este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
SOBRE LAS TINIEBLAS DE LOS CORAZONES BRILLA SU LUZ
Meditaciones para la noche del sábado santo
LA afirmación de la muerte de Dios resuena, cada vez con más fuerza, a
lo largo de nuestra época. En primer lugar aparece en Jean Paul (Jean
Paul F. Richter (1763-1825), ) como una simple pesadilla. Jesús muerto
proclama desde el techo del mundo que en su marcha al más allá no ha
encontrado nada: ningún cielo, ningún dios remunerador, sino sólo la
nada infinita, el silencio de un vacío bostezante. Pero se trata
simplemente de un sueño molesto, que alejamos suspirando al
despertarnos, aunque la angustia sufrida sigue preocupándonos en el
fondo del alma, sin deseos de retirarse.
Cien años más tarde es Nietzsche quien, con seriedad mortal, anuncia con
un estridente grito de espanto: «¡Dios ha muerto! ¡Sigue muerto! ¡Y
nosotros lo hemos asesinados. Cincuenta años después se habla ya del
asunto con una serenidad casi académica y se comienza a construir una
«teología después de la muerte de Dios», que progresa y anima al hombre a
ocupar el puesto abandonado por él.
El impresionante misterio del sábado santo, su abismo de silencio, ha
adquirido, pues, en nuestra época un tremendo realismo. Porque esto es
el sábado santo: el día del ocultamiento de Dios, el día de esa inmensa
paradoja que expresamos en el credo con las palabras «descendió a los
infiernos», descendió al misterio de la muerte.
El viernes santo podíamos contemplar aún al traspasado; el sábado santo
está vacío, la pesada piedra de la tumba oculta al muerto, todo ha
terminado, la fe parece haberse revelado a última hora como un
fanatismo. Ningún Dios ha salvado a este Jesús que se llamaba su hijo.
Podemos estar tranquilos; los hombres sensatos, que al principio estaban
un poco preocupados por lo que pudiese suceder, llevaban razón.
Sábado santo, día de la sepultura de Dios: ¿No es éste, de forma
especialmente trágica, nuestro día? ¿No comienza a convertirse nuestro
siglo en un gran sábado santo, en un día de la ausencia de Dios, en el
que incluso a los discípulos se les produce un gélido vacío en el
corazón y se disponen a volver a su casa avergonzados y angustiados,
sumidos en la tristeza y la apatía por la falta de esperanza mientras
marchan a Emaús, sin advertir que aquél a quien creen muerto se halla
entre ellos?
Dios ha muerto y nosotros lo hemos asesinado. ¿Nos hemos dado realmente
cuenta de que esta frase está tomada casi literalmente de la tradición
cristiana, de que hemos rezado con frecuencia algo parecido en el
vía-crucis, sin penetrar en la terrible seriedad y en la trágica
realidad de lo que decíamos? Lo hemos asesinado cuando lo encerrábamos
en el edificio de ideologías y costumbres anticuadas, cuando lo
desterrábamos a una piedad irreal y a frases de devocionarios,
convirtiéndolo en una pieza de museo arqueológico; lo hemos asesinado
con la duplicidad de nuestra vida, que lo oscurece a él mismo; porque,
¿qué puede hacer más discutible en este mundo la idea de Dios que la fe y
la caridad tan discutibles de sus creyentes?
La tiniebla divina de este día, de este siglo, que se convierte cada vez
más en un sábado santo, habla a nuestras conciencias. Se refiere
también a nosotros. Pero, a pesar de todo, tiene en sí algo consolador
porque la muerte de Dios en Jesucristo es, al mismo tiempo, expresión de
su radical solidaridad con nosotros. El misterio más oscuro de la fe
es, simultáneamente, la señal más brillante de una esperanza sin
fronteras.
Todavía más: a través del naufragio del viernes santo, a través del
silencio mortal del sábado santo, pudieron comprender los discípulos
quién era Jesús realmente y qué significaba verdaderamente su mensaje.
Dios debió morir por ellos para poder vivir de verdad en ellos. La
imagen que se habían formado de él, en la que intentaban introducirlo,
debía ser destrozada para que a través de las ruinas de la casa deshecha
pudiesen contemplar el cielo y verlo a él mismo, que sigue siendo la
infinita grandeza. Necesitamos las tinieblas de Dios, necesitamos el
silencio de Dios para experimentar de nuevo el abismo de su grandeza, el
abismo de nuestra nada, que se abriría ante nosotros si él no
existiese.
Hay en el evangelio una escena que prenuncia de forma admirable el
silencio del sábado santo y que, al mismo tiempo, parece como un retrato
de nuestro momento histórico. Cristo duerme en un bote, que está a
punto de zozobrar asaltado por la tormenta.
El profeta Elías había indicado en una ocasión a los sacerdotes de Baal,
que clamaban inútilmente a su dios pidiendo un fuego que consumiese los
sacrificios, que probablemente su dios estaba dormido y era conveniente
gritar con más fuerza para despertarle. ¿Pero no duerme Dios en
realidad? La voz del profeta ¿no se refiere, en definitiva, a los
creyentes del Dios de Israel que navegan con él en un bote zozobrante?
Dios duerme mientras sus cosas están a punto de hundirse: ¿no es ésta la
experiencia de nuestra propia vida? ¿No se asemejan la Iglesia y la fe a
un pequeño bote que naufraga y que lucha inútilmente contra el viento y
las olas mientras Dios está ausente? Los discípulos, desesperados,
sacuden al Señor y le gritan que despierte; pero él parece asombrarse y
les reprocha su escasa fe. ¿No nos ocurre a nosotros lo mismo? Cuando
pase la tormenta reconoceremos qué absurda era nuestra falta de fe.
Y, sin embargo, Señor, no podemos hacer otra cosa que sacudirte a ti, el
Dios silencioso y durmiente y gritarte: ¡despierta! ¿no ves que nos
hundimos? Despierta, haz que las tinieblas del sábado santo no sean
eternas, envía un rayo de tu luz pascual a nuestros días, ven con
nosotros cuando marchamos desesperanzados hacia Emaús, que nuestro
corazón arda con tu cercanía. Tú que ocultamente preparaste los caminos
de Israel para hacerte al fin un hombre como nosotros, no nos abandones
en la oscuridad, no dejes que tu palabra se diluya en medio de la
charlatanería de nuestra época. Señor, ayúdanos, porque sin ti
pereceríamos.
2.
El ocultamiento de Dios en este mundo es el auténtico misterio del
sábado santo, expresado en las enigmáticas palabras: Jesús «descendió a
los infiernos». La experiencia de nuestra época nos ayuda a profundizar
en el sábado santo, ya que el ocultamiento de Dios en su propio mundo
—que debería alabarlo con millares de voces—, la impotencia de Dios, a
pesar de que es el todopoderoso, constituye la experiencia y la
preocupación de nuestro tiempo.
Pero, aunque el sábado santo expresa íntimamente nuestra situación,
aunque comprendamos mejor al Dios del sábado santo que al de las
poderosas manifestaciones en medio de tormentas y tempestades, como las
narradas por el Antiguo Testamento, seguimos preguntándonos qué
significa en realidad esa fórmula enigmática: Jesús «descendió a los
infiernos».
Seamos sinceros: nadie puede explicar verdaderamente esta frase, ni
siquiera los que dicen que la palabra infierno es una falsa traducción
del término hebreo sheol, que significa simplemente el reino de los
muertos; según éstos, el sentido originario de la fórmula sólo
expresaría que Jesús descendió a las profundidades de la muerte, que
murió en realidad y participó en el abismo de nuestro destino. Pero
surge la pregunta: ¿qué es la muerte en realidad y qué sucede cuando uno
desciende a las profundidades de la muerte? Tengamos en cuenta que la
muerte no es la misma desde que Jesús descendió a ella, la penetró y
asumió; igual que la vida, el ser humano no es el mismo desde que la
naturaleza humana se puso en contacto con el ser de Dios a través de
Cristo. Antes, la muerte era solamente muerte, separación del mundo de
los vivos y —aunque con distinta intensidad— algo parecido al
«infierno», a la zona nocturna de la existencia, a la oscuridad
impenetrable.
Pero ahora la muerte es también vida, y cuando atravesamos la fría
soledad de las puertas de la muerte encontramos a aquél que es la vida,
al que quiso acompañarnos en nuestras últimas soledades y participó de
nuestro abandono en la soledad mortal del huerto y de la cruz, clamando:
«¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?»
Cuando un niño ha de ir en una noche oscura a través de un bosque,
siente miedo, aunque le demuestren cien veces que no hay en él nada
peligroso. No teme por nada determinado a lo que pueda referirse, sino
que experimenta oscuramente el riesgo, la dificultad, el aspecto trágico
de la existencia. Sólo una voz humana podría consolarle, sólo la mano
de un hombre cariñoso podría alejar esa angustia que le asalta como una
pesadilla. Existe un miedo —el miedo auténtico, que radica en lo más
íntimo de nuestra soledad— que no puede ser superado por el
entendimiento, sino exclusivamente por la presencia de un amante, porque
dicho miedo no se refiere a nada concreto, sino que es la tragedia de
nuestra soledad última. ¿Quién no ha experimentado alguna vez el temor
de sentirse abandonado? ¿Quién no ha experimentado en algún momento el
milagro consolador que supone una palabra cariñosa en dicha
circunstancia? Pero cuando nos sumergimos en una soledad en la que
resulta imposible escuchar una palabra de cariño estamos en contacto con
el infierno. Y sabemos que no pocos hombres de nuestro mundo,
aparentemente tan optimista, opinan que todo contacto humano se queda en
lo superficial, que ningún hombre puede tener acceso a la intimidad del
otro y que, en consecuencia, el sustrato último de nuestra existencia
lo constituye la desesperación, el infierno.
Jean Paul Sartre lo ha expresado literariamente en uno de sus dramas,
proponiendo, simultáneamente, el núcleo de su teoría sobre el hombre. Y
de hecho, una cosa es cierta: existe una noche en cuyo tenebroso
abandono no resuena ninguna voz consoladora; hay una puerta que debemos
cruzar completamente solos: la puerta de la muerte. Todo el miedo de
este mundo es, en definitiva, el miedo a esta soledad. Por eso en el
Antiguo Testamento una misma palabra designaba el reino de la muerte y
el infierno: sheol. Porque la muerte es la soledad absoluta. Pero
aquella soledad que no puede iluminar el amor, tan profunda que el amor
no tiene acceso a ella, es el infierno.
«Descendió a los infiernos»: esta confesión del sábado santo significa
que Cristo cruzó la puerta de la soledad, que descendió al abismo
inalcanzable e insuperable de nuestro abandono. Significa también que,
en la última noche, en la que no se escucha ninguna palabra, en la que
todos nosotros somos como niños que lloran, resuena una palabra que nos
llama, se nos tiende una mano que nos coge y guía.
La soledad insuperable del hombre ha sido superada desde que él se
encuentra en ella. El infierno ha sido superado desde que el amor se
introdujo en las regiones de la muerte, habitando en la tierra de nadie
de la soledad. En definitiva, el hombre no vive de pan, sino que en lo
más profundo de sí mismo vive de la capacidad de amar y de ser amado.
Desde que el amor está presente en el ámbito de la muerte, existe la
vida en medio de la muerte. «A tus fieles, Señor, no se les quita la
vida, se les cambia», reza la Iglesia en la misa de difuntos.
Nadie puede decir lo que significa en el fondo la frase: «descendió a
los infiernos». Pero cuando nos llegue la hora de nuestra última soledad
captaremos algo del gran resplandor de este oscuro misterio. Con la
certeza esperanzadora de que en aquel instante de profundo abandono no
estaremos solos, podemos imaginar ya algo de lo que esto significa. Y
mientras protestamos contra las tinieblas de la muerte de Dios
comenzamos a agradecer esa luz que, desde las tinieblas, viene hacia
nosotros.
En la oración de la Iglesia, la liturgia de los tres días santos ha sido
estudiada con gran cuidado; la Iglesia quiere introducirnos con su
oración en la realidad de la pasión del señor y conducirnos a través de
las palabras al centro espiritual del acontecimiento.
Cuando intentamos sintetizar las oraciones litúrgicas del sábado santo
nos impresiona, ante todo, la profunda paz que respiran. Cristo se ha
ocultado, pero a través de estas tinieblas impenetrables se ha
convertido también en nuestra salvación; ahora se realizan las escuetas
palabras del salmista: «aunque bajase hasta los infiernos, allí estás
tú». En esta liturgia ocurre que, cuanto más avanza, comienzan a lucir
en ella, como en la alborada, las primeras luces de la mañana de pascua.
Si el viernes santo nos ponía ante los ojos la imagen desfigurada del
traspasado, la liturgia del sábado santo nos recuerda, más bien, a los
crucifijos de la antigua Iglesia: la cruz rodeada de rayos luminosos,
que es una señal tanto de la muerte como de la resurrección.
De este modo, el sábado santo puede mostrarnos un aspecto de la piedad
cristiana que, al correr de los siglos, quizá haya ido perdiendo fuerza.
Cuando oramos mirando al crucifijo, vemos en él la mayoría de las veces
una referencia a la pasión histórica del Señor sobre el Gólgota. Pero
el origen de la devoción a la cruz es distinto: los cristianos oraban
vueltos hacia oriente, indicando su esperanza de que Cristo, sol
verdadero, aparecería sobre la historia; es decir, expresando su fe en
la vuelta del Señor. La cruz está estrechamente ligada, al principio,
con esta orientación de la oración, representa la insignia que será
entregada al rey cuando llegue; en el crucifijo alcanza su punto
culminante la oración.
Así, pues, para la cristiandad primitiva la cruz era, ante todo, signo
de esperanza, no tanto vuelta al pasado cuanto proyección hacia el Señor
que viene. Con la evolución posterior se hizo bastante necesario volver
la mirada, cada vez con más fuerza, hacia el hecho: ante todas las
volatilizaciones de lo espiritual, ante el camino extraño de la
encarnación de Dios, había que defender la prodigalidad impresionante de
su amor, que por el bien de unas pobres criaturas se había hecho
hombre, y qué hombre. Había que defender la santa locura del amor de
Dios, que no pronunció una palabra poderosa, sino que eligió el camino
de la debilidad, a fin de confundir nuestros sueños de grandeza y
aniquilarlos desde dentro.
¿Pero no hemos olvidado quizás demasiado la relación entre cruz y
esperanza, la unidad entre la orientación de la cruz y el oriente, entre
el pasado y el futuro? El espíritu de esperanza que respiran las
oraciones del sábado santo deberían penetrar de nuevo todo nuestro
cristianismo. El cristianismo no es una pura religión del pasado, sino
también del futuro; su fe es, al mismo tiempo, esperanza, porque Cristo
no es solamente el muerto y resucitado, sino también el que ha de venir.
Señor, haz que este misterio de esperanza brille en nuestros corazones,
haznos conocer la luz que brota de tu cruz, haz que como cristianos
marchemos hacia el futuro, al encuentro del día en que aparezcas.
Oración
Señor Jesucristo, has hecho brillar tu luz en las tinieblas de la
muerte, la fuerza protectora de tu amor habita en el abismo de la más
profunda soledad; en medio de tu ocultamiento podemos cantar el aleluya
de los redimidos.
Concédenos la humilde sencillez de la fe que no se desconcierta cuando
tú nos llamas a la hora de las tinieblas y del abandono, cuando todo
parece inconsistente. En esta época en que tus cosas parecen estar
librando una batalla mortal, concédenos luz suficiente para no perderte;
luz suficiente para poder iluminar a los otros que también lo
necesitan.
Haz que el misterio de tu alegría pascual resplandezca en nuestros días
como el alba, haz que seamos realmente hombres pascuales en medio del
sábado santo de la historia.
Haz que a través de los días luminosos y oscuros de nuestro tiempo nos
pongamos alegremente en camino hacia tu gloria futura.