domingo, 02 de mayo de 2010

Fuente: (En “Estar” Selección: José Alfredo Elía)





Javier sólo tenía siete años. Estaba preocupado por su mamá, una buena mujer que pasaba en cama los últimos día de su embarazo. ¿Que podría hacer por ella, por darle una alegría?
     Recordó que su padre, en ocasiones semejantes, llevaba a mamá una flor a la habitación. No lo pensó mucho; fue a su cuarto y abrió la hucha de los ahorros. Sacó una moneda, y con ella en la mano se encaminó a la floristería. Una vez allí, solicito un ramo de flores. El dueño. Que conocía al niño y a su familia, le mostró una flor roja, bonita, pero corriente. Javier no se dio por satisfecho y, señalando un ramo de flores escogidas, dijo:
--- Quiero aquéllas. Son para mamá, que está enferma.
El dueño del establecimiento le advirtió: Aquéllas flores son muy caras: ¿Tienes dinero suficiente?
--- Y el chico: Sí. Lo he cogido de la hucha. Seguro que llega.
     El de la tienda sacó con cuidado un ramo de las flores escogidas, lo envolvió en papel de plata y se lo entregó. Javier puso con satisfacción un euro en el mostrador y se fue…con un ramo de flores de veinte euros.
     Un cliente, conmovido, se ofreció a pagar el ramo.
--- Deje que pague yo. ¿Sabe? Me gustaría conocer a la familia de esa criatura, que es capaz de inspirarle unos sentimientos tan magníficos.
--- De ningún modo. Así está bien.
     Cuando el padre del chaval regresó del trabajo y vio las flores en el cuarto de su mujer, fue inmediatamente a pagarlas, pero el dueño de la tienda se negó:
--- Ni hablar. ¿Sabes?, nunca en mi vida he vendido unas flores tan a gusto.


Publicado por edelweiss306 @ 6:57
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