminuto, no sólo en tiempos de
Cristo, sino también hoy; siempre necesitado de crecimiento, consolidación y apoyo.
Y esto tanto en la historia universal como en la de cada hombre. Por eso, lo
importante no es la cantidad, ni siquiera el número, sino la calidad y el ser;
y nuestro ser es ser sal, luz, levadura dentro de la masa, dentro de la
historia.
Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de Israel y
la casa de Judá una alianza nueva. Pondré mi ley en su pecho, la escribiré en
sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Porque todos me
conocerán, desde el pequeño al grande -oráculo del Señor
Pacto nuevo que estableció Cristo, es decir, el nuevo Testamento en su sangre,
convocando un pueblo de entre los judíos y los gentiles, que se condensara en
unidad no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo pueblo de
Dios.
Pues los que creen en Cristo, -renacidos de germen no corruptible, sino
incorruptible, por la palabra de Dios vivo, no de la carne, sino del agua y del
Espíritu Santo-, son hechos por fin linaje escogido, sacerdocio regio, nación
santa, pueblo adquirido por Dios; aquellos que en otro tiempo no eran pueblo y
son ahora pueblo de Dios.
Ese pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, que fue entregado a la muerte
por nuestros pecados, y resucitado para nuestra justificación y, habiendo
conseguido un nombre que está sobre todo nombre, reina ahora gloriosamente en
los cielos.
Poseen los que forman este pueblo la dignidad y libertad de los hijos de Dios,
y en sus corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.
Tiene, últimamente, este pueblo como fin la dilatación del reino de Dios,
incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que sea consumado por él mismo al
fin de los tiempos, cuando se manifieste Cristo, nuestra vida, y la creación
misma se vea liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la
libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Aquel pueblo mesiánico, por tanto, aunque de momento no contenga a todos los
hombres y muchas veces aparezca como una pequeña grey, es, sin embargo, el
germen firmísimo de unidad, de esperanza y de salvación para todo el género
humano.
Constituido por Cristo en orden a la comunión de vida, de caridad y de verdad,
es empleado también por él como instrumento de la redención universal y es
enviado a todo el mundo como luz del mundo y sal de la tierra.
Así corno el pueblo de Israel según la carne, cuando peregrinaba por el
desierto, fue llamado ya alguna vez Iglesia de Dios, así el nuevo Israel, que
va avanzado en este mundo hacia la ciudad futura y permanente, es llamado
también Iglesia de Cristo, porque él la adquirió con su sangre, la llenó de su
Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social.
La congregación de todos los creyentes, que miran a Jesús como autor de la
salvación y principio de la unidad y de la paz, es la Iglesia convocada y
constituida por Dios para que sea sacramento visible de esta unidad salutífera
para todos y cada uno.
Tags: Cuaresma