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Hay mucha gente que lleva meses preparando las celebraciones de estos
días. En algunas regiones del mundo la Semana Santa tiene tanto arraigo
popular, ha generado tantas tradiciones, que exige una "puesta en
escena" compleja y costosa: cofradías, procesiones, espectáculos, ...
Los seres humanos, cuando sentimos que algo nos va, somos capaces de
muchos sacrificios, de mucho entusiasmo.
¿Es posible preparar del mismo modo nuestro itinerario interior? La
liturgia de estos días nos ayuda a vivir intensamente el triduo sacro.
Hoy martes, y mañana miércoles, somos invitados a espabilar el oído para
no perdernos ninguna palabra. El profeta Isaías comienza con una
exhortación a escuchar: "Escuchadme, islas; atended, pueblos lejanos".
La escena que Juan describe está llena de confidencias que sólo pueden
percibirse con un oído fino: la pregunta del discípulo amado, la
respuesta de Jesús, la admonición a Judas, el diálogo entre Jesús y
Pedro.
El Señor pronunció mi nombre
Me parece que el martes santo es un día ideal para el silencio y la
escucha, para caer en la cuenta de un par de verdades que sostienen
nuestra vida.
Primera: existimos porque el Señor nos ha llamado en las entrañas
maternas, porque ha pronunciado nuestro nombre. ¿Te sientes un don
nadie, producto del azar, poco querido por tus padres o por las personas
que te rodean? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre! ¿Te parece que
tu vida es una sucesión de acontecimientos sin sentido? ¡El Señor sigue
pronunciando tu nombre! ¿Crees que no merece la pena confiar en el
futuro? ¡El Señor sigue pronunciando tu nombre!
Segunda: el Señor quiere hacer de nosotros una luz para que su salvación
llegue a todos. ¿Te parece que tu vida no sirve para nada? ¡Tú eres
luz! ¿Tienes la impresión de que nunca cuentan contigo para lo que
merece la pena? ¡Tú eres luz! ¿Atraviesas un período de oscuridad, de
desaliento, de prueba? ¡Tú eres luz!
No quisiera olvidar ese ejercicio de diálogo a cuatro bandas que se da
entre Jesús, el discípulo amado, Simón Pedro y Judas, en una cena
trascendental en la que Jesús se encuentra "profundamente conmovido".
El discípulo amado y Pedro formulan preguntas: "Señor, ¿quién es?",
"Señor, ¿adónde vas?", "Señor, ¿por qué no puedo acompañarte ahora?".
Quién, adónde, por qué. En sus preguntas reconocemos las nuestras. Por
boca del discípulo amado y de Pedro formulamos nuestras zozobras,
nuestras incertidumbres.
Judas interviene de modo no verbal. Primero toma el pan untado por Jesús
y luego se va. Participa del alimento del Maestro, pero no comparte su
vida, no resiste la fuerza de su mirada. Por eso "sale inmediatamente".
No sabe/no puede responder al amor que recibe.
Jesús observa, escucha y responde a cada uno: al discípulo amado, a
Judas y a Simón Pedro. La intimidad, la traición instantánea y la
traición diferida se dan cita en una cena que resume toda una vida y que
anticipa su final. Lo que sucede en esta cena es una historia de
entrega y de traición. Como la vida misma.
Gonzalo Fernández, claretiano