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| Feminizar el mundo: el papel
insustituible de la mujer |
«Dar vida al amor y amor a la vida» 1. Presentación
Una
antropología adulta…
Hoy prácticamente nadie duda que la
aparición del
concepto-realidad de persona supuso un radical salto de cualidad para
aquel saber que intenta explicarnos lo que es el hombre
—la antropología adulta, como la he llamado en ocasiones—, así
como también para el conjunto de la vida en la
Tierra. Pero esta afirmación y todo lo que implica resultaría coja
si no se subrayara con vigor un nuevo elemento, fundamental
y decisivo: la diferenciación de la persona humana en masculina
y femenina. Sin semejante descubrimiento, y cuanto de él se
desprende, resulta imposible apreciar toda la riqueza que corresponde a
la «humanidad»: estaríamos ante un saber adulto, pero no suficientemente
maduro. Y no se trata solo de que la mujer ostente
de ordinario unos atributos diferentes de los que caracterizan al
varón, de manera que si excluimos a una u otro
lo propiamente humano resulta manco y disminuido. Conviene advertir
también,
aunque solo de pasada, que la complementariedad entre ambos es
dinámica. La presencia de la mujer hace despertar en el
varón cualidades que sin ella quedarían como adormecidas, lo mismo
que sin el amor masculino la feminidad no lograría un
pleno desarrollo. Pero, además, entre las perfecciones que uno hace
florecer
en la otra, y viceversa, se encuentran también las que,
al no poder entrar en detalles, calificaré como más propias
de uno u otro sexo. Con la peculiaridad de que
el varón encarnará las propiedades de la mujer con un
toque masculino, de forma análoga a como la mujer incorporará
lo masculino con un dejo de feminidad. El resultado, que me
limito a esbozar, es un auténtico enriquecimiento de «lo
personal-humano»,
en una espiral creciente que, en principio, no tiene límites
y sin cuya consideración cualquier análisis de la persona y
el mismo desarrollo de la Humanidad en cuanto tal quedarían
incompletos. Y madura Debe afirmarse, pues, que la plena mayoría
de
edad de los estudios antropológicos no ha comenzado hasta que,
muy en particular a lo largo del siglo XX, se
advirtió que la diversidad entre el varón y mujer afectan
justo a su condición personal, de modo que se hace
necesario distinguir entre la persona-masculina (o varón) y la
persona-femenina
(o mujer), precisamente como complementarias y destinadas al apoyo y
crecimiento recíproco. A lo que, por desgracia, hay que añadir
algo que debería resultar obvio. A saber, que tal cúmulo
de ganancias desaparecería en cuanto —como ha ocurrido a menudo
y en cierto modo era «históricamente inevitable»—, por una suerte
de igualdad igualitarista mal entendida, la mujer dejara de ser
a fondo lo que es: mujer-mujer, para adoptar aires o
tonos o modales masculinos. Como explico con frecuencia, la igualdad
no
es un atributo aplicable a las personas, entre otros motivos,
y no como el menos importante… porque no la necesitan
para nada. Cada persona es un absoluto, que vale absolutamente,
sin parangón posible, y cuya exclusiva misión es la de
ser fondo aquel alguien que —¡cada una, singular e irrepetible,
única!— está destinada a ser. Lo que lleva consigo, para el
varón, un desarrollo acabado de su masculinidad, y para la
mujer, el cumplimento más cabal de su feminidad genuina… que
son las maneras respectivas como uno y otra pueden alcanzar
la plenitud personal que les corresponde. Por enésima vez, y porque
resulta sumamente gráfico, recojo el consejo de Unamuno a un
escritor novel que «se consideraba»… poco «considerado» por la crítica:
«No te creas más, ni menos, ni igual que otro
cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es
único e insustituible; en serlo a conciencia pon todo tu
empeño.» Por eso me ha parecido oportuno estructurar esta segunda
intervención en el Congreso como un comentario somero, y por
eso insuficiente —además de inevitablemente masculino—, en torno a la
función de la mujer en la tarea vivificadora de la
humanidad que desde hace lustros propugno, porque la considero
imprescindible.
2. El deterioro Lo público y lo privado
Para lograrlo, me
detendré
un momento en consideraciones relativamente conocidas. La
despersonalización que he
ilustrado otras muchas veces como el gran mal de nuestra
época, podría resumirse como sigue. En el desarrollo de la
civilización
durante estas últimas centurias observamos una especie de fractura, que
va disponiendo progresivamente el despliegue perfeccionador del ser
humano en
dos círculos estrictamente separados e incluso contrapuestos: el privado
y
el público. Y advertimos también que, de manera imparable, este
segundo ha acabado por ejercer un dominio avasallador sobre el
primero: que lo público ha ido fagocitando a lo privado,
al introducir incluso en el seno del hogar actitudes y
modos propios más bien de la relaciones comerciales o de
negocios, en el sentido menos noble de estos términos, a
los que enseguida aludiré. ¿Cuáles son los elementos constituyentes
de lo
que califico como esfera pública?
1. Por ejemplo, el mundo
laboral, cada vez más dominado por un economicismo materialista, cuyo
ídolo es el dinero (hasta el punto, por citar solo
un ejemplo, que buena parte de los niños y niñas
llegan ya a este mundo «hipotecados»: es decir, obligados a
cargar con la hipoteca de la casa de sus padres
en caso de que estos no llegaran a pagarla completa…
o perder su hogar).
2. O el terreno de la política
(o del «partidismo» o del «politicismo» , cuyo crecimiento
indiscriminado hace
que todo tienda a girar alrededor del poder, intercambiable con
el dinero, y origen también de una burocratización despersonalizante a
gran escala.
3. O, por referirme al tercer factor considerado
de
ordinario, el influjo de los llamados medios de comunicación de
masas —muy relevantes en el evento que nos reúne—, que
incrementan inadecuadamente su virtud persuasiva y su capacidad de
sugestión
en la medida en que estimulan el carácter no diferenciado,
impersonal y simultáneamente individualista, de sus destinatarios.
En
la exacta
proporción en que estos y otros vectores similares han ido
configurando la sociedad actual, nos encontramos con un universo público
en el que, por lo general, al margen de toda
actitud de servicio, las relaciones humanas se van viendo pilotadas,
de manera creciente, por un punzante egoísmo hedonista, pragmatista e
insolidario… ¡con honrosas y abundantes excepciones!, añado con sumo
gozo.
De esta suerte, la lógica del intercambio interesado, de «los
equivalentes» —del do ut des ¡y solo ut des!, ¡y
des más de lo que te doy!, propia de la
sociedad mercantilista y burocrática, tal como muchos la viven— ha
ido imponiendo su ley sobre la lógica de la gratuidad,
del don, de la efusión altruista, cuyo reducto último va
siendo la familia, pero que también debería imperar en todas
las relaciones sociales, incluso en las propiamente económicas. En
este sentido,
como afirma Donati, «la civilización consiste en saber traducir en
familiar lo no-familiar»; lo que, para mí, significa aprender a
impregnar todo lo humano, y muy en particular los medios
de comunicación —que ahora nos ocupan—, con el ineludible e
incomparable «toque» o «genio» de la mujer.
Los valores
personales
En cualquier
caso, más que el mismo diagnóstico, por fuerza simplificador, me
interesa explicitar lo que hace unos momentos esbozaba: que un
universo como el que he bosquejado va cerrando el espacio
para los genuinos valores de la persona entendida como tal.
Valores que giran íntegramente en torno al amor y a
todo aquello que lo hace posible y jugoso: el encanto
de lo pequeño, la flexibilidad, la imaginación creativa, la generosidad,
la aptitud para captar matices, el ocio compartido, el diálogo,
la intimidad, la diferenciación individualizadora, la relación entre tú y
tú irreiterables, el gozo conjunto de una vida cotidiana y
sin aparente brillo, y un dilatado etcétera.
Podemos advertir,
por consiguiente,
dos mundos o, como hoy suele decirse, dos culturas:
1.
La de la eficacia y el éxito, por una parte. 2.
Y la de la vida, el cuidado y, en definitiva,
el amor, por otra.
Y son muchos los que, fundadamente,
calificarían el primer cosmos, el de la producción y la
eficiencia, de típicamente masculino, mientras que unirían la
resurrección del
segundo al progresivo afirmarse de lo femenino. Con lo que,
simplificando
nuevamente, pero sin faltar por ello a la verdad, cabría
sostener que el problema más acentuado de la civilización presente
es el predominio indiscriminado y avasallador de lo masculino sobre
lo femenino. A la luz de esta afirmación debe leerse cuanto
sigue.
Lo femenino
Y, en primer lugar, la
necesidad imperiosa de la
mujer. Pero vaya por delante, aunque estimo que no sería
necesario, que en ningún momento pretendo hacer demagogia. Para
cualquier
hombre casado, y yo lo soy, deberían resultar más que
manifiestas las riquezas con que se adorna una esposa cabal.
E incluso, por una especie de «defecto de perspectiva», esas
cualidades aparecerán ante sus ojos con más apabullante claridad que
las pertenecientes al varón. Repito con ocasión y sin ella
que el amor, lejos de ser ciego, se muestra pasmosamente
agudo y perspicaz: impulsa y «obliga» a descubrir el fondo
de maravilla oculto en el corazón ontológico del ser querido.
Y como cualquier persona medianamente honrada estima más a su
cónyuge que a sí mismo, los privilegios de la mujer
deslumbran a su marido de manera mucho más perentoria que
los suyos propios o, en general, los de su sexo.
No porque los invente —eso también lo he explicado incluso
demasiadas veces, oponiéndome a Stendhal y Proust y, hasta cierto
punto, a Ortega—, sino porque los descubre sin apenas dificultad.
La
persona femenina
Pero es que, con independencia de esa
fascinación, la
mujer encarna de una forma muy particular, más propia y
acentuada, el peculiar carácter de la persona humana. Si no
puede decirse que es más persona, sí cabe afirmar que
lo es de un modo más patentemente personal y más
exquisitamente humano. Quiero ser objetivo. Me expresaré por eso con
palabras
prestadas. Carlos Cardona escribió con rotundidad, a propósito del tema
que estoy esbozando, que «… la mujer es imagen más
diáfana de lo característico de la persona creada: hecha por
amor y para el amor». La expresión cumplida de la
persona humana, «en su ser más radical, se manifiesta mejor
y con más propiedad en la mujer que en el
varón. Y esto, a más de resultar metafísicamente manifiesto, es
un hecho de experiencia común: todos sabemos muy bien que
la mujer, precisamente como tal, y en la medida en
que sabe y quiere serlo, es lo más ‘amable’. Así
se entienden bien muchas características de la feminidad: como ese
instinto que mueve a la mujer a procurar ser amable,
atractiva (y no me refiero aquí principalmente a lo físico,
sino a lo psíquico y espiritual: la simpatía, la ternura,
la paciencia, la piedad, por ejemplo).» Por todo ello,
la mujer encarna de forma privilegiada la condición de persona,
en cuanto principio y término de amor: resulta más «amable»…
«precisamente porque ama y en el amor se da». Puesto
que, como recordaba ya hace algún tiempo José María Pemán
—y agradecería que no se tomaran estas expresiones en sentido
despreciativo, al menos teniendo en cuenta mi propia valoración del
amor, muy superior a la de la inteligencia… si es
que tal disociación pudiera realizarse—, «el amor es en la
mujer como la expresión total de su ser y el
ejercicio fundamental de su vida […]. La mujer es, por
definición, una ‘criatura de amor’.» (Maravillosamente inteligente,
añado por
mi cuenta, tras haber expuesto en multitud de ocasiones —como
acabo de recordar— que el amor no es un atributo
de segundo orden, una especie de «compensación piadosa» para aquellos
o aquellas que no logran triunfar en los dominios del
intelecto, sino que constituye la condición ineludible y la máxima
encarnación del conocimiento intelectual más noble, elevado y eficaz: la
sabiduría, donde se aúnan las más altas cimas de la
contemplación y la atención delicada y operativa a las menudas
irisaciones de la vida vivida a diario). Y, en otro lugar,
recogiendo ideas de Juan Pablo II, el propio Cardona recuerda
que «los hombres todos —tanto varones como mujeres— hemos sido
‘confiados por Dios a la mujer’: y no principalmente en
el orden biológico, sino fundamentalmente en el psíquico y en
el espiritual.»
El genio de la mujer
¿Sería muy
difícil
extraer las conclusiones pertinentes para el enriquecimiento de la
familia
y la personalización del mundo y, más en concreto, de
los medios de comunicación? Se pueden entrever a través de las
sugerentes afirmaciones de un texto de Jutta Burggraf. Acudiendo a
una expresión acuñada por Juan Pablo II, explica la autora
que el “genio de la mujer” «constituye una determinada actitud
básica que corresponde a la estructura física de la mujer
y se ve fomentado por esta. En efecto, no parece
descabellado suponer que la intensa relación que la mujer guarda
con la vida pueda generar en ella unas disposiciones particulares.
Así como durante el embarazo la mujer experimenta una cercanía
única hacia un nuevo ser humano, así también su naturaleza
favorece el encuentro interpersonal con quienes la rodean. El “genio
de la mujer” se puede traducir en una delicada sensibilidad
frente a las necesidades y requerimientos de los demás, en
la capacidad de darse cuenta de sus posibles conflictos interiores
y de comprenderlos. Se la puede identificar, cuidadosamente, con una
especial capacidad de mostrar el amor de un modo concreto.
Consiste en el talento de descubrir a cada uno dentro
de la masa, en medio del ajetreo del trabajo profesional;
de no olvidar que las personas son más importantes que
las cosas. Significa romper el anonimato, escuchar a los demás,
tomar en serio sus preocupaciones, mostrarse solidaria y buscar caminos
con ellos.»
3. La tarea Feminizar el universo
Afirmaciones que, lejos de
cualquier atisbo de enfrentamiento entre lo masculino y lo femenino,
llamados a complementarse dinámica y creativamente —como he esbozado y
espero desarrollar en otra ocasión—, nos devuelven en directo a
la persona y la exigencia de personalizar el universo humano,
que es también devolverle su mordiente ético. Pero asimismo nos
informan de que para lograrlo resulta imprescindible que todos aquellos
valores que podríamos calificar «como propios de lo femenino —lo
que el psicólogo suizo C. J. Jung llamaba el anima,
el cuidado, la atención diligente por los demás— no los
consideremos en modo alguno privativos ni exclusivos de la mujer
(aunque en ella hayan podido tener una mayor presencia por
razones históricas), sino que los advirtamos como igualmente
indispensables en
el varón, para evitar que este sea simplemente un energúmeno,
tan solo preocupado por el poder y la competencia.» Lo
que se impone, pues, es un trasvase. Una transfusión que
ya se está llevando a término en el seno de
muchísimas familias y en otros ámbitos de la sociedad. Pero
recuerden lo que acabo de evocar: que el ser humano
—varón y mujer— ha sido confiado al cuidado de esta
última. De ahí surge, comenzando por el ámbito del matrimonio,
el reto primordial, la exigencia más apremiante y de más
calibre de lo que vengo calificando como revolución pacífica que
instaurará en nuestro mundo una auténtica civilización el amor. Es
esta la tarea que la mujer no puede aplazar y
en la que los medios de comunicación «feminizados» desempeñarían un
papel de primer orden, también como elementos de difusión y
de propuesta anticipadora. Se trata de devolver la vida
auténticamente
humana, personal, cálida, jugosamente perspicaz, al conjunto de la
familia
y, a través de ella, y también directamente, a todo
el universo. Porque, como recuerda de nuevo Pemán en clave
un tanto humorística y sin ningún afán de lastimar, «el
varón puede hacer sin la mujer todo —arte, ciencia, guerra,
política—, todo menos un pequeño detalle: vivir…» En resumen: con
toda probabilidad, la quintaesencia de lo femenino pueda definirse como
una cercanía connatural con cada persona y con la importancia
de cada detalle de cada vida personal; categoría que nunca
podría ser exagerada porque deriva justamente de la condición personal
del sujeto de esos atributos. Dos caminos no excluyentes
¿Cómo ejercer esa
función? En lo que me concierne, contemplo la incidencia de
la mujer en el mundo encauzada a través de dos
vías complementarias:
1. Mediante su acción directa en las
instituciones
sociales y en las personas que las integran, y muy
en particular en todos aquellos ámbitos que permitan comunicar de
manera íntima y universal la grandeza de cualquier persona: su
carácter eminentemente personal.
2. Y en virtud del influjo,
tremendamente
efectivo, que ejercen en el hogar.
Mujeres-mujeres
En medio de los vaivenes
y las turbulencias de los últimos años en relación con
estos temas, siempre han existido quienes han logrado mantener un
sereno y lúcido equilibrio. Fueron muy conscientes, como apuntaba, de
que la mujer era del todo imprescindible para humanizar el
mundo en que nos movemos y, al mismo tiempo, de
que esa elevación y saneamiento irrenunciables solo podría ejercerla
—como
he repetido y ahora pretendo subrayar— si no hacía dejación
de su feminidad. En este sentido, no puedo dejar de
recordar, con las palabras directas y certeras de una de
las personas que más ha influido en mi vida y
en mis ideas a este respecto , que el desarrollo,
la madurez, la mayoría de edad, la emancipación de la
mujer y cuanto quiera añadirse en la misma línea —acertadísimo
e indispensable—, nunca deberían convertirse en una anhelo de igualdad
igualitaria o de uniformidad con el varón: en una burda
imitación de la manera masculino-machista de comportarse. Y la razón,
tras
lo que he apuntado, no puede ser más neta. Semejante
«avance» de ningún modo podría considerarse un logro, sino más
bien una pérdida para la mujer… y, lo que en
cierto modo es aún más doloroso, para el conjunto de
la humanidad. Y eso, no porque la mujer sea más
o menos que el varón —¿no dije que semejantes comparaciones
están fuera de lugar cuando se trata de personas?—, sino
porque es distinta y solo podrá cumplir en ella lo
humano siendo hasta el fondo lo que por naturaleza está
llamada a ser: mujer-mujer, en el grandioso sentido que procuro
otorgar siempre a esta expresión. Como vengo diciendo, solo la mujer
puede aportar a la familia, al lugar de trabajo, al
conjunto de la sociedad civil, ¡a los medios de comunicación,
en particular!, lo que le pertenece nativamente y, no obstante,
está llamado a ser patrimonio de todos: su delicada ternura,
su generosidad sin límites, su amorosa y perspicaz atención a
lo concreto, su creatividad y agudeza de ingenio, su intuición
clarividente, su piedad profunda y sencilla, su tenacidad… Ninguna mujer
lo será en plenitud hasta que advierta la hermosura —para
nada alienante en un universo previamente feminizado, preñado de amor—
de su aportación insustituible… y haga de todo ello vida
de su propia vida. En semejante sentido, Janne Haaland Matláry, que
ha desempeñado cargos políticos de primer rango en el Gobierno
noruego, escribe: «La colaboración femenina siempre es diferente, su
atención
a los demás también es distinta. Ellas tienen una inclinación
natural hacia las relaciones interpersonales y hacia los otros seres
humanos que muy pocos hombres tienen; y siempre serán las
que se ocupen de esas “políticas menores” [es decir, las
auténticamente relevantes, decisivas] que son las de la familia y
los asuntos sociales por haber tenido la experiencia previa de
la maternidad; o serán también las que se ocupen del
cuidado de otras personas o de sacar adelante una casa,
tal y como hace la mayoría de las mujeres.»
Y añade, para aclarar hasta qué extremo todo ello se
encuentra ligado con lo que he resaltado en cursiva (es
decir, con la experiencia de la maternidad, que no necesariamente
consiste ni «pasa» por la maternidad biológica): «… hoy las
mujeres tienen necesidad de reafirmar la importancia de la maternidad,
tanto en sus propias vidas como en el conjunto de
la sociedad. Deben asimismo plantear reivindicaciones en otros ámbitos
—en
la actividad profesional y en la política— para que sea
posible y compatible ser madre y trabajar fuera de casa.
Y esto debería hacerse extensivo a los padres. Pero la
cuestión esencial no es solo de orden práctico sino también
antropológico: las mujeres nunca se sentirán felices si no toman
conciencia de hasta qué punto la maternidad define el ser
femenino, tanto en el plano físico como el espiritual, y
expresan esta realidad con la reivindicación del reconocimiento social. Ser
madre es mucho más que la intensa y vivida experiencia
de dar a luz y criar a un hijo: es
la clave para una toma de conciencia existencial de quienes
somos.» También lo expresa, con la fuerza y el vigor
que la caracterizan, Marta Brancatisano: «Desempeñar nuevas profesiones
(desde ministro
a astronauta, pasando por todo el género de tareas inventadas
por la sociedad multifuncional) ha sido un simple juego para
quien poseía la clave de todas ellas inscrita en su
código sexual. Enumero algunas a título de ejemplo: el conocimiento
del ser humano, que le permite gobernarse a sí misma
y relacionarse con los demás con la apertura y la
serenidad que se experimentan ante lo que nos resulta conocido
y amado; la flexibilidad para pasar de una tarea a
otra —que deriva de su habitual competencia para afrontar las
imprevisibles necesidades cotidianas; la amplitud de intereses y la
versatilidad
de ingenio, fruto de la pluriforme preparación imprescindible para hacer
vivir un hogar (economía, ingeniería, arquitectura, derecho privado e
internacional,
medicina, dietética, arte, estética, literatura, psicología, pedagogía e
incluso moral
y teología); su inimitable sentido de la realidad y del
valor del tiempo, resultado del carácter impelente y de urgencia
propios del trabajo del hogar, que, por estar directa y
ordinariamente unido a la supervivencia del ser humano, no admite
incumplimientos, retrasos ni tramposas simulaciones.» Con los mismos
derechos y
oportunidades Personalmente, tengo la férrea convicción,
difícilmente inamovible, de que las
mujeres se encuentran destinadas a vivificar desde dentro todas las
profesiones dignas —y, muy en concreto, los medios de comunicación—,
en absoluta paridad con los varones: con las mismas perspectivas,
posibilidades y oportunidades, y con idéntica formación humana,
profesional, etc. Más
todavía, siguiendo de nuevo sugerencias de Brancatisano, afirmo con toda
sinceridad que la mujer se encuentra mucho más preparada que
el varón para desempeñar la mayor parte de ellas… y
que en parte por este motivo los varones tendemos a
discriminarlas e impedir que desplieguen su inigualable potencia. Pero
este reconocimiento no me inclina a «sacarlas» del hogar, como
tampoco lo pretendo de los varones. Muy al contrario, aspiro
a conservarlas o devolverlas (¡a ellas!) y, sobre todo, a
introducirlos (¡a ellos!) en lo más íntimo y configurador del
núcleo familiar. Pues, si algo he pretendido dejar claro desde
que, hace ya veinte años largos, dedico mi atención primordial
a estos asuntos, es la absoluta necesidad que tiene de
la familia todo ser humano, varón o mujer. Y es
que la familia constituye el ámbito imprescindible del pleno desarrollo
tanto del varón como de la mujer, así como la
condición de posibilidad para personalizar los restantes dominios en que
se desenvuelve la existencia humana y, si me apuran, muy
particularmente los medios de comunicación, proclives con frecuencia
—aun cuando
no debe ni tiene por qué ser así— a deshumanizar
y trivializar lo más grandiosamente humano; y entre todo ello,
el amor y, más en concreto, el amor entre varón
y mujer.
Una falsa oposición
Ejercicio
profesional fuera de casa y
quehacer también profesional dentro de ella son dos esferas que
de ningún modo deberían enfrentarse ni, por consiguiente —en contra
de lo que hoy está tan de moda—, tienen necesidad
de ser conciliadas. Pues tanto una tarea como otra son,
en el fondo —y es oportuno llegar hasta el fondo,
al menos de vez en cuando—, ejercicio del amor, de
la búsqueda sincera del bien para los demás. Repito, por
eso, trayendo de nuevo a la mente recuerdos imborrables de
mi juventud, que el hogar y la familia han de
ocupar un puesto central en la vida de la mujer…
como también en la del varón, por una razón poderosísima
que, día a día, voy advirtiendo con mayor claridad: que
la dedicación a los menesteres familiares —en el sentido más
amplio y noble de estos términos— componen sin duda el
más grande quehacer que cualquier ser humano puede realizar en
la tierra . A estas alturas, ¿podría alguien imaginar que ese
ejercicio sublime elimine por principio y de por vida la
posibilidad de ocuparse en otras labores profesionales?; o, yendo más
el fondo, ¿que la atención prioritaria a las inigualables exigencias
de la familia impidan atender a cualquiera de los oficios
que conforman la urdimbre de la sociedad contemporánea…? ¿No será más
bien la actividad desplegada en el seno de la familia
la condición de posibilidad —masculina y femenina— de desempeñar
cualquier
otro quehacer, incluida la profesión, con eficacia propiamente humana?
¿No
habría que hablar de sinergia, en lugar de conciliación? Por eso,
el empeño por oponer los ámbitos de la familia y
del trabajo profesional, y por abandonar el primero, ha conducido
a un error más grave que el que se trataba
de corregir: pues nadie puede «personalizar» a las personas —varones
y mujeres— sino con la fuerza ganada día a día
en el seno del propio hogar . Dignidad suma del trabajo
en el hogar La gravedad de ese abandono por parte de
la mujer me parece muy clara, igual que me lo
parece, por razones muy similares, aunque no del todo idénticas,
la ya multisecular y aún no corregida deserción del varón.
Y es que, como acabo de sugerir, sin la presencia
de una tan discreta como eficaz mano femenina resulta bastante
arduo lograr el ambiente de familia en que deben desenvolverse
y crecer personalmente la gran mayoría de los seres humanos.
Espero que nadie me malinterprete. No intento pasar de contrabando
una especie de coartada para que los varones se desentiendan
de contribuir —en primera persona, por derecho-deber propio, y no
como función subsidiaria— a la edificación de auténticas familias, en
todos los sentidos de este vocablo. Más bien pretendo subrayar
la grandeza de quienes —en su mayoría, mujeres—, renunciando a
veces a éxitos más fácilmente alcanzables en otros ámbitos, dedican
sus energías y su competencia a levantar y gestionar, con
auténtico sentido profesional repleto de calidez e inteligencia, los
hogares
propios o los de otras personas, que se amparan en
su buen hacer. Se trata, pues, de un sendero que asegura,
y de una manera insoslayable, la presencia femenina en el
mundo. Hoy son muchos los que apuntan que el estado
de «masculinización» de la mujer provocado por cierto feminismo mal
entendido ha hecho de nuestro entorno vital un paraje todavía
más inhóspito que en tiempos pretéritos. Se trata de una
atmósfera densa, dura, hostil, irrespirable, masculinizada en exceso…:
en fin
de cuentas, «machista». Y hay que buscarle solución, pero una
solución
adecuada.
¿Solución?: la mujer
Sin duda, la mujer
ha sufrido durante
siglos una clara discriminación, modulada de maneras y con intensidades
distintas en las diversas esferas, que pedía y sigue pidiendo
a gritos ser subsanada… ¡y hasta sus últimas consecuencias! Pero
cuando el «remedio» ha consistido en adoptar en la actividad
pública los modos de obrar propios del varón, y cuando
a eso se ha unido la defección del hogar por
parte de bastantes mujeres, el saldo ha sido —como ya
he dicho y contra todos los propósitos y previsiones— un
recrudecimiento de lo que podrían calificarse como «vicios» típicamente
masculinos…
ni contrapesados ni dulcificados por la presencia efectivamente femenina
de
la mujer. Cuestión todavía más peliaguda por cuanto, en
determinados momentos y lugares, esta ha dejado de ejercer también
el influjo que durante siglos irradiaba desde el seno de
su casa… ¡y que asimismo debería y debe irradiar el
varón, con sus características particulares! Todo lo anterior, con
palabras de
Mercedes Eguíbar que no dudo en hacer mías, conduce a
afirmar sin paliativos, guste o no —¡y a mí me
gusta!—, «… la primacía femenina en el orden del mundo.
Mientras permanece como guardiana de lo particular e íntimo, no
sucede nada. Cuando desea realizarse [de manera exclusiva] en cualquier
profesión, aparecen los inconvenientes. Y al mismo tiempo, cuando no
se encuentra en el quehacer externo se advierte su ausencia,
reina la agresividad y la paz es un ente que
no se sabe cómo llegar a poseer.» O, desde la
perspectiva complementaria: «Al ausentarse del hogar para trabajar
[exclusivamente] en
otra profesión fuera de su casa, [la mujer] ha contribuido,
sin desearlo, a crear un vacío que nadie ha ocupado
y que origina una fuerte inestabilidad en la familia. El
hogar queda huérfano y el matrimonio se debilita. Y al
decidirse a no tener hijos, porque no tiene tiempo, invierte
la pirámide: el mundo necesita ciudadanos jóvenes y se encuentra
con un crecimiento desmesurado de personas mayores.»
¿En su
mayoría
mujeres?
«Al ausentarse del hogar…» Precisamente porque
se trata de una cuestión
muy delicada, no hago sino rozar este extremo. Y lo
realizo trayendo a colación las convicciones de un sociólogo italiano,
Alberoni, cuya obra lo libera por completo de cualquier acusación
de machismo… y de adhesión a credo alguno que no
sean los datos que aportan sus investigaciones. No obstante,
sostiene, con
acentos en parte un tanto superados: «Para una mujer enamorada
construir
y decorar la casa es un acto de amor. Muy
a menudo es ella la que elige los distintos muebles
y todos los innumerables objetos que necesitarán en su vida
futura. Los elige de modo que la casa le guste
a su marido, para que él se encuentre a gusto
en ella, para que se sienta bien en todo momento
de su vida. En su mente ya ve dónde estarán
sentados para ver juntos la televisión. Imagina la habitación con
el mantel bordado donde recibirán a los amigos, cuál será
el sitio del marido, cuál el suyo. Y luego el
dormitorio, con las sábanas floreadas como los campos de primavera,
las preciosas colchas, las cálidas mantas y los edredones para
el gran frío. Y el cuarto para los niños que
vendrán, del que ya imagina los empapelados de colores, la
suave moqueta para que no se hagan daño. Luego el
baño en el que se recorta un poco de espacio
para sí, para maquillarse, para estar hermosa. Y el espacio
para él, para la navaja de afeitar y su loción
para después del afeitado. Luego hay ambientes, como la cocina,
en los que deberá trabajar sobre todo ella, cómoda, espaciosa
con todo lo que piensa que le podrá prestar servicio.
Y pensará en las comidas que podrá cocinar. Si luego
el marido tiene una actividad intelectual, hará de modo que
tenga su estudio, mientras que, si es un deportista, encontrará
espacios en el guardarropa o en armarios especiales para sus
objetos. Al decorar la casa la mujer expresa su visión del
mundo, su ideal de vida privada y el tipo de
relaciones sociales que quiere instaurar. Pero sobre todo despliega su
cuerpo. Cada objeto es una parte de sí misma. Su
piel termina con el empapelado de las paredes, con las
cortinas. Por esto es ella la que, normalmente, se cuida
de la casa, de su mantenimiento. Lo hace como si
fuera su cuerpo. Por esto no quiere que entren extraños
si no está en orden, presentable. Como no se mostraría
ante extraños en chancletas, despeinada. Y como perfuma su cuerpo
para sí, para el marido, así tiene horror de los
malos olores que puedan impregnar las cortinas, los divanes o
la cocina. Y vigila que no los haya. Vigila sobre
la suciedad. Teme a los malos olores y a la
suciedad como si fueran enfermedades infecciosas. Por eso se pone
de mal humor si la limpieza hecha por la asistenta
es superficial, si le cambia los objetos de lugar, si
estropea un tapiz o rompe algo a lo que ella
atribuye un significado simbólico particular. Siente el gesto
indiferente, despreciativo
de la otra mujer como una ofensa personal que le
cuesta olvidar. Como no olvida a un huésped torpe que
le ensucia la alfombra. Cada acto que afea su casa
lo vive como una violencia personal. Si en la casa
entran ladrones lo vive como una violación, una profanación. Muchas
mujeres, después de un robo, ya no quieren vivir en
aquellos ambientes, los desinfectan, cambian la decoración. Para la
mujer la
construcción y la gestión de la casa es también una
forma de erotismo. Porque comunica su amor no solo cambiando
de peinado, el maquillaje de los ojos o poniéndose una
blusa recién planchada, sino también haciendo la cama con sábanas
nuevas, poniendo flores frescas o esparciendo esencias perfumadas por la
casa. O bien preparando un plato que agrada a su
marido. A menudo el hombre no comprende el refinado trabajo que
la mujer lleva a cabo para hacer la casa armoniosa
y acogedora. No comprende que esa es una obra de
arte continuamente renovada, y que compromete su mente y su
corazón. Y si entra en la casa distraído, si tira
su ropa sucia por ahí, ella lo percibe como desinterés
hacia su persona, como desprecio de su trabajo creativo, y
se queda amargada y ofendida.» Matizaría algún punto, pero estoy
sustancialmente de acuerdo; y no pienso que todo sea fruto
del influjo de la cultura.
4. «Pasando por» la familia Mujer-familia-mundo
Como ya
apunté, soy partidario convencido y firmísimo de la necesidad de
que la mujer aporte aquella riqueza de virtudes, enfoques y
claridades que le pertenecen en exclusiva, actuando directamente en
todas
las esferas de la actividad humana: en todas. Y es
que, gracias a las dotes naturales que le son propias,
puede enriquecer enormemente el conjunto de la vida civil, pero
muy particularmente las esferas que más afectan al desarrollo o
la contrahechura de la persona en cuanto tal: la legislación
familiar o educativa, el creciente ámbito de las relaciones humanas
y, muy en concreto, cuanto se relaciona con la comunicación
hondamente concebida. Con otras palabras, y como los hechos
demuestran,
solo la presencia activo-femenina de la mujer puede asegurarnos que
se respetarán los valores genuinos de la persona a la
hora de tomar aquellas medidas que incidan con mayor vigor
en la vida de las familias, en la constitución de
un ambiente realmente educativo y, con todo ello, en el
porvenir de la juventud y de la humanidad. Todo lo anterior,
como decía, es una persuasión firmemente arraigada en mi entendimiento
y en mi labor cotidiana. Pero también tengo muy claro
que la función femenina en la vida pública, ¡como la
de los varones!, solo será eficaz en la medida en
que cada mujer forje y refuerce su personalidad en el
seno de una familia, donde asimismo ha de reponer día
a día las energías gastadas. Con el añadido de que
en el hogar la mujer ejerce muy particularmente ese papel
de motor y estímulo que hasta ahora he atribuido casi
indistintamente a los dos cónyuges: de ahí mi convicción —fraguada
tanto en los estudios como en la vida vivida— de
que la buena marcha de una familia depende, al término
y decisivamente, de la calidad y entrega de las mujeres
que de ella forman parte. Soltera o casada, según las
circunstancias, pero siempre miembro eminente de un hogar, es la
mujer, en fin de cuentas, la clave y el arranque
de la alentadora humanidad que cada ser humano está destinado
a transmitir a los otros. Y a los varones nos corresponde
hoy día, en contra de lo que habitualmente se afirma
y con frecuencia se vive, hacer posible y amable el
pleno desarrollo de la mujer… para con ello impulsar el
progreso genuinamente humano de la sociedad en su conjunto, sin
discriminaciones. ¡Una función en cierto modo secundaria… de la que
me siento plenamente orgulloso y satisfecho y que lucho denodadamente
por cumplir lo mejor que sé! En todo el mundo
a través del hogar Por eso, sin disminuir para nada la
urgencia de personalizar el universo, «feminizándolo» mediante la
presencia inmediata
de la mujer en el conjunto íntegro de las tareas
que en él desempeñen, concuerdo muy a gusto con lo
que, en su momento, expresara Wilhelm Riehl: «Es la mujer
quien vivifica las costumbres de la casa, infundiendo un hálito
vital a la soledad del hogar. La norma especial doméstica
y el carácter individual de la casa está casi siempre
determinado por la mujer». Y me adhiero aún más cordialmente
a esta afirmación de Jókal, hoy tan tristemente olvidada: «El
hogar no es humillante: puede ser un trono, desde el
que una mujer gobierna el mundo»… con el apoyo, tan
imprescindible como simplemente auxiliar, del varón. Y a esta otra de
von Leixener: «Una mujer que vive fiel y feliz dedicada
a su propio hogar teje hilos de oro en el
destino de sus hijos.» (Puedo afirmar todo lo anterior también porque
mi propia mujer, desde antes de casarnos, aspira a dedicar
todas sus energías al cuidado de quienes componemos su familia.
El hecho de que «las aritméticas: las entradas y las
salidas» lo hayan impedido hasta el momento, no resta ningún
valor a la agudeza y perspicacia que supone el percibir
que la atención directa a las personas constituye un trabajo
—en el sentido más elevado de este término— que acoge
con mayor facilidad que ningún otro la única y decisiva
razón de su grandeza: el amor, mediante el que se
procura el bien para los demás). Son bastantes los que
advirtieron desde hace lustros la tremenda y eficaz influencia que,
como esposa y madre y «creadora de familia», la mujer
estaba llamada a ejercer desde el interior de su hogar.
Junto con algunos de ellos, y apuntando de nuevo a
la esencia de todo el asunto —al amor—, me atrevo
a preguntar, ya para ir terminando: «Pero, vamos a ver:
¿qué es la proyección social sino darse a los demás,
con sentido de entrega y de servicio, y contribuir eficazmente
al bien de todos?» A lo que también yo respondo,
como fruto de muchos años de reflexión y del cariño
y la admiración casi ilimitados que tengo a mi propia
esposa: «La función de la mujer en su casa no
solo es en sí misma una función social, sino que
puede ser fácilmente la función social de mayor proyección.» Y
ejemplifico: «Imaginad que esa familia sea numerosa: entonces la labor
de la madre es comparable —y en muchos casos sale
ganando en la comparación— a la de los educadores y
formadores profesionales. Un profesor consigue, a lo largo quizá de
toda una vida, formar más o menos bien a unos
cuantos chicos o chicas. Una madre puede formar a sus
hijos en profundidad, en los aspectos más básicos, y puede
hacer de ellos, a su vez, otros formadores, de modo
que se cree una cadena ininterrumpida de responsabilidad y de
virtudes.» Para ya concluir del todo: «También en estos temas es
fácil dejarse seducir por criterios meramente cuantitativos, y pensar:
es
preferible el trabajo de un profesor, que ve pasar por
sus clases a miles de personas, o de un escritor,
que se dirige a miles de lectores. Bien, pero ¿a
cuántos forman realmente ese profesor y ese escritor? Una madre
tiene a su cuidado tres, cinco, diez o más hijos;
y puede hacer de ellos una verdadera obra de arte,
una maravilla de educación, de equilibrio, de comprensión, de sentido
cristiano de la vida, de modo que sean felices y
lleguen a ser realmente útiles a los demás» … que
es, en definitiva, lo único que cuenta.
Tomás
Melendo Catedrático de
Filosofía (Metafísica) Director de los Estudios Universitarios en
Ciencias para la
Familia Universidad de Málaga Comentarios al autor: tmelendo@masterenfamilias.com http://www.edufamilia.com/
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