De las Disertaciones de San Gregorio Nacianceno, obispo

Participemos
plenamente de la Pascua
Con la vista puesta en el futuro, que será nuestra pascua, nuestro peregrinar
sobre esta ciudad, que no es permanente, ha de ser, necesariamente, tan
específico para cada uno, como variado y múltiple para todos; de hecho, el
Cirineo, José de Arimatea, Nicodemo, María, Salomé, Juan..., son modos diversos
de tomar la cruz. Todos distintos y todos necesarios, cada uno asumiendo tanto
sus propias decisiones personales como su inseparable responsabilidad. Se
aproxima el final de la Cuaresma. A los cuarenta días de pasión seguirán los
cincuenta días de resurrección. Juntos significan el misterio de Cristo muerto
y resucitado.
Es verdad que ahora celebraremos la Pascua todavía sacramentalmente; sin
embargo, lo haremos ya con un conocimiento más claro que en la antigua ley (ya
que la Pascua de la ley antigua era -no tengo reparo en decirlo- una figura más
oscura que lo que representaba), y de aquí a poco la celebraremos de un modo
más puro y perfecto, a saber, cuando aquel que es la Palabra beba con nosotros
el vino nuevo en el reino de su Padre, dándonos la plena y clara inteligencia
de lo que aquí nos enseñó de un modo más restringido. Decimos «nuevo», pues
siempre resulta nuevo lo que se llega a comprender de una manera diferente.
Y ¿en qué consiste esa bebida y esa manera nueva de percibir? Eso es lo que
toca a él enseñar a sus discípulos, y a nosotros aprenderlo. Y la doctrina de
aquel que alimenta es también alimento.
Celebremos, pues, ahora también nosotros lo mismo que celebraba la ley antigua,
pero no en un sentido literal, sino evangélico; de una manera perfecta, no
imperfecta; de un modo eterno, no temporal. Sea nuestra capital no la Jerusalén
terrena, sino la metrópoli celestial; quiero decir, no ésta que es ahora
hollada por los ejércitos, sino la que es ensalzada por las alabanzas y
encomios angélicos.
Inmolemos no ya terneros y machos cabríos, que es cosa ya caducada y sin sentido,
sino el sacrificio de alabanza, ofrecido a Dios en el altar del cielo, junto
con los coros celestiales. Atravesemos el primer velo, no nos detengamos ante
el segundo, contemplemos de lleno el santuario.
Y diré más todavía: inmolémonos nosotros mismos a Dios, inmolemos cada día
nuestra persona y toda nuestra actividad, imitemos la pasión de Cristo con
nuestros propios padecimientos, honremos su sangre con nuestra propia sangre,
subamos con denuedo a la cruz.
Si quieres imitar a Simón de Cirene, toma la cruz y sigue al Señor.
Si quieres imitar al buen ladrón crucificado con él, reconoce honradamente su
divinidad; y así como entonces Cristo fue contado entre los malhechores, por ti
y por tus pecados, así tú ahora, por él, serás contado entre los justos. Adora
al que por amor a ti pende de la cruz y, crucificándote tú también, procura
recibir algún provecho de tu misma culpa; compra la salvación con la muerte;
entra con Jesús en el paraíso, para que comprendas de qué bienes te habías
privado. Contempla todas aquellas bellezas; deja fuera, muerto, lo que hay en
ti de murmurador y blasfemo.
Si quieres imitar a José de Arimatea, pide el cuerpo a aquel que lo mandó
crucificar; haz tuya la víctima expiatoria del mundo.
Si quieres imitar a Nicodemo, el que fue a Jesús de noche, unge a Jesús con
aromas, como lo ungió él para honrarlo en su sepultura.
Si quieres imitar a María, a la otra María, a Salomé y a Juan, ve de madrugada
a llorar junto al sepulcro, y haz de manera que, quitada la piedra del
monumento, puedas ver a los ángeles y aun al mismo Jesús.
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