este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Me he
estado cuestionando por la verdadera razón de que durante estos quince
años de casados hemos sido inmensamente felices y esta es la conclusión a
la que he llegado.
Tal vez te sea difícil de creerlo pero, es así
Al analizar el asunto primero empecé pensando que nuestra felicidad se
debía a lo bien hecho. Es decir, al esfuerzo continuado que
efectivamente ofrece cierto grado de satisfacción por los deberes
cumplidos día a día, hora a hora, con exigencia permanente. Pero,
nuestra felicidad va aún más allá.
Después, pensé tal vez se deba a que nos casamos libremente y nos
comprometimos para siempre… ¡pasara lo que pasara!. Que nos acogimos
totalmente en ese momento y con todas nuestras posibilidades de futuro.
Realmente, ese compromiso te da seguridad porque, sabes que aunque te
suceda una enfermedad o te atropelle un autobús o te suceda algo
semejante, que no te deje muy bien que digamos… siempre tendrás a
alguien que cuidará de ti como él hubiera querido que lo cuidaran. Pero
nuestro amor va más allá.
¿Podría ser que fuera porque no tuvimos conflictos o crisis? Mentiría si
dijera eso. Hemos tenido que superar muchos momentos difíciles, hemos
tenido que adaptarnos primero uno al otro y después a una familia
cambiante que crecía y que a la vez evolucionaba según la edad de los
hijos e incluso la nuestra. Sobre todo, ahora que nuestros cuatro hijos
son adolescentes, nosotros rondamos por la “supuesta crisis de los 40” y
nuestros padres se acercan a la vejez. Las enfermedades graves o
diferencias sobre asuntos económicos no han faltado.
¿Sería porque el ambiente nos ha sido propicio? No estoy muy segura de
eso. Hay ocasiones que me he sentido extraña o hasta culpable, y si no
culpable tal vez apenada, por tener un buen matrimonio, en medio de
tantas parejas con problemas. Además, las revistas del corazón, los
programas de TV, las conversaciones se van más por el escándalo, que es
lo que vende, nos presentan a todas estas parejas infieles, fracasadas,
burdas en sus declaraciones, con tantos conflictos… ¡con tan poca
caridad!. Creo que no he visto un solo modelo de buen matrimonio y en
consecuencia de buena familia.
Cuando menos, nuestros padres si han sabido ser buenos modelos de
matrimonio y familia. Han sabido mantenerse unidos a pesar de todo.
¿Cuál será su secreto?
Me cuestionaba, ¿Será el autodominio y la autodisciplina que nos ha
implicado educar a cuatro criaturas? Así hemos obrado, hemos actuado
libremente, con responsabilidad y hemos logrado el gobierno de nuestra
familia. Todo esto, más que felicidad se podría denominar esfuerzo, que
aunque no esté de moda, nos ha caracterizado.
En conclusión, puedo decir que hemos logrado una vida coherente y una
unidad de vida particularmente especial, ¿pero que ha habido realmente
detrás de todo esto, que es lo que nos ha impulsado continuamente?
¿Somos felices por todo esto? Creo que una vida así te proporciona una
gran satisfacción. Pero nuestra felicidad va más allá.
Ambos somos personas profundamente felices, satisfechas, con un claro
sentido de nuestra vida y de nuestro origen y finalidad. He ahí donde
entra ésta tercera persona que media entre los dos y que nos ha
permitido lograr el éxito en nuestro matrimonio.
Él nos ha ido dando las respuestas a diversas cuestiones como el sentido
de nuestra sexualidad, para la que el matrimonio es la respuesta; o
como nuestro deseo de mayor realización se ha realizado a través de
nuestro crecimiento personal y de la unidad de dos que somos dentro del
matrimonio.
Desde el principio, desde novios, este tercer amor nos ha llevado a
fomentar el fortalecimiento de nuestra vida interior y a fomentar la
comunicación para compartir esa intimidad, esa vida interior. El
resultado, ha sido una unión mucho más estrecha, porque ahora estar
juntos es como estar conmigo misma y cuando mi marido no esta es como si
algo de mí misma me faltara.
El gran amor de esta tercera persona en nuestro matrimonio, nos ha
enseñado que el amor va mucho más allá de la justicia, que el estar
midiendo lo que da uno o el otro no va, sino que el amor la supera y nos
enseña a perdonar antes que el otro se disculpe, a ser generosos en la
entrega, a no fundamentar la felicidad en lo que se recibe, sino en lo
que se da con alegría, aunque sea con esfuerzo.
Este gran amante nos ha enseñado que dándonos es como hacemos nuestras
las cosas. Por ejemplo, cuando tú te das a un vicio, entre más te
entregues a él, será más tuyo. Igual, cuanto más te des a tu esposa/so e
hijos, más los harás tuyos. Si te mantienes ausente, al margen de la
vida de tu familia, no te quejes después de que no te consideren parte
de ella, que sean y seas un extraño.
Él también nos ha enseñado que su amor no se comprometió una vez, hace
mucho tiempo, sino que continuamente está comprometido con nosotros y
nos acompaña y esta para nosotros presente todo el tiempo. Y no sólo
eso, sino que además está dispuesto a perdonar nuestras infidelidades y a
darnos la ayuda necesaria para no volver a caer.
Él es la fuente de nuestro amor, en Él los hechos son vida de amor. Y
cuando procedemos como Él los sucesos diarios dejan de ser cosas
aisladas y sin sentido, sino que se entrelazan para formar un entramado,
una historia de amor. Una ocasión de corresponder a su inmenso amor. Y
si cuesta, mejor, mayor significado tendrá si se lo ofrecemos y lo
unimos a su sacrificio continuado en el tiempo que hace por nosotros.
Tenemos la inmensa felicidad de sabernos queridos personalmente, de
poder tener una relación intima con Dios, quien nos ve a los ojos y sabe
lo que somos, en todos los sentidos.
Es Él el que santifica nuestra unión, la plenifica, la llena de bondad,
de amor, de felicidad, de un sentido que de ningún otro modo tendría.
Nos hemos vuelto tan sólo instrumentos en sus manos, para que podamos
sentir nosotros y nuestros hijos una probadita de su inmenso,
fructífero, eterno y profundo amor.