este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Este es el contraste: la libertad que no
quiere amar y la libertad que se da sin tasa. La conciencia que Cristo
tiene de su misión es total. Él sabe su origen como Hijo engendrado
eternamente por el Padre e Hijo de los hombres, cabeza de toda la
humanidad, y sabe que su camino de vuelta al Padre pasa por medio del
dolor y del amor, del servicio como Siervo doliente que ama consiguiendo
el perdón.
El ambiente es religioso y solemne. Todos miran a Jesús que hace un
signo sorprendente: lavar los pies de los discípulos.
Jesús "se levantó de la cena, se quitó el manto, tomó una toalla y se la
ciñó. Después echó agua en una jofaina y empezó a lavarles los pies a
los discípulos y a secárselos con la toalla que se había ceñido"(Jn).
Momentos antes los discípulos discutían "sobre cuál era el mayor"; no
parece una discusión para situarse más arriba unos que otros, sino para
estar más cerca del Maestro. Le querían mucho y le conocían bien. Se
daban cuenta de que quería decirles muchas cosas y también de que era
muy sensible a su cariño. Con el trato, el respeto había aumentado, pero
también el amor. Quieren estar cerca del Señor y se establece una
rivalidad amistosa.
Por fin se sientan y se acomodan más o menos a gusto. Y entonces Jesús
les muestra el mejor modo de querer. El orden de la caridad va a ser muy
distinto del modo anterior. Jesús ama sirviendo; y, sirve como lo hace
un esclavo a sus señores. La sorpresa debió ser grande, y es
precisamente Pedro quien manifiesta el estupor general. Su temperamento y
su amor apasionado a Jesús aparecen de nuevo: "Señor, ¿tú me vas a
lavar a mí los pies?"(Jn). Pedro comprende de manera particular lo
profundo de la humillación del Señor, y se rebela, no la acepta. Pedro
percibe la distancia entre un pecador como él y Jesús. Por eso le cuesta
comprender que Jesús se humille tanto.
Es evidente que Jesús quiere revelar el valor de la humildad, del
servicio y la necesidad de la purificación para acceder a la Eucaristía.
Pero no se trata de una lección más de las muchas que han recibido; se
trata de una nueva revelación de la intimidad de Dios. Quiere
manifestarse como el Siervo de Yavé que purifica los pecados de todos
por la vía del dolor, como dice Isaías. Pedro sabe que Dios es Amor,
pero ver de rodillas el amor humilde de Dios, le parece demasiado. Pedro
ama a Jesús y sabe que el Señor también le ama, pero es consciente de
la distancia entre ambos. Tanto el amor de Pedro como el de Jesús son
entrega, pensar en el otro, querer el bien del otro, pero en Jesús,“el
mayor sirve al menor”, hasta el extremo de que Dios sirve al hombre,
incluso al hombre sucio por el pecado, es decir, al hombre que no le
ama. Esa es la diferencia y a Pedro le cuesta aceptarla; se resiste.
La resistencia de Pedro es significativa. A una mirada superficial puede
parecer un inconstante, pues pasa de una afirmación tajante a la
contraria en un abrir y cerrar de ojos, pero no es así. "Respondió
Jesús: lo que yo hago no lo entiendes tú ahora, lo comprenderás después.
Le dice Pedro: No me lavarás los pies jamás. Le respondió Jesús: Si no
te lavo, no tendrás parte conmigo. Simón Pedro le replicó: Señor, no
solamente los pies, sino también las manos y la cabeza"(Jn). El Maestro
conoce bien a su discípulo, y le convence con el argumento que más hondo
le puede llegar: o conmigo o contra mí. Pedro no puede soportar estar
alejado del Señor. Su queja y su rebeldía manifiestan un amor muy
grande, pero imperfecto. Es un amor que le oscurece la mirada, no
comprende la grandeza de aquella humillación, ni el significado de aquel
servicio. Jesús le disculpa "lo comprenderás después". Lo comprenderá
cuando tenga que amar a otros inferiores a él. Sabrá algo del amor
divino cuando realmente llegue a amar a otros, menos santos, con menos
prestigio o menos autoridad, aprenderá a servir sin ningún ademán de
desprecio. Es más, llegará a amar a los que le desprecien, porque su
amor será de un nivel divino. Pero ahora todavía su amor es muy humano;
no es el amor de un verdadero santo, de un hombre de Dios.
Jesús le había dicho "el que se ha bañado no tiene necesidad de lavarse
más que los pies, pues todo él está limpio. Y vosotros estáis limpios,
aunque no todos"(Jn). Y aquel "no todos" se clava como una flecha en su
alma: ¿de quién habla?
Jesús realizó la ceremonia del lavatorio con detenimiento. Los purifica
uno a uno en medio de un silencio tenso. Todos se dejan lavar mientras
se examinan.
Y por fin Jesús explica con palabras el significado del signo: "Después
de lavarles los pies tomó el manto, se puso de nuevo a la mesa, y les
dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis el
Maestro y el Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy el
Señor y el Maestro os he lavado los pies, vosotros también os debéis
lavar los pies unos a otros. Os he dado ejemplo para que así hagáis
vosotros. en verdad, en verdad os digo: no es el siervo más que su
señor, ni el enviado más que el que le envió. Si comprendéis esto y lo
hacéis seréis bienaventurados"(Jn).
Es la última bienaventuranza antes de la Pasión, y como un compendio de
las muchas que fue diciendo a lo largo de su vida pública, además de las
ocho del Sermón del Monte: Bienaventurado el que sirve porque sabe amar
como Dios ama.
Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales
universitarias
pedidos a eunsa@cin.es