Por el académico Dr. Hugo O. M. Obiglio
Deseo antes de comenzar este
breve relato agradecerles la generosa oportunidad de poder llevarlo a
cabo. No puedo dejar de pensar que el tema no entusiasma a ningún
auditorio, así como la verdad a veces se ausenta en el discurso del
político. La sociedad norteamericana cambió el contenido de la palabra
muerte por el de "death education" (educando para la muerte). Se
maquilló así a la muerte y todavía se lo sigue haciendo, como si el
morir humano fuera el fracaso de una vida; cuando muy por el
contrario, forma parte, es consecuencia de esa vida. "Se nace para
morir".
Lo que nuestra sociedad
históricamente hizo con la muerte es por todos conocido, y su realidad
estaba directamente vinculada no sólo con la cultura del momento sino
con las premisas antropológicas -que son las que condicionan las
actitudes éticas. El duelo formaba parte del morir. La familia reunida
alrededor del lecho de muerte, el notario al pie de la cama, el negro
como color de duelo, el cortejo fúnebre y el luto por meses y hasta
años; el cuerpo del muerto descansando en un mausoleo. La máxima
expresión en el arte pictórico es El entierro del Conde de Orgaz,
pintado por el Greco en el siglo XVI.
Hoy no hay reunión, ni
notario, ni duelo, ni cortejo. El mausoleo se cambió por la inhumación
en la tierra. Pero lo que nuestra sociedad espera en la actualidad
del hecho de morir "es distinto". Es por ello que frente a la praxis
de una eutanasia, eufemísticamente hablando: de una buena muerte, "se
encuentra aquello del educar para aprender a morir, asumir la muerte y
acompañar al que muere" (1). Una cosa es hablar del sustantivo muerte
y otra del verbo morir, ya que el primero hace mención al momento y el
segundo al proceso propiamente dicho.
Dejando estas palabras como
introducción al tema, nos adentraremos en el mismo. Volviendo a lo
recién mencionado, las costumbres de nuestra sociedad cuando hablamos
de eutanasia han cambiado eufemísticamente su concepto; puesto que no
se entiende hoy por buena muerte el derecho a morir con serenidad, con
dignidad, sino que se quiere significar el poner fin dulcemente a la
vida propia o ajena como una solución lógica y humana.
A esta falta de claridad, se
le agrega la ambigüedad del lenguaje como expresión de la confusión a
que se ha llegado pretendiendo ordenar los distintos actos de la
eutanasia. Es así que se habla y se discute sobre los alcances de la
eutanasia suicida y de la eutanasia homicida. La eutanasia suicida
ocurre cuando se inflige a sí mismo la muerte, y la homicida cuando se
provoca artificialmente la muerte ajena, por motivos de una aparente
piedad. Esta puede ser un crimen por comisión (cuando se induce la
muerte con o sin beneplácito del sujeto), o por omisión (cuando se le
niegan los cuidados ordinarios y proporcionados para evitar la muerte)
(2).
Dejo expresamente de lado
aquellas clasificaciones complejas que nos hablan de eutanasia positiva
activa, positiva directa e indirecta, voluntariay no voluntaria, etc.
por considerar que las mismas conllevan, más que a aclarar, a
confundir el encuadre del acto moral.
Ultimamente, los bioeticistas
han acuñado un nuevo término: el de distanasia. Por su contenido se
asocia con el de encarnizamiento terapéutico. Significa la tendencia
en el acto médico a alejar lo más posible la muerte, prolongando la
vida de un enfermo en un estadio terminal desahuciado y sin esperanzas
humanas de recuperación. Se utiliza para ello recursos
extraordinarios costosos en sí mismos o en relación a la situación
económica del enfermo y su familia. A la distanasia le sigue la
adistanasia, que como su partícula a- privativa indica, consiste en
prescindir de todo recurso terapéutico, dejando morir al enfermo
(3-4).
Para cerrar este primer
acercamiento al tema, consideramos que la definición más esclarecedora
sobre eutanasia es la que dice que es una: "Acción u omisión que por
su naturaleza o en la intención causa la muerte, con el fin de
eliminar cualquier dolor".
La eutanasia se sitúa pues en
el nivel de las intenciones y de los métodos más usados. El análisis
entonces de esta definición evita, a mi entender, recordar todo otro
tipo de clasificación al respecto.
El próximo 31 de diciembre
finalizaremos un siglo a la par que entraremos en un nuevo milenio. En
la historia de la humanidad estos tiempos han sido motivo de
sensaciones encontradas, sensaciones en donde el temor por lo que
vendrá, el presagio y la profecía de lo que es casi un futuro
inmediato, tuvo como común denominador el miedo, la desesperanza y la
muerte. Muerte que, superando el plano personal, se ubicaba como una
parte inevitable de ese todo que dominaba el sentimiento mayoritario
de la humanidad en esos momentos, me refiero a su sinonimia con la
espera temerosa del Final del Mundo.
La historia nos ha mostrado
que a pesar de las epidemias, de las hambrunas, de las guerras, en fin,
de la locura del mundo desde sus inicios, esos temores eran
infundados. Hoy Malthus ha sido desmentido y la provisión alimentaria
mundial es más que suficiente para la población que debiera sustentar
(5). Lo que falta no son granos sino voluntad política y solidaridad
para distribuirlos como corresponde.
Si bien el nuevo paradigma de
la salud de la OMS necesario para alcanzar la meta propuesta de "Salud
para todos en el año 2000" con el fin de concretar un presupuesto de
crecimiento real cero, ha centrado su desarrollo en políticas
poblacionales donde el aborto es una herramienta más de la
anticoncepción (6), el promedio de vida humana en el mundo se ha
duplicado en este último siglo.
Pese a la abominable
continuidad de las guerras entre etnias que se viven en el Congo,
Ruanda, Yugoslavia, etc., el final de la guerra fría con la caída del
muro de Berlín y la fragmentación de la Unión de Repúblicas
Socialistas Soviéticas, nos alejaron del fantasma de un conflicto
nuclear mundial.
Hoy los poderosos medios de
comunicación dicen que "el mundo entrará en el tercer milenio mejor
que lo esperado", agregando que "el fatalismo pasó ya de moda". (7)
Ahora bien, está en nuestras
manos el intentar que esta esperanza signifique aguardar algo bueno,
que ya es mucho si realmente reconocemos lo peligroso de la
superficialidad de nuestros actos. Esto que dijera el pasado mes de
marzo en la Conferencia con que se iniciara el 3o Congreso Caribeño de
Bioética, parece hoy haber perdido actualidad. El mundo vuelve a
sentir un respetable temor al ver acercarse al próximo milenio.
La muerte ha sido un tema al
cual le he dedicado una especial atención, llevándome a escribir un
libro titulado La Muerte Cerebral, libro que debiera haber aparecido
hace tres años y que por razones de tiempo no he actualizado.
En su momento adopté como
definición de muerte la que dieran D. Ingvar y S. Bergentz en 1989 que
dice así: "La muerte implica que el organismo ha sucumbido como
unidad funcional, y no que todo el organismo y sus células están
muertas en sentido estrictamente biológico. La siguiente definición
fue finalmente aprobada: Una persona está muerta cuando ha sufrido una
pérdida total e irreversible de la capacidad para integrar y coordinar
todas las funciones del cuerpo-físicas y mentales- en una unidad
funcional" (8).
Esta definición enfatiza que
la capacidad para coordinar las funciones físicas y mentales tiene que
haber sido perdida en todo sentido y que este estado sea
irreversible. Así una persona puede estar muerta aunque ciertas
funciones todavía permanezcan, como el metabolismo y la circulación en
órganos y tejidos individuales. Estas circunstancias, de todas
maneras, no son de interés, si toda la capacidad para coordinar las
funciones mentales y corporales se ha perdido.
La permanencia de las
funciones en tejidos y órganos no puede persistir como un fenómeno
aislado por ningún período de tiempo considerable si la coordinación
entre las funciones se ha perdido. Es una capacidad exclusiva del
organismo el unir y coordinar las funciones mentales y físicas en una
unidad que no puede ser reemplazada por medios artificiales o por
tecnología médica.
Debe ser observado que esta
definición incluye la palabra total pérdida de la capacidad para
integrar. Esto quiere decir que varios tipos de deficiencia mental,
aun los más severos –causados por desórdenes congénitos o adquiridos-
no pueden ser nunca equiparados con la muerte, ya que en estos casos,
por ejemplo: autistas, dementes, seniles y personas comatosas crónicas,
todavía persisten un número de funciones de coordinación, aunque de
una manera muy reducida en la mayoría de los casos (9).
A estas breves
consideraciones sobre la muerte debemos integrarlas con el concepto de
persona que abarca a la palabra personalizada.
Aquí se encuentra la segunda
variable a .abordar de acuerdo con lo dicho en los inicios de mi
exposición.
Si por personalizar
entendemos el dar carácter personal a algo (10), y por personalidad
hacemos nuestro aquello que lo define como "la diferencia individual que
constituye a cada persona y la distingue de otra", tenemos una base
particularísima para desarrollar el concepto de muerte. Podremos
establecer un puente entre ciencia (biología de la muerte) y razón
(relacionado con la persona), hecho que nos posibilitará el enunciar
una conclusión sobre lo expuesto.
La filosofía afirmaba en un
determinado momento que la naturaleza -es decir la composición del
alma y del cuerpo- no era la estructura más profunda del hombre. Más
allá de la naturaleza se encuentra la persona. Esto merece un
cuidadoso examen, ya que sería el origen del "personalismo" moderno
que "conduce a una subjetivación de lo moral. Signo de ello es,
justamente, esta pretendida contraposición entre persona y naturaleza
(11). De esta manera se marcó entre ambas una rivalidad que llevó a
contraponer una "moral de la naturaleza" con una "moral de la
persona".
Con Basso recordamos que "la
persona supone una dignidad en el orden del ser; la naturaleza, en
cambio, significa una determinación en la operación vital ordenada a
un fin"(12). "Mas, a pesar de todo, la naturaleza no dice primeramente
'límite' sino, por el contrario, capacidad de operación ordenada a un
fin y, consecuentemente, capacidad de superación. No puede darse
oposición inmediata entre naturaleza y persona; se trata tan sólo de
diferentes aspectos por medio de los cuales expresamos la riqueza del
hombre que, en cuanto persona, posee una autonomía y un dominio sobre
sus actividades y, en cuanto naturaleza, postula un orden hacia un fin
(y en cuanto 'tal' naturaleza, un orden hacia 'tal' fin)" (13)
La dimensión de persona que
nosotros adoptamos es la de Boecio: "sustancia individual de
naturaleza racional", fórmula esta que sumerge a la raíz de la persona
en el ser.
Tomás de Aquino entiende la
persona como "subsistente espiritual". En su opinión, "la diferencia
radical entre las cosas y las personas se halla en el orden del ser;
[puesto que el hombre es persona y no deviene como tal en el tiempo]
el mismo esse humano es radicalmente diferente del esse de las cosas
del cosmos. La diferencia no está sola ni principalmente en la esencia
sino en el orden transcendental" (14). El supo ver y expresar mejor
que ninguno la radicación de la persona en el esse. Esa era la
explicación metafísica que le llevaba a afirmar que "la persona es lo
más noble y digno que existe en la naturaleza" (15).
El hablar acerca de la muerte
personalizada, nos hace pensar que existe una hipótesis inversa que
llamaríamos muerte despersonalizada, puesto que este concepto, el de
personalizar, es el que caracteriza al hecho muerte (l6).
El mundo se ha empeñado en
esta última mitad del siglo XX en buscar formas de proteger la vida
humana. A través de leyes, estatutos y reglamentaciones, de los países
en forma individual, y de las organizaciones gubernamentales y
organismos no gubernamentales, de sus asociaciones profesionales, han
venido realizándose campañas orientadas hacia una "cultura de la
vida". Es así que el pasado año se recordó el 50° Aniversario de la
Declaración de los Derechos Humanos, declaración que en su momento fue
un llamado de atención para que el mundo no repitiera los horrores
cometidos durante la segunda Guerra Mundial. A pesar de la
trascendencia que tuvo en su momento, me refiero a la Declaración, los
gobiernos, las organizaciones no gubernamentales, en general todas
las instituciones hicieron un excesivo hincapié en los derechos
sobrevalorándolos "para dejar en un segundo plano a los deberes y sin
considerar adecuadamente el límite, fundamento y fin de los citados
derechos" (17).
Estos derechos tienen un
fundamento moral "relativista", lo que permite que sean utilizados
como un arma política o ideológica. Es así como se invocan los
derechos humanos para justificar el aborto (derecho humano de la madre
sobre su propio cuerpo, como en el famoso caso de Roe vs. Wade en
USA), o la eutanasia (derecho humano a disponer de nuestra propia
vida) y en muchas otras circunstancias con argumentaciones que
permiten defender el uso de drogas, la esterilización en humanos, la
pornografía, etc. En esta equívoca defensa de los derechos humanos, se
infiltra una "cultura de la muerte". Esta confusión es ambivalencia o
tergiversación de la realidad. (Ej: no se defiende a la vida a través
de una legislación que permita el aborto, ni tampoco auspiciando el
suicidio asistido).
Insistimos en que no podemos
hablar de derechos sin hacer mención a los deberes a que nos obligan
los antes mencionados derechos, y lo que considero más importante aún,
es el recordar que por encima de la ley civil -ley positiva-, existe
una ley moral a la cual toda la humanidad debe someterse sin atender a
creencias, color de la piel, situación económica o nivel intelectual.
El fadding, el ruido de fondo
de un mundo donde el exitismo, la moral de situación, el consenso que
conlleva hacia una tolerancia indiscriminada, nos desdibuja la
realidad de lo que entendemos debiera ser la muerte despersonalizada.
Debemos luchar para que los derechos fundamentales proclamados no sean
objeto de violaciones por parte de los Estados.
Los Derechos Humanos son
agrupados conformando dos sectores: uno el de los derechos políticos y
civiles, y el otro el de los económicos, sociales y culturales. Ambos
sectores se encuentran garantizados, si bien de diversa manera, por
acuerdos internacionales. Están estrechamente entrelazados unos con
otros, siendo expresión de aspectos diversos del único sujeto, que es
la persona. La promoción integral de todas las clases de derechos
humanos es la verdadera garantía del pleno respeto de cada uno de los
derechos. La defensa de la universalidad y de la indivisibilidad de
los derechos humanos es esencial para la construcción de una sociedad
pacífica y para el desarrollo integral de individuos, pueblos y
naciones. La afirmación de esta universalidad e indivisibilidad no
excluye, en efecto, diferencias legítimas de índole cultural y
política en la actuación de cada uno de los derechos, siempre que, en
cualquier caso, se respeten los términos fijados por la Declaración
Universal para toda la Humanidad.
Ignorar la Declaración
Universal de los Derechos Humanos argumentando la indolencia de las
Naciones Unidas, o tomar sus Declaraciones con un escepticismo
sistemático, sería tan equivocado como hacer de ellas un estamento
vital.
Pero como decía anteriormente y
repetiré hasta el cansancio, existe por parte del mundo una
ambivalencia interpretativa y de acción frente al primer derecho
fundamental que es el derecho a la vida. Una vez más recuerdo que la
vida humana es sagrada e inviolable desde su concepción hasta su
muerte, lo que nos obliga primero como hombres, desde el punto de vista
del derecho natural, y luego como bioeticistas, a comprometemos en su
defensa; en adherir racionalmente y lo que considero más importante:
con el corazón, a rechazar todo tipo de violencia, aun aquella
encubierta por nuestros científicos en aras de un mundo mejor. Si la
investigación no está al servicio de la persona y se rechaza la
reflexión ética, el fin justifica los medios, cada vez estaremos más
lejos de cumplir con nuestras propias normas jurídicas, orientadas a
salvaguardar la integridad de la vida humana.
Es así que si queremos
personalizar la muerte, debemos buscar el humanizar la vida, y por ende
la medicina. En el campo de las Ciencias de la Salud el mejor médico
es aquel que, después de comprender al que sufre, llega a un
diagnóstico Cierto a la par que le ofrece la oportunidad de una
terapéutica precisa. Sin duda que la excelencia del procedimiento no
garantiza la vida, pero debiera asegurar por lo menos una buena
muerte.
Nuestras escuelas de medicina
nos forman para ofrecer salud, pero no nos preparan para acompañar al
desahuciado a vivir una buena muerte. Las palabras "Sicut mundus
transit" se encontraban escritas en los frontispicios de los
hospitales y bibliotecas en la Edad Media. Así como se nos educa para
la vida, se nos debiera también, y con mayor razón, educar para la
muerte.
Hoy una nueva especialidad se
ha incorporado a la Medicina, me refiero a las unidades de Cuidados
Paliativos. Cuando a través del trabajo de estos equipos, llevamos a
aquel que se encuentra en el final de la vida consuelo, esperanza y
amor, pienso que nos encontramos personalizando la muerte.
La violencia que significa
despersonalizar al muriente a través de mencionarlo con un número, o
de comentar el trabajo que conlleva su complicada patología, o
hacernos insensibles al dolor que padece, nos hace meditar una vez más
que no tendremos tranquilidad de espíritu si no tratamos de humanizar
el momento final de nuestras vidas. Es aquí donde las bases de una
sana Ética Biomédica, sin duda, ayudan a los actores del final de esta
opera prima, representada por la muerte de nuestro hermano o de
nuestra propia muerte.
Una solución a la indiferencia
y a la despersonalización del acto médico en cualquiera de las etapas
de la vida, llevó a un distinguido académico y docente, y amigo
personal –fallecido hace ya tres años-, Vicente Pozuelo Escudero, a
crear una Fundación en Madrid para la Humanización de la Medicina. En
sus estatutos había precisado que la necesidad de su creación pasaba a
través del cambio drástico en la actitud del médico durante esta
última mitad del siglo. "La actitud del samaritano amable cuya meta
más alta en la vida, era la de hacer soportable el dolor, tanto físico
como psíquico, ha quedado sustituida por esa mezcla de científico y
médico que es tan difícil de encarnar y aún más de comprender" (18).
Más de una vez nos hemos hecho
esta pregunta: de vivir como médico una enfermedad grave: ¿a quién
consultaría? ¿A aquel brillante pero lejano, en el que pareciera
dominar el hecho diagnóstico sobre el accionar terapéutico; o al
campechano, simpático, de tuteo fácil, y cuya calidez hace olvidar el
momento de la enfermedad que vivimos?. Pienso que el ideal pasa por
aquel que aúne ambas conductas: seriedad científica y manejo de
tecnología última, prudencia; y además y por sobre todas las cosas,
calidez y respeto por el que sufre.
Si la enfermedad fractura
nuestra auto-imagen y nos desequilibra emocionalmente destruyendo
nuestro yo, será más eficiente aquel médico y equipo de salud en donde
la compasión, la solidaridad y el amor a la persona intente
recomponer y trate de integrar a aquel que en su enfermedad sufre
tanto en cuerpo como en espíritu.
Hablar hoy de la "dignidad de
la persona que se está muriendo" no hace más que traer a mi memoria la
interpretación que nuestra sociedad hace de la eutanasia.
Eufemísticamente, una sociedad que va en busca de la inmortalidad hace
una recepción formal y consciente del hecho moral a través de la
calidad de vida y del derecho a decidir, ya que ambos conducen a
considerar la eutanasia como una muerte digna. No hay dignidad en la
muerte a la que hoy se nos obliga vivir.
Es por ello que pienso que
si demostramos por un lado la irresponsabilidad de una tecnología que
de acuerdo con intereses particulares prolonga la vida, frente a una
muerte inminente, cayendo en el encarnizamiento terapéutico; o acelera
la muerte con la anuencia del paciente, de sus familiares o del
Estado, estamos despersonalizando la muerte.
Desde el comienzo de nuestra
vida humana, desde la concepción, caminamos ineludiblemente hacia la
muerte. Es por ello que desde temprano debemos educar para la muerte, y
lo deberemos hacer pensando en la muerte, acompañando a la muerte y
viviendo la muerte.
No temo a la ciencia como
ciencia sino a la aplicación de la misma, a su praxis; es decir, tengo
un reverente respeto por la tecnología. Temo al poder irracional de la
misma, puesto que, por el contrario, su ordenamiento responsable ha
sido siempre beneficioso para el hombre. Es entonces cuando hacemos
nuestro el derecho de hablar sobre la ciencia y la técnica al servicio
del hombre.
La técnica en cuanto es,
lleva al dominio del hombre sobre la misma, o sea que "contiene en su
propio logo, el ejercicio de un poder".
A este enfermo que vive una
muerte personalizada, le cabe aquello que dijera Pellegrino hace más de
una década: "La compasión es la calidad que distingue una mera
carrera, de una auténtica vocación. Nos permite reconocer que, por
eficaces que sean nuestra ciencia y técnica, no quitan el sufrimiento"
(19).
Reconocemos el valor del
equipo, puesto que el trabajo en conjunto, la integración del super
especialista bien ordenada en un todo actuante, ha permitido prolongar
vidas que en otro tiempo no muy lejano hubieran finiquitado
tempranamente. Pero personalmente creo que sigue siendo irremplazable,
en todo acto médico, un tiempo para escuchar y un tiempo para
consolar, un tiempo para respetar la voluntad del que sufre, tiempos
estos que integran ese todo del médico cabal. Todo que bien ordenadas
sus partes puede asumirlo el equipo de salud con un entrenamiento
personalísimo y con roles claros de sus integrantes complementarios.
El aforismo para esta
situación, de ser factible, sería: humanicemos la máquina, pero como
ello no es posible, tratemos entonces de humanizar al equipo de salud.
Retornando lo que dijera al
comienzo acerca del optimismo, de la esperanza, que los medios parecen
transmitir con motivo de este fin de milenio, quisiera como un
epílogo afirmar que: En lo que hace a la ética biomédica también
nosotros participamos de lo que calificaremos como optimismo atento y
lúcido. El rechazar la ética es ya de por sí una postura ética, aunque
sea una ética degradada. "Es posible que los comportamientos éticos
no se noten mucho porque no hemos aprendido a hacer el bien y caemos en
la, también mediocridad, de hacer mal el bien. Pero esta experiencia,
en lugar de llevar al escepticismo tendría que llevar a querer
aprender a hacer el bien: con arrojo, con valentía, a contracorriente,
con autenticidad.
Siempre es posible en la
sociedad -sobre todo cuando existe un acuerdo en que el régimen sea
democrático- conquistar espacios de honradez, de conducta íntegra, de
comportamientos nobles. Si la democracia permite que se instale en
cualquier plaza el tenderete del vicio -a veces el vicio más
repugnante-, no es ofensa para nadie instalar los cuatro palos firmes
que sostienen la estructura de las grandes virtudes.
Lo segundo es que, haciendo
nuestro para la relación profesional médico-paciente el modelo que nos
propone la Dra. Lugo, de "Comunidad en Intersubjetividad
responsable", afirmamos que para personalizar la muerte el equipo de
salud debe recordar que "el contacto íntimo exige reverencia y empatía
para captar que la corporeidad dolorida es una vivencia y no sólo un
accidente de objetividad científica e intervención técnica. La
reciprocidad en la relación es evidente; el médico responde con
solicitud de experto pero a la vez de persona capaz de sufrir. Por su
parte, el paciente ofrece su vivencia como una experiencia única de lo
que realmente demuestra una actitud de médico (20). Y esto a través
de todo el proceso de enfermedad que obviamente incorpora y califica
también una muerte personalizada.
Finalmente, y como corolario
de mis palabras, quisiera transmitirles estos pensamientos que no son
públicos y que pertenecen a ese gran médico que fue Gregorio Marañón.
Dicen: Si ser médico... Es entregar la vida a la misión elegida, Si
ser médico... Es no cansarse nunca de estudiar y tener, todos los
días, la humildad de aprender la nueva lección de cada día, Si ser
médico... Es hacer de la ambición nobleza; del interés, generosidad;
del tiempo, destiempo; y de la ciencia, servicio al hombre, Si ser
médico... Es amor, infinito amor a nuestro semejante y acogerlo sea
quien sea, con el corazón y el alma abiertos, de par en par, Entonces,
ser médico, es la divina ilusión de que el dolor sea gozo, la
enfermedad salud, y la muerte vida.
1. Cf. Clavel, J. M.,
Bioética y Antropología. Madrid, Univ. Comillas, 1998.
2. Cf. D. Basso, O.P., Nacer y
morir con dignidad - Bioética, Ed. Depalma, 1991.
3. Cf. Hortelano, A.,
Problemas actuales de moral. Tomo 11, Salamanca, Ed. Sígueme, 1980.
4. Cf. Ferrero, F., Eutanasia,
Ed. Morelia 1, 1979.
5. Cf. Pirie, M., Presagios y
profecías (The Economist - Londres), La Nación, 27.12.98.
6. Cf. Pérez, M. Isabel, Nuevo
paradigma de la Salud de la OMS, Buenos Aires, Instituto de Etica
Biomédica, Cuadernillo N°8, 1998.
7. Ibidem M. Pirie.
8. Academiae Scientiarum
Scripta Varia, Working group on the determination of brain death and
its relainship to Human Death, 10-14 December 1996.
9. Obiglio, H., La muerte
cerebral, Buenos Aires, EDUCA (en prensa), pág. 122/124.
10. Cf. Real Academia
Española, Diccionario de la Lengua Española, pág. 1583.
11. Castilla, B., Persona
femenina, persona masculina. Madrid, Rialp, 1996, p,.29.
12. Basso, D., Los fundamentos
de la moral, Buenos Aires, Centro de Investigaciones en Etica
Biomédica, la. reimpresión, 1993, pgs. 132-142.
13. Ibidem, p.136.
14. Castilla, B., op. cit.,
pgs.31-32.
15. Ibidem.
16. Guitton, J., Lo que yo
creo, Barcelona, Acervo, 1973.
17. Cf. Díaz, Hemández,
Morelli, Obiglio, et al., Valor de la vida. Cultura de la muerte,
Santa Fé, 2da. edición, 1998, Pág. 99.
18. 1 Jornadas
Internacionales: Humanismo y Medicina."El hombre y la mujer de 1991",
Prof. Vicente Pozuelo Escudero, "La fundación para la Humanización de
la Medicina", Madrid, abril de 1991.
19. Ibd. I Jornadas
Internacionales.
20. Lugo, E., Temas de
Bioética, Buenos Aires, Ed.Schonstatt, 1998, pág.
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