I.
Desde el Antiguo Testamento, nos muestra la Sagrada Escritura cómo Dios
se vale frecuentemente de hombres llenos de fortaleza y de caridad para
advertir a otros de su alejamiento del camino que conduce al Señor. El
Libro de Samuel nos presenta al profeta Natán, enviado por Dios al rey
David [1] para que le hable de los pecados gravísimos que había
cometido. A pesar de la evidencia de esos pecados tan graves (adulterio
con la mujer de su fiel servidor y el procurar la muerte de éste) y de
ser el rey un buen conocedor de la Ley, «el deseo se había apoderado de
todos sus pensamientos y su alma estaba completamente aletargada, como
por un sopor. Necesitó de la luz del profeta, que con sus palabras le
hiciera caer en la cuenta de lo que había hecho» [2]. En aquellas
semanas, David vivía con la conciencia adormecida por el pecado. Natán, para hacerle caer en la cuenta de la gravedad de su delito,
le expone una parábola: Había dos hombres en un pueblo: uno rico y pobre
el otro. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y de bueyes; el pobre
sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella
crecía con él y sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso,
durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del
rico; y, no queriendo perder una oveja o un buey para invitar a su
huésped, cogió la cordera del pobre y convidó a su huésped. David se
puso furioso contra aquel hombre y dijo a Natán: ¡Vive Dios que el que
ha hecho eso es reo de muerte!
Natán respondió entonces al rey: ese hombre eres tú. Y David recapacitó
sobre sus pecados, se arrepintió y expresó su dolor en un Salmo que la
Iglesia nos propone como modelo de contrición. Comienza así: Apiádate de
mí, ¡oh Dios!, según tu piedad; según la muchedumbre de tu
misericordia, borra mi iniquidad... [3]. David hizo penitencia y fue
grato a Dios. Todo, gracias a una corrección fraterna, a una
advertencia, oportuna y llena de fortaleza, como fue la de Natán.
Uno de los mayores bienes que podemos prestar a quienes más queremos, y a
todos, es la ayuda, en ocasiones heroica, de la corrección fraterna. En
la convivencia diaria podemos observar que nuestros parientes, amigos o
conocidos -como nosotros mismos- pueden llegar a formar hábitos que
desdicen de un buen cristiano y que les separan de Dios (faltas
habituales de laboriosidad, chapuzas, impuntualidades, modos de hablar
que rozan la murmuración o la difamación, brusquedades, impaciencias ...
). Pueden ser también faltas contra la justicia en las relaciones
laborales, faltas de ejemplaridad en el modo de vivir la sobriedad o la
templanza (gastos ostentosos, faltas de gula o de ebriedad, dilapidación
de dinero en el juego o loterías), relaciones que ponen en situación
arriesgada la fidelidad conyugal o la castidad... Es fácil comprender
que una corrección fraterna a tiempo, oportuna, llena de caridad y de
comprensión, a solas con el interesado, puede evitar muchos males: un
escándalo, el daño a la familia difícilmente reparable ... ; o,
sencillamente, puede ser un eficaz estímulo para que alguno corrija sus
defectos o se acerque más a Dios.
Esta ayuda espiritual nace de la caridad, y es una de las principales
manifestaciones de esta virtud. En ocasiones, es también una exigencia
de la justicia, cuando existen especiales obligaciones de prestar ayuda a
la persona que debe ser corregida. Con frecuencia debemos pensar en
cómo ayudamos a los que están más cerca. «¿Por qué no te decides a hacer
una corrección fraterna? -Se sufre al recibirla, porque cuesta
humillarse, por lo menos al principio. Pero, hacerla, cuesta siempre.
Bien lo saben todos.
»El ejercicio de la corrección fraterna es la mejor manera de ayudar,
después de la oración y del buen ejemplo» [4]. ¿La practicamos con
frecuencia? ¿Es nuestro amor a los demás un amor con obras?
II.
La corrección fraterna tiene entraña evangélica;
los primeros cristianos la llevaban a cabo frecuentemente, tal como
había establecido el Señor -Ve -y corrígele a solas [5]-, y ocupaba en
sus vidas un lugar muy importante [6]; sabían bien de su eficacia. San
Pablo escribe a los fieles de Tesalónica: si alguno no obedece a lo que
decimos en esta carta... no le miréis como enemigo, sino corregidle como
a hermano [7]. En la Epístola a los Gálatas dice el Apóstol que esta
corrección ha de hacerse con espíritu de mansedumbre [8]. Del mismo
modo, el Apóstol Santiago alienta también a los primeros cristianos,
recordándoles la recompensa que el Señor les dará: si alguno de vosotros
se desvía de la verdad y otro hace que vuelva a ella, debe saber que
quien hace que el pecador se convierta de su extravío, salvará su alma
de la muerte y cubrirá la muchedumbre de sus propios pecados [9]. No es
pequeña recompensa. No podemos excusarnos y repetir otra vez aquellas
palabras de Caín: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? [10].
Entre las excusas que pueden instalarse en nuestro ánimo para no hacer o
para retrasar la corrección fraterna está el miedo a entristecer a
quien hemos de hacer esa advertencia. Resulta paradójico que el médico
no deje de decir al paciente que, si quiere curar, debe sufrir una
dolorosa operación, y sin embargo los cristianos tengamos a veces
reparos en decir a quienes nos rodean que está en juego la salud,
¡cuánto más valiosa!, de su alma. «Por desgracia, es grande el número de
los que, por no desagradar o por no impresionar a alguien que está
viviendo sus últimos días y los últimos momentos de su existencia
terrena, le callan su estado real, haciéndole así un mal de
incalculables dimensiones. Pero todavía es más elevado el número de los
que ven a sus amigos en el error o en el pecado, o a punto de caer en
uno o en otro, y permanecen mudos, y no mueven un dedo para evitarles
estos males. ¿Concederíamos, a quienes de tal modo se portasen con
nosotros, el título de amigos? Ciertamente, no. Y, sin embargo, suelen
hacerlo para no desagradarnos» [11].
Con la práctica de la corrección fraterna se cumple verdaderamente lo
que nos dice la Sagrada Escritura: el hermano ayudado por su hermano, es
como una ciudad amurallada [12]. Nada ni nadie puede vencer contra la
caridad bien vivida. Con esta muestra de amor cristiano no sólo mejoran
las personas, sino también la misma sociedad. A la vez, se evitan
críticas y murmuraciones que quitan la paz del alma y enturbian las
relaciones entre los hombres. La amistad, si es verdadera, se hace más
profunda y auténtica con la corrección sincera. La amistad con Cristo
crece también cuando ayudamos a un amigo, a un familiar, a un colega,
con ese remedio eficaz que es la corrección amable, pero clara y
valiente.
III.
Al hacer la corrección fraterna se han de vivir
una serie de virtudes, sin las cuales no sería una verdadera
manifestación de caridad. «Cuando hayas de corregir, hazlo con caridad,
en el momento oportuno, sin humillar.... y con ánimo de aprender y de
mejorar tú mismo en lo que corrijas» [13]. Como Cristo la practicaría si
estuviera ocupando nuestro lugar, con la misma delicadeza, con la misma
fortaleza.
A veces, una cierta animosidad y falta de paz interior nos puede llevar a
ver, en otros, defectos que en realidad son nuestros. «Debemos
corregir, pues, por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la
cariñosa intención de lograr su enmienda (... ). ¿Por qué le corriges?
¿Porque te apena haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo
haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras
bien» [14].
La humildad nos enseña, quizá más que cualquier otra virtud, a encontrar
las palabras justas y el modo que no ofende, al recordarnos que también
nosotros necesitamos muchas ayudas parecidas. La prudencia nos lleva a
hacer la advertencia con prontitud y en el momento más oportuno; nos es
necesaria esta virtud para tener en cuenta el modo de ser de la persona y
las circunstancias por las que pasa, «como los buenos médicos, que no
curan de un solo modo» [15], no dan la misma receta a todos los
pacientes.
Después de avisar a alguien con la corrección, si parece que no
reacciona, es preciso ayudarle todavía un poco más con el ejemplo, con
la oración y mortificación por él, con una mayor comprensión.
Por nuestra parte, hemos de recibirla con humildad y silencio, sin
excusarnos, conociendo la mano del Señor en ese buen amigo, que al menos
lo es desde aquel momento; con un sentimiento de viva gratitud, porque
alguien se interesa de verdad por nosotros; con la alegría de pensar que
no estamos solos para enderezar nuestros caminos, que deben conducir
siempre al Señor. «Después que hayas recibido con muestras de alegría y
de reconocimiento sus advertencias, imponte como un deber el seguirlas,
no sólo por el beneficio que reporta el corregirse, sino también para
hacerle ver que no han sido vanos sus desvelos y que tienes en mucho su
benevolencia. El soberbio, aunque se corrija, no quiere aparentar que ha
seguido los consejos que le han dado, antes bien los desprecia; quien
es verdaderamente humilde tiene a honra someterse a todos por amor a
Dios, y observa los sabios consejos que recibe como venidos de Dios
mismo, cualquiera que sea el instrumento de que Él se haya servido»
[16].
Acudamos, al terminar nuestra oración, a la Santísima Virgen, Mater boni
consilii, para que nos ayude a vivir siempre que sea necesaria esta
muestra de caridad fraterna, de amistad verdadera, de aprecio sincero
por aquellos con quienes nos relacionamos más frecuentemente.
[1] Cfr. 1 Sam 12, 1-17.
[2] SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre San Mateo, 60, 1.
[3] Sal 50.
[4] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja, n. 641.
[5] Cfr. Mt 18, 15.
[6] Cfr. Doctrina de los Apóstoles, 15, 13.
[7] 2 Tes 3, 14-15.
[8] Gal 6, 1.
[9] Sant 5, 19-20.
[10] Gen 4, 9.
[11] S. CANALS, Ascética meditada, p. 170.
[12] Prov 18, 19.
[13] J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Forja n. 455.
[14] SAN AGUSTÍN, Sermón, 82.
[15] SAN JUAN CRISÓSTOMO, o. c., 29.
[16] J. PECCI -LEÓN XIII-, Práctica de la humildad, 41.
Meditación extraída de la serie "Hablar con Dios", Tomo III, Sábado de
la 3ª Semana del Tiempo Ordinario por Francisco Fernández Carvajal.
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