este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
En las últimas catequesis hemos visto cómo la Iglesia, iluminada por la
luz que proviene de la Sagrada Escritura, ha profesado a lo largo de los
siglos la verdad sobre la existencia de los ángeles como seres
puramente espirituales, creados por Dios.
Lo ha hecho desde el comienzo con el Símbolo niceno-constantinopolitano y
lo ha confirmado en el Conc. Lateranense IV (1215), cuya formulación ha
tomado el Conc. Vaticano I en el contexto de la doctrina sobre la
creación: Dios "creó de la nada juntamente al principio del tiempo,
ambas clases de criaturas: las espirituales y las corporales, es decir,
el mundo angélico y el mundo terrestre; y después, la criatura humana
que, compuesta de espíritu y cuerpo, los abraza, en cierto modo, a los
dos" (Cons. Dei Filius).
O sea: Dios creó desde el principio ambas realidades: la espiritual y la
corporal, el mundo terreno y el angélico. Todo lo que El creó
juntamente("simuél") en orden a la creación del hombre, constituido de
espíritu y de materia y colocado según la narración bíblica en el cuadro
de un mundo ya establecido según sus leyes y ya medido por el tiempo
("deinde").
Juntamente con la existencia, le fe de la Iglesia reconoce ciertos
rasgos distintivos de la naturaleza de los ángeles. Su realidad
puramente espiritual implica ante todo su no materialidad y su
inmortalidad. los ángeles no tienen "cuerpo" (si bien en determinadas
circunstancias se manifiestan bajo formas visibles a causa de su misión
en favor de los hombres), y por tanto no están sometidos a la ley de la
corruptibilidad que une todo el mundo material. Jesús mismo,
refiriéndose a la condición angélica, dirá que en la vida futura los
resucitados "(no) pueden morir y son semejantes a los ángeles" (Lc 20,
36).
En cuanto criaturas de naturaleza espiritual los ángeles están dotados
de inteligencia y de libre voluntad, como el hombre pero en grado
superior a él, si bien siempre finito, por el límite que es inherente a
todas las criaturas. Los ángeles son también seres personales y, en
cuanto tales, son también ellos, "imagen y semejanza" de Dios.
La sagrada Escritura se refiere a los ángeles utilizando también
apelativos no sólo personales (como los nombre propios de Rafael,
Gabriel, Miguel), sino también "colectivos" (como las calificaciones de:
Serafines, Querubines, Tronos, Potestades, Dominaciones, Principados),
así como realiza una distinción entre Ángeles y Arcángeles. Aun teniendo
en cuenta el lenguaje analógico y representativo del texto sacro,
podemos deducir que estos seres-personas, casi agrupados en sociedad, se
subdividen en órdenes y grados, correspondientes a la medida de su
perfección y a las tareas que se les confía. Los autores antiguos y la
misma liturgia hablan de los coros angélicos (nueve, según Dionisio el
Areopagita).
La teología, especialmente la patrística y medieval, no ha rechazado
estas representaciones tratando en cambio de darles una explicación
doctrinal y mística, pero sin atribuirles un valor absoluto. Santo Tomás
ha preferido profundizar las investigaciones sobre la condición
ontológica, sobre la actividad cognoscitiva y volitiva y sobre la
elevación espiritual de estas criaturas puramente espirituales, tanto
por su dignidad en la escala de los seres, como porque en ellos podía
profundizar mejor las capacidades y actividades propias del espíritu en
grado puro, sacando de ello no poca luz para iluminar los problemas de
fondo que desde siempre agitan y estimulan el pensamiento humano: el
conocimiento, el amor, la libertad, la docilidad a Dios, la consecución
de su reino.
El tema a que hemos aludido podrá parecer "lejano" o "menos vital" a la
mentalidad del hombre moderno. Y sin embargo la Iglesia, proponiendo con
franqueza toda la verdad sobre Dios creador incluso de los ángeles,
cree prestar un gran servicio al hombre.
El hombre tiene la convicción de que en Cristo, Hombre-Dios, en él (y no
en los ángeles) es en quien se halla el centro de la Divina Revelación.
Pues bien, el encuentro religioso con el mundo de los seres puramente
espirituales se convierte en preciosa revelación de su ser no sólo como
cuerpo, sino también espíritu, y de su pertenencia a un proyecto de
salvación verdaderamente grande y eficaz dentro de una comunidad de
seres personales que para el hombre y con el hombre sirven al designio
providencial de Dios
Notamos que la Sagrada Escritura y la Tradición llaman propiamente
ángeles a aquellos espíritus puros que en la prueba fundamental de
libertad han elegido a Dios, su gloria y su reino. Ellos están unidos a
Dios mediante el amor consumado que brota de la visión beatificante,
cara a cara, de la Santísima Trinidad. Lo dice Jesús mismo: "Sus ángeles
ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre, que está en los cielos"
(Mt 18, 10). Ese "ver de continuo la faz del Padre" es la manifestación
más alta de la adoración de Dios.
Se puede decir que constituye esa "liturgia celeste", realizada en
nombre de todo el universo, a la cual se asocia incesantemente la
liturgia terrena de la Iglesia, especialmente en sus momentos
culminantes. Baste recordar aquí el acto con el que la Iglesia, cada día
y cada hora, en el mundo entero, antes de dar comienzo a la plegaria
eucarística en el corazón de la Santa Misa, se apela "a los Ángeles y a
los Arcángeles" para cantar la gloria de Dios tres veces santo,
uniéndose así a aquellos primeros adoradores de Dios, en su culto y en
el amoroso conocimiento del misterio inefable de su santidad.
También según la Revelación, los ángeles, que participan en la vida de
la Trinidad en la luz de la gloria, están también llamados a tener su
parte en la historia de la salvación de los hombres, en los momentos
establecidos por el designio de la Providencia Divina. "No son todos
ellos espíritus administradores, enviados para servicio a favor de los
que han de heredar la salud?", pregunta el autor de la Carta a los
Hebreos (1, 14). Y esto cree y enseña la Iglesia, basándose en la
Sagrada Escritura por la cual sabemos que la tarea de los ángeles buenos
es la protección de los hombres y la solicitud por su salvación.
Hallamos estas expresiones en diversos pasajes de la Sagrada Escritura,
como por ejemplo en el Salmo 90, citado ya repetidas veces: "Pues te
encomendará a sus ángeles para que te guarde en todos tus caminos, y
ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las
piedras" (90, 11-12). Jesús mismo, hablando de los niños y amonestando a
no escandalizarlos, se apela a "sus ángeles" (Mt 18, 10). Además,
atribuye a los ángeles la función de testigos en el supremo juicio
divino sobre la suerte del quien ha reconocido o renegado a Cristo: "A
quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le
confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de
los hombres, será negado ante los ángeles de Dios" (Lc 12, 8-9; cfr. Ap.
3,5). Estas palabras son significativas porque si los ángeles toman
parte en el juicio de Dios, están interesados en la vida del hombre.
Interés y participación que parecen recibir una acentuación en el
discurso escatológico, en el que Jesús hace intervenir a los ángeles en
la parusía, o sea, en la venida definitiva de Cristo al final de la
historia (Cfr. Mt 24, 31; 25, 31. 41).
De estos pocos hechos citados a título de ejemplo, se comprende cómo en
la conciencia de la Iglesia se ha podido formar la persuasión sobre el
ministerio confiado a los ángeles en favor de los hombres. Por ello, la
Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la
liturgia con una fiesta especial, y recomendando el recurso a su
protección con una oración frecuente, como en la invocación del "Ángel
de Dios". Esta oración parece atesorar las bellas palabras de San
Basilio: "Todo fiel tiene junto a sí un ángel como tutor y pastor, para
llevarlo a la vida" (Cfr. San Basilio, Adv. Eunomium, III, 1; véase
también Santo Tomás, S.Th. I, q.11, a.3).
Finalmente es oportuno notar que la Iglesia honra con culto litúrgico a
tres figuras de ángeles, que en la Sagrada Escritura se les llama con un
nombre.
El primero es Miguel Arcángel (Cfr. Dan 10, 13.20; Ap 12, 7; Jdt. 9). Su
nombre expresa sintéticamente la actitud esencial de los espíritus
buenos: "Mica-El" significa, en efecto: "¿quien como Dios?". En este
nombre se halla expresada, pues, la elección salvífica gracias a la cual
los ángeles "ven la faz del Padre" que está en los cielos.
El segundo es Gabriel: figura vinculada sobre todo al misterio de la
Encarnación del Hijo de Dios (Cfr. Lc 1, 19. 26). Su nombre significa:
"Mi poder es Dios" o "Poder de Dios", como para decir que en el culmen
de la creación, la Encarnación es el signo supremo del Padre
omnipotente.
Finalmente el tercer arcángel se llama Rafael. "Rafa-El" significa:
"Dios cura", El se ha hecho conocer por la historia de Tobías en el
antiguo Testamento (Cfr. Tob 12, 50. 20, etc.), tan significativa en el
hecho de confiar a los ángeles los pequeños hijos de Dios, siempre
necesitados de Custodia, cuidado y protección. Reflexionando bien se ve
que cada una de estas tres figuras: Mica-El, Gabri-El, Rafa-El reflejan
de modo particular la verdad contenida en la pregunta planteada por el
autor de la Carta a los Hebreos: "¿No son todos ellos espíritus
administradores, enviados para servicio en favor de los que han de
heredar la salvación?" (1, 14).