"Se acercaba la fiesta de los Azimos, que se llama Pascua, y los
príncipes de los sacerdotes y los escribas buscaban cómo acabar con él,
pero temían al pueblo. Entró Satanás en Judas, llamado Iscariote, uno de
los doce. Fue y habló con los príncipes de los sacerdotes y los
magistrados sobre el modo de entregárselo" (Lc).

Satanás sólo entra si se le deja entrar. Puede tentar y tienta como lo
hizo con Jesús y lo hace con todos. Pero para entrar necesita una puerta
abierta. Satanás es soberbio, pero es lúcidamente inteligente. Conoce
las debilidades de los hombres y las prueba. Odia a Dios, y sabe que el
mayor daño que le puede hacer es destruir a los hombres. Conoce la
debilidad de Judas, su amor por el dinero, y lo que el dinero lleva
consigo. Ha seguido su comportamiento a lo largo de los tres años. Ha
podido observar sus trampas. Y sobre todo su resentimiento por no
entender el modo como Jesús lleva las cosas adelante. Judas no puede
entender un amor tan grande que le lleve a la pobreza, a decir las
verdades a los poderosos, contra las juiciosas políticas de los hábiles.
Su vida de fraternidad es difícil con los demás, pues ellos han dejado
todo para seguir a Jesús, y les ve decididos a hacer lo que les pida,
por loco que parezca. Las peleas y los reproches no faltan. No en vano
ellos no tienen tanta paciencia como Jesús, que siempre le disculpa y le
apoya. La misma paciencia y el amor de Jesús le llenan de odio, pues
son un reproche cuando él ya no quiere saber nada de ese reinado que no
parece de este mundo.
Entonces Judas Iscariote "fue donde los príncipes de los sacerdotes, y
dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le
ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una
oportunidad para entregarlo"(Mt)
El precio había sido profetizado. Es muy posible que ellos, o alguno de
ellos, se acordase de la profecía con burla y cinismo. Es muy posible
que, en su astucia, la utilizasen para acallar la conciencia de Judas
diciéndole que si verdaderamente Jesús era el Mesías se aclararía todo,
pues se manifestaría con poder. Era un engaño, pero cuando se peca,
cualquier excusa puede servir de justificación. El hecho es que él era
traidor de quien más le había querido, del Mesías, del Amigo, del Hijo
de Dios Altísimo. Esa es la verdad de Judas. Estaba cometiendo el peor
de los pecados con una lucidez que la compañía con Jesús agravaría por
minutos.
La cantidad de treinta siclos de plata era también el precio del daño
por un esclavo que hubiese sido muerto por un animal. Era el precio de
un pequeño campo. Era el precio de un cordero pascual. Simbolizaba, sin
quererlo, a Jesús que se entrega como un esclavo de amor, del cordero
pascual que libera de la muerte a los primogénitos. Para Judas era sólo
el símbolo del poder que alcanzaría cuando venciesen sus nuevos amigos
frente al. Poco sabía cuál iba a ser la paga de los traidores, pues lo
que es lucidez para la traición es oscuridad para el propio
conocimiento.
Los reunidos en el Sanedrín se alegraron. Judas hierve de actividad. Se
separan, preparando todo para el desenlace inminente, aunque un cierto
temor de que Jesús se escapase de nuevo de sus manos les deja
intranquilos, pues lo ha hecho muchas veces. Menos les intranquilizaba
lo más importante: el juicio de Dios.
Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales
universitarias
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