este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
El amor verdadero no busca la independencia; no
busca la "liberación" de todos los vínculos y responsabilidades. Al
contrario, impulsa a actuar justo al revés: se entrega, y no anhela nada
más que atarse para siempre a quien quiere ¡y no dejarle nunca más !
Proteger al amor matrimonial
Alianza objetiva
Estos son los grandes deseos, los
grandes impulsos naturales del amor. Sin embargo, todos conocemos las
flaquezas de nuestra naturaleza: hoy, sentimos gran pasión por una
persona; mañana, quizá, por otra. Por eso, no bastan los
deseos de fidelidad; no bastan las promesas secretas o clandestinas.
Hace falta llegar a una alianza objetiva: comprometerse también cara
a la sociedad, lo que se traduce en este caso
en contraer un matrimonio.
Esta alianza es una protección del amor.
Es como decir a otra persona: "Yo te quiero verdaderamente,
y siempre quiero quererte. No sé todo lo que pasará
a lo largo de la vida. A lo mejor, hay
tentaciones y conflictos. Pero tengo la voluntad de superarlas, y
para probártelo, te doy una promesa oficial."
Conocemos los grandes navegantes
de la mitología griega. Estos prometían a sus amigas y
amantes volver a casa, después de algún tiempo de aventuras
y trabajos, pero nunca volvían. En el mar, escuchaban los
cantos de las sirenas, quedaban fascinados y cambiaban de rumbo
para estar con ellas. Las mujeres no los veían nunca
más...
Pero hubo uno -Ulises- que previó el peligro. Quiso que
sus compañeros le ataran al mástil de la nave. Cuando
pasaron por la isla de las sirenas, también él escuchó
su canto maravilloso, también él se quedó fascinado, pero no
podía seguir las voces y los cantos de las sirenas,
ya que estaba atado. Así, las sirenas no pudieron seducirle.
Fue el único que volvió a casa.
Toda persona -incluso el
más acérrimo crítico del matrimonio- anhela, si es sincero consigo
mismo, tener alguien en quien poder abandonarse completamente, alguien
que
siempre esté con él, pase lo que pase, que confíe
en él también cuando todo está en contra suya; también
cuando sufre fracasos y enfermedades, cuando se hace mayor y
más débil.
Nuevos retos
Cada uno desea, en el fondo de su
corazón, tener una persona segura, de confianza, a su lado.
¿Porqué, entonces, experimentamos hoy, que tantos hombres y mujeres
rechazan
de lleno el matrimonio? Muchos de ellos, quizá, no rechacen
el matrimonio "en sí", sino un tipo de matrimonio lleno
de mentira y de traición tras una imagen respetable. Rechazan
a los matrimonios que se cierran, ponen barreras, no tienen
amigos, viven una vida cómoda y aburguesada. Hay quienes buscan
nuevos caminos, más interioridad y autenticidad, y -por
desgracia-terminan frecuentemente
en la confusión.
La crítica es dura, pero nos puede servir
para plantear de nuevo la vida matrimonial. Es decir, el
matrimonio no es anacrónico, pero tampoco debemos vivirlo de un
modo que llaman "burgués", con estrechez de miras y falsedad,
mirando más el aspecto externo que el amor verdadero entre
las personas que lo componen.
Uno de los grandes desafíos de
nuestro tiempo consiste en demostrar que el matrimonio es atractivo,
también para los hombres y las mujeres de nuestro tiempo.
Y que, realmente, es el amor el que reina entre
los esposos. Conviene demostrar, en definitiva, que la fidelidad
matrimonial
es posible y que lleva a una felicidad mucho mayor
que el amor "espontáneo": éste puede ser muy apasionante, pero
queda inmaduro, si huye de la entrega definitiva. Hoy en
día, hacen falta parejas que sean un ejemplo de que
el matrimonio, como vida en común indisoluble, es la mejor
garantía para la felicidad de toda la familia, y para
ellos mismos, en la juventud, en la madurez y en
la ancianidad.
El matrimonio no es anacrónico en absoluto. Pero es
un reto -hoy más que nunca- mantenerse unidos uno al
otro, también en tiempos de crisis o de poca comprensión.
Todo matrimonio pasa por crisis, igual que toda persona, cuando
crece, experimenta sus crisis de desarrollo. Es muy normal, que
haya momentos duros en la vida. Uno nota monotonía, desazón,
quizá la falta de una plena realización profesional; ve que
los planes se derrumban y que los hijos son muy
distintos de lo que se deseaba. A veces, con los
años aparece el remordimiento de no haber dado al otro
todo lo que se le podía haber dado... Pero, toda
crisis trae consigo un cambio, y puede ser un cambio
hacia una madurez mayor, hacia una confianza más plena.
El día
de la boda no es la última estación, sino al
contrario, es el comienzo de la verdadera aventura de la
vida del amor. Si se tiene la conciencia clara de
que el matrimonio dura hasta la muerte, entonces se esfuerza
uno mucho más para hacer de él una empresa atractiva.
Consejos
concretos
¿Cómo se puede llegar a superar las dificultades? ¿Cómo se
puede conseguir que el matrimonio sea feliz? No hay recetas
fijas. Pero podemos reflexionar sobre lo que puede facilitar la
vida cotidiana.
1. Amor decidido. Si, al contraer matrimonio, los cónyuges
son conscientes de que toman una decisión de por vida
y tienen la firme voluntad de permanecer unidos hasta el
final, pase lo que pase, en tiempos de sol y
de lluvia, de nieve, hielo y tormenta, entonces pueden desarrollarse
libremente, en un clima de seguridad y de confianza.
Conviene perder
el miedo a las crisis. Conflictos y divergencias de opiniones
existirán siempre allí donde varias personas viven en estrecho contacto.
Lo decisivo es la actitud que se adopta ante aquellas
situaciones difíciles: aprovechar la oportunidad de estrechar los lazos
de
unión, superando juntos las dificultades, buscar el camino de la
reconciliación. A menudo, esta disposición a perdonar es la única
esperanza en el camino hacia un nuevo comienzo. Con los
años un cónyuge va amando al otro más y más
porque quiere amarle, porque se ha decidido por el otro
de por vida, y está dispuesto a soportar desilusiones.
2. Respeto
mutuo. Hoy en día, casi nadie duda de que el
hombre y la mujer se encuentran en el matrimonio uno
junto al otro con la misma dignidad, para enfrentarse unidos
a la vida: que son, en definitiva, de la misma
altura; que tienen los mismos derechos y deberes. Hay, a
veces, mucha independencia social y económica entre los cónyuges y,
a la vez, una gran dependencia afectiva, que los une
de un modo casi enfermizo. Pero sólo aquel que es
interiormente libre y autónomo puede entregarse a los demás. Por
tanto, hay que reconocer también la necesidad de mantener una
sana distancia en el matrimonio. La vida en común no
debe convertirse en una atadura o cárcel que restringe la
libertad del otro. Un cónyuge no puede quitar al otro
el aire para respirar, la posibilidad de desarrollarse y llevar
adelante iniciativas propias, pensamientos o planes personales: para
llegar a
una profunda unidad, es necesario seguir siendo dos personas
individuales.
No
se ama al otro, mientras no se le ama en
sí mismo. El "tú" no es la prolongación del "yo".
El "tú" es el misterio del otro que pide ser
afirmado en sí mismo. No existe verdadero amor entre un
hombre y una mujer, si no se experimenta -incluso en
este amor, que hace de ambos una sola carne- un
cierto desapego.
3. Apertura a la vida. Un matrimonio en el
que el marido y la mujer viven pendientes sólo el
uno del otro, y en sus vidas no hay lugar
para nadie más, acabará por cansarse y amargarse. Un matrimonio
verdaderamente feliz descubre continuamente nuevos horizontes, está
abierto a otras
personas, también a una futura descendencia. Tiene el valor de
transmitir la vida, de conservarla, de amarla y de velar
por su desarrollo.
Pero, si la unión sexual se entendiera exclusivamente
como la procreación de descendientes, se denigraría al cónyuge al
tratarlo como un simple medio; en última instancia se abusaría
de él. Esto ha sido reconocido generalmente en nuestro tiempo
de manera muy clara. Más, de la misma manera se
humilla al cónyuge si se hace de él un mero
objeto de placer. En cambio, si están integrados en el
amor matrimonial tanto el deseo de tener hijos como la
búsqueda de la unión sexual, se puede considerar conseguida la
relación.
La fecundidad hace del matrimonio una familia. Por supuesto, los
hijos traen consigo desorden e incomodidades para la vida de
la pareja, hasta entonces tranquila, ordenada y controlable. Pero en
vez de considerar la maternidad como una esclavitud, hace falta
convencerse de nuevo, de que existe una felicidad más profunda
que la de la satisfacción por el dinero y el
éxito; que no sólo los padres ayudan a los hijos,
sino que también los hijos ayudan a sus padres a
madurar espiritualmente (precisamente a través de las preocupaciones que
aquellos
originan). Los adultos pueden aprender mucho de sus hijos.
4. Sentido
del humor. La mejor educación es la convivencia familiar alegre
y armónica. "Cuando hayas estado un día entero sin reír,
habrás perdido totalmente ese día". Este lema es muy importante
precisamente para la vida cotidiana de la familia. Las personas
carentes de humor e incapaces de reír llevan una vida
poco atractiva. Los matrimonios y las familias, que han dejado
de reír, están perdidas.
En cambio, el que tiene sentido del
humor, puede olvidarse de sí mismo, y de este modo
está libre para los demás. Todos tendemos a veces a
plantearnos problemas existenciales por cosas insignificantes, y esto
afecta a
las relaciones entre los hombres. Debemos esforzarnos por no contemplar
las múltiples cosas pequeñas de la vida cotidiana desde su
aspecto negativo. Cada cosa, como es sabido, tiene dos caras,
y vale la pena centrar la vista en aquella cara
de la que podemos reírnos a gusto, o al menos
sonreír.
Una persona que se siente querida por su familia, también
es capaz de amar; recibe fuerza y apoyo para la
lucha diaria. Sólo el que se siente feliz, puede regalar
paz, alegría y optimismo a otros; sólo quien se siente
protegido, puede ofrecer apoyo y fortaleza. Únicamente quien tiene
iniciativa,
puede transmitirla y atreverse a cambiar el mundo. En una
familia sana, los miembros serán capaces de desprenderse unos de
otros y lanzarse activamente al mundo con generosidad. Están abiertos
a los problemas de los demás, saben lo que es
la amistad, y están dispuestos a gastarse en servicio al
prójimo, desinteresadamente y sin miedo a interrumpir con ello la
tranquilidad de la tarde.