Si los hombres supieran que Dios 'sufre' con nosotros y mucho más que
nosotros de todo el mal que asola la tierra, sin duda muchas cosas
cambiarían, y muchas almas serían liberadas (J. Maritain)

En la muerte y resurrección del Hijo, se revela el doble “éxodo” como
única posibilidad de dar valor salvífico al dolor humano: la salida de
Dios de sí mismo hasta el abajamiento supremo de la Cruz y Su retorno.
El “éxodo de Dios” del Hijo venido en la carne culmina en el
acontecimiento de Su muerte, como lugar del extremo advenimiento del
Eterno en la forma de la limitación humana: pero el sufrimiento y la
muerte en Cruz son iluminados en su profundidad abisal por el “éxodo
hacia Dios” de la resurrección del Hijo encarnado, en que la muerte ha
sido engullida por la victoria (cf. 1Cor 15,54). Entre estos dos éxodos,
que rompen el cerco de la existencia de otra manera cerrada en el
silencio mortal de la nada, la pasión y la muerte del Hijo del hombre se
presentan como el acontecimiento del supremo abandono y de la comunión
más grande del Dios venido en la carne, verdadera buena nueva que cambia
el mundo y la vida. El supremo abandono del Dios crucificado revela de
la manera más cruda la experiencia de la infinita caducidad del existir:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 14,34). El grito
de la hora nona da testimonio de la fragilidad de los habitantes del
tiempo, con quienes el Hijo se ha hecho solidario: llamados de la nada a
la vida los seres parecen fajados de la nada, envueltos del silencioso
misterio del inicio. Ninguna mística del dolor y la muerte podrá superar
la parte oscura de todo ello, el aspecto misterioso y dramático del
sufrimiento sin aparente retorno. Se sufre y se muere en soledad: la
soledad es y queda como el precio siempre presente de la hora suprema:
“Mi alma está triste hasta la muerte, permaneced aquí y velad conmigo...
¿No habéis sido capaces de velar una hora conmigo?... Dios mío, Dios
mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mt 26,38.40; 27,46). Se muere en el
grito que evoca aquel desgarro inicial, como signo de un extremo
desgarro, que es anuncio del nacimiento no en menor grado que de la
muerte. En Su abandono el Hijo se ha hecho cercano a la tragedia más
profunda, ineludible: desde entonces, ningún hombre que sufre estará
nunca más tan solo como lo estuvo Él.
Sin embargo, el Crucificado manifiesta también el rostro amoroso del
Otro escondido: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).
Al abandono el Hijo une la comunión con Aquel que le abandona: el
Abandonado a la vez se abandona, aceptando en obediencia de amor la
voluntad del Padre. A la entrega de Aquel, que no perdona al propio Hijo
(cf. Rm 8,32), responde la entrega que el mismo Hijo hace de sí (cf.
Gal 2,20): por amor, la Trinidad hace suyo el exilio del mundo, puesto
bajo el pecado, para que este exilio se introduzca en Pascua en la
patria de la comunión trinitaria. Es así como un misterio de sufrimiento
se deja entrever en el abismo de la divinidad: como afirma la Encíclica
Dominum et vivificantem de Juan Pablo II, “el Libro sagrado... parece
dejar entrever un dolor, inconcebible e inexpresable en la ‘profundidad
de Dios’ y, en algún sentido, en el corazón mismo de la inefable
Trinidad... En la ‘profundidad de Dios’ hay un amor de Padre que, ante
el pecado del hombre, según el lenguaje bíblico, reacciona hasta el
punto de decir: ‘Estoy arrepentido de haber hecho al hombre’... Se tiene
así un misterio de amor que es una paradoja: en Cristo sufre un Dios
rechazado de la misma criatura... pero, al mismo tiempo, desde lo
profundo de este sufrimiento el Espíritu trae una nueva medida del don
hecho al hombre y a la creación desde el inicio. En lo profundo del
misterio de la Cruz actúa el amor” (nn. 39 y 41).
El sufrimiento divino no es signo de debilidad o limitación como lo es
el sufrimiento pasivo, que se sufre porque no hay más remedio:
refiriéndose a este tipo de sufrimiento, signo de imperfección y de
limitación, el Catecismo de San Pío X afirma que como Dios Jesús no
podía sufrir. Pero en la profundidad divina, hay un sufrimiento de tipo
diverso, activo, libremente elegido por amor. La Cruz, en cuanto
historia trinitaria de Dios, no proclama la blasfemia de una atea muerte
de Dios, que deja espacio a la vida del hombre prisionero de su
autosuficiencia, sino que la buena nueva de la muerte de Dios, para que
el hombre viva de la vida del Dios inmortal en la participación de la
comunión trinitaria, resulta posible gracias a aquella muerte. Esta
muerte en Dios no es de ninguna manera la muerte de Dios que el “loco”
de Nietzsche va gritando en las plazas del mundo: ¡no existe ni existirá
un tiempo en el que sea posible cantar en verdad el “Requiem aeternam
Deo”! El amor trinitario que liga el Abandonante al Abandonado, y en
éste al mundo, vencerá la muerte, a pesar de su aparente triunfo. El
fruto del árbol amargo de la Cruz es la gozosa noticia de Pascua: el
Consolador del Crucificado, entregado por Jesús en el momento de morir
al Padre, es por éste derramado sobre el Hijo en la resurrección, para
que a su vez el Hijo lo derrame sobre toda carne y sea el Consolador de
todos los crucificados de la historia, revelando junto a ellos la
presencia corroborante y transformadora del Dios cristiano.
En este sentido, el sufrimiento divino revelado en la Cruz es de verdad
la buena noticia: “Si los hombres supieran... –escribe Jacques Maritain-
que Dios ‘sufre’ con nosotros y mucho más que nosotros de todo el mal
que asola la tierra, sin duda muchas cosas cambiarían, y muchas almas
serian liberadas”. La “palabra de la Cruz” (1Cor 1,18) llama así de una
manera sorprendente al seguimiento: es en la debilidad, en el dolor y en
la reprobación del mundo, que encontraremos a Dios. No los esplendores
de la grandeza terrena, sino precisamente su contrario, la pequeñez y la
ignominia, son el lugar privilegiado de Su presencia entre nosotros, el
desierto florido donde Él habla a nuestro corazón. En la vida de cada
criatura humana puede ser reconocida la Cruz del Dios vivo: en el
sufrimiento se hace posible abrirse al Dios presente, que se ofrece con
nosotros y por nosotros, y transformar el dolor en amor, el sufrir en
ofrenda. La Iglesia y cada uno de los discípulos son llevados entonces a
configurarse como el pueblo de la “sequela crucis”, la comunidad y el
individuo “bajo la Cruz”: nada es tan lejano a la imagen del Crucificado
como una comunidad tranquila y segura, que fundamente su confianza en
los medios mundanos: “La cristiandad establecida donde todos son
cristianos, pero en la secreta interioridad, se parece a la Iglesia
militante tanto como el silencio de la muerte a la elocuencia de la
pasión” (Kierkegaard).
La Iglesia bajo la Cruz es el pueblo de aquellos que, con Cristo y en el
Espíritu, se esfuerzan en salir de sí mismos y entrar en la vía
dolorosa del amor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la
perderá; pero el que quiera perder su vida por mi causa y por el
evangelio, la salvará” (Mc 8,34-35 y par.). “Quien no toma su cruz y no
me sigue, no es digno de mi” (Mt 10,38 y Lc 14,27). El discípulo “deberá
completar en su carne lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo,
que es la Iglesia” (Col 1,24). La compasión hacia el Crucificado se
debe traducir por tanto en la solidaridad hacia los miembros de su
cuerpo crucificados en la historia: los discípulos de Jesús dan
testimonio de su identidad “perdiéndola”, poniéndola al servicio de los
demás para reencontrarla en el único nivel digno de los seguidores del
Crucificado: el amor. La Cruz revela así la posibilidad de vivir el
horizonte más alto como profundísima cercanía: en el dolor de la
separación más grande se consuma el fuego del amor, fuerte como la
muerte (Cf. Ct 8,6). Es así como el dolor es transformado en amor y
llega a ser salvífico, como recuerda Juan Pablo II en la Carta
Apostólica Salvifici doloris sobre el sentido cristiano del sufrimiento
humano (11 Febrero 1984): “El sufrimiento humano ha alcanzado su
culminación en la pasión de Cristo... entrando en una dimensión
completamente nueva y en un orden nuevo: ha sido ligado al amor” (n.
18). En el dolor ofrecido por amor en unión a Jesús Crucificado, cada
uno puede completar en su carne lo que falta a la pasión del Hijo a
favor del Cuerpo que es la Iglesia (cf. Col 1,24).
Es así, en fin, que se coge la respuesta a la pregunta inevitable:
¿quién podrá vivir como Él, Jesús, la unidad del desgarramiento y del
abandono en la hora de la muerte?, ¿quién podrá como Él abandonado,
abandonarse en las manos del Padre por amor a los demás? Según la fe del
Nuevo Testamento la lejanía y la proximidad en el dolor pueden
coincidir gracias a la fuerza del Consolador: “Jesús dice: ‘Todo está
cumplido’. Y, inclinando la cabeza, entregó el Espíritu” (Jn 19,30).
Mientras sostiene al Abandonado en su destino mortal, el Espíritu lo
tiene unido a Dios, haciéndole capaz del ofrecimiento supremo: es lo que
expresa la iconografía de la “Trinidad en la Cruz”, donde el
acontecimiento de la muerte de Crucificado es culto como revelación de
la Trinidad. El Padre sostiene entre Sus brazos el leño de la Cruz, del
que cuelga el Hijo engullido de la muerte, mientras la paloma del
Espíritu misteriosamente separa y une el Abandonado y Aquel que lo
abandona (piénsese en la Trinidad de Masaccio en Santa Maria Novella en
Florencia). Así “la muerte ha sido engullida por la victoria. ¿Dónde
está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?...
Demos gracias a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor
Jesucristo” (1Cor 15,54s.57). El ofrecimiento divino del dolor hace
posible el supremo ofrecimiento de la fe que sufre y la abre a la
victoria sobre el dolor y la muerte en cuanto éxodo de la elocuencia
silenciosa del amor que muere a la Belleza que transfigurando acoge: el
dolor ofrecido con Cristo al Padre llega a ser camino y umbral de la
vida, fuente de luz que no se pone, dolor salvífico por la fuerza del
amor que lo transforma a partir de la caridad infinita del Dios
crucificado...
Bruno Forte, Arzobispo de Chieti, 17.3.2005
La traducción del italiano al castellano es de Josep María Riera,
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