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Nuestras catequesis sobre Dios, Creador del mundo, no podían concluirse
sin dedicar una atención adecuada a un contenido concreto de la
revelación divina: la creación de los seres puramente espirituales, que
la Sagrada Escritura llama "ángeles".
Tal creación aparece claramente en los Símbolos de la Fe, especialmente
en el Símbolo niceno- constantinopolitano: Creo en un solo Dios, Padre
Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todas las cosas (esto
es, entes o seres) "visibles e invisibles". Sabemos que el hombre goza,
dentro de la creación, de una posición singular: gracias a su cuerpo
pertenece al mundo visible, mientras que, por el alma espiritual, que
vivifica el cuerpo, se halla casi en el confín entre la creación visible
y la invisible. A esta última, según el Credo que la Iglesia profesa a
la luz de la Revelación, pertenecen otros seres, puramente espirituales,
por consiguiente no propios del mundo visible, aunque están presentes y
actuantes en él. Ellos constituyen un mundo específico.
Hoy, igual que en tiempos pasados, se discute con mayor o menor
sabiduría acerca de estos seres espirituales. Es preciso reconocer que, a
veces, la confusión es grande, con el consiguiente riesgo de hacer
pasar como fe de la Iglesia respecto a los ángeles cosas que no
pertenecen a la fe o, viceversa, de dejar de lado algún aspecto
importante de la verdad revelada.
La existencia de los seres espirituales que la Sagrada Escritura,
habitualmente, llama "ángeles", era negada ya en tiempos de Cristo por
los saduceos (Cfr. Hech 23, 8). La niegan también los materialistas y
racionalistas de todos los tiempos. Y sin embargo, como agudamente
observa un teólogo moderno, "si quisiéramos desembarazarnos de los
ángeles, se debería revisar radicalmente la misma Sagrada Escritura y
con ella toda la historia de la salvación" (.). Toda la Tradición es
unánime sobre esta cuestión. El Credo de la Iglesia, en el fondo, es un
eco de cuanto Pablo escribe a los Colosenses: "Porque en El (Cristo)
fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y
las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las
potestades; todo fue creado por El y para El" (Col 1, 16). O sea, Cristo
que, como Hijo-Verbo eterno y consubstancial al Padre, es "primogénito
de toda criatura" (Col 1, 15), está en el centro del universo como razón
y quicio de toda la creación, como ya hemos visto en las catequesis
precedentes y como todavía veremos cuando hablemos más directamente de
El.
La referencia al primado de Cristo nos ayuda a comprender que la verdad
acerca de la existencia y acción de los ángeles (buenos y malos) no
constituyen el contenido central de la Palabra de Dios.
En la Revelación, Dios habla en primer lugar "a los hombres. y pasa con
ellos el tiempo para invitarlos y admitirlos a la comunión con El",
según leemos en la Cons. "Dei Verbum" del Conc. Vaticano II (n.2). De
este modo "las profunda verdad, tanto de Dios como de la salvación de
los hombres", es el contenido central de la Revelación que "resplandece "
más plenamente en la persona de Cristo (Cfr. Dei Verbum 2).
La verdad sobre los ángeles es, en cierto sentido, "colateral", y, no
obstante, inseparable de la Revelación central que es la existencia, la
majestad y la gloria del Creador que brillan en toda la creación
("visible" e "invisible") y en la acción salvífica de Dios en la
historia del hombre. Los ángeles no son, criaturas de primer plano en la
realidad de la Revelación, y, sin embargo, pertenecen a ella
plenamente, tanto que en algunos momentos les vemos cumplir misiones
fundamentales en nombre del mismo Dios.
Todo esto que pertenece a la creación entra, según la Revelación, en el
misterio de la Providencia Divina. Lo afirma de modo ejemplarmente
conciso el Vaticano I, que hemos citado ya muchas veces: "Todo lo creado
Dios lo conserva y lo dirige con su Providencia extendiéndose de un
confín al otro con fuerza y gobernando con bondad todas las cosas.
"Todas las cosas están desnudas y manifiestas a sus ojos", hasta aquello
que tendrá lugar por libre iniciativa de las criaturas". La Providencia
abraza, por tanto, también el mundo de los espíritus puros, que aun más
plenamente que los hombres son seres racionales y libres. En la Sagrada
Escritura encontramos preciosas indicaciones que les conciernen.
Hay la revelación de un drama misterioso, pero real, que afectó a estas
criaturas angélicas, sin que nada escapase a la eterna Sabiduría, la
cual con fuerza (fortiter) y al mismo tiempo con bondad (suaviter) todo
lo lleva al cumplimiento en el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
Reconozcamos ante todo que la Providencia, como amorosa Sabiduría de
Dios, se ha manifestado precisamente al crear seres puramente
espirituales, por los cuales se expresa mejor la semejanza de Dios en
ellos, que supera en mucho todo lo que ha sido creado en el mundo
visible junto con el hombre, también él, imborrable imagen de Dios.
Dios, que es Espíritu absolutamente perfecto, se refleja sobre todo en
los seres espirituales que, por naturaleza, esto es, a causa de su
espiritualidad, están mucho más cerca de El que las criaturas materiales
y que constituyen casi el "ambiente" más cercano al Creador.
La Sagrada Escritura ofrece un testimonio bastante explícito de esta
máxima cercanía a Dios de los ángeles, de los cuales habla, con lenguaje
figurado, como del "trono" de Dios, de sus "ejércitos", de su "cielo".
Ella ha inspirado la poesía y el arte de los siglos cristianos que nos
presentan a los ángeles como la "corte de Dios".