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En ese momento Jesús da un giro a su
conversación. Ya no mira a los discípulos sino que mira al Padre y habla
con Él en voz alta. La emoción es máxima. Van a descubrir lo que hay en
el corazón de Jesús. "Jesús, dicho esto, elevó sus ojos al cielo y
exclamó: Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo
te glorifique; ya que le diste poder sobre toda carne, que él dé vida
eterna a todos los que Tú le has dado"(Jn). Es la hora establecida desde
la eternidad, la hora de las tinieblas, pero también la hora del máximo
amor divino y humano, la hora de la redención, la hora del sacrificio
perfecto. Todo está preparado, pero hay que vivirla con intensidad.
"Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, el único Dios verdadero y
a Jesucristo a quien Tú has enviado. Yo te he glorificado en la tierra:
he terminado la obra que Tú me has encomendado que hiciera. Ahora,
Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes
de que el mundo existiera"(Jn). Sólo el que comprende el amor del Padre
puede comprender el amor del Hijo. Jesús es el único que puede
corresponder a ese don íntegro del Padre con un don de sí mismo también
perfecto que, además de divino, es plenamente humano. La gloria es el
amor entre Padre e Hijo, pero en Jesús está oculto en su humanidad. La
gloria de la resurrección descubrirá el nuevo rostro del Padre en el
Hijo.
Reproducido con permiso del Autor,
Enrique Cases, Tres años con Jesús, Ediciones internacionales
universitarias
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