este es un espacio católico para expresar el pensamiento de la iglesia - comunidad de cristianos - sobre temas relacionados con la persona humana, las familias, la sociedad, el estado, la comunidad internacional...
Tenía escasos cuarenta y siete años cuando murió. Hoy viven aún unas
cuantas personas que conocieron y recuerdan con gran afecto a Don José,
al Dottore Giussepe, como le llamaban en Nápoles, Italia. Incluso se
sabe bien en qué hospitales daba consulta. Algunos conservan como
recuerdo invaluable algunos de sus instrumentos de trabajo: una bata, ya
amarillenta, su escritorio; y otros objetos, que fueron parte de su
vida: un estetoscopio, un termómetro, el viejo maletín negro, un
martillo para medir los reflejos y otras cosas necesarias para
revisiones médicas de rutina.
Giusseppe Moscati había nacido el 25 de Julio de 1880 en Benevento. Su
padre era presidente del Tribunal de Justicia. A pesar de la influencia
de los masones en muchos ambientes, sobre todo entre los hombres que
tenían cargos públicos, nunca negó su fe católica. Cuando Giusseppe
tenía ocho años la familia se trasladó a Nápoles, cuando su padre fue
promovido a un cargo superior.
Con excelentes calificaciones, Giusseppe concluye sus estudios de
segunda enseñanza, especialmente en Biología, Física y Química y se
decide sin dudarlo por la carrera de Medicina. Aunque es marcada su
inclinación por el estudio, lo que más le mueve es la miseria de los
más pobres. Quiere mitigar los dolores, del cuerpo y del alma, de
incontables hermanos que sufren, pero de manera especial de esos otros
enfermos a los que parece que casi nadie quiere porque sólo hay que
esperar que se despidan de este mundo: los desahuciados.
Era un profesional ... en serio
En 1903 obtiene el Doctorado en Medicina y enseguida empieza a trabajar
en el hospital para incurables más grande de la ciudad. Muy pronto,
pacientes y médicos colegas, advierten que Moscati no es un médico más:
antepone día y noche el servicio a los enfermos a cualquier asunto de
su vida privada.
Don Giusseppe no es curandero. Ni médico matasanos o medicucho que
improvisa recetas en serie para salir del paso. Hay que prescribir a
cada enfermo todo y sólo lo que realmente necesita. Por las noches hay
que estudiar los casos a conciencia y estar al día en su profesión; su
dedicación le vale en los siguientes años una prestigiosa carrera
públicamente reconocida. Le nombran Director de la Sección de
Tuberculosis de todos los hospitales de la región, además de que ya es
catedrático de Anatomía Patológica, Fisiología Humana y de Química
Fisiológica. Es un profesional comprometido, en cuerpo y alma, con su
vocación. Por si fuera poco, fueron notables sus descubrimientos en el
campo de la bioquímica y sus investigaciones sobre los efectos del
glucógeno. Alrededor de treinta de sus trabajos científicos fueron
publicados en Italia y en el extranjero.
José Moscati es hombre transparente, sincero. Las siguientes palabras,
que dijo el 17 de octubre de 1922, puede considerarse como el resumen de
su vida de médico, hombre de ciencia y de fe: Ama la verdad,
muéstrate como eres sin falsedades, sin miedos ni miramientos. Y si la
verdad te cuesta la persecución, acéptala; si te cuesta el tormento,
sopórtalo. Y si por la verdad tuvieses que sacrificarte tu mismo y tu
vida, se fuerte en el sacrificio.
El éxito egoísta sirve de poco
Si este gran médico se hubiera dedicado a la sola enseñanza, fácilmente
se hubiera procurado una vida famosa, bien remunerada, en menos tiempo y
más cómoda. Pero Moscati no busca ni la gloria del mundo ni las
riquezas. Si estudia más y crece su prestigio, es para poner su ciencia
al servicio de los demás. Busca al hombre que sufre y a Cristo en
ellos. Si lo felicitan por una operación difícil con la que salva la
vida de un paciente, le quita importancia al elogio: —El Señor
dirige todo, también la mano del médico, a El sólo hay que dar las
gracias.
Don Giusseppe es hombre que va bien vestido, sobriamente, pero pulcro,
con su bigote bien cuidado. Muy conocido en Nápoles, es frecuente verle
andar por aquellas calles estrechas y bulliciosas de los barrios más
pobres, donde la ropa recién lavada se tiende entre las fachadas. Por
allí anda el médico, esquivando perros, mendigos y los juegos de niños
gritones. A través de una ventana, se oye, una voz tipluda. Es una
señora regordeta, lo más parecido, por fuera, a una soprano:
—Dottore..!!: ¿vendrá al regreso a ver a mi hijo mayor que sigue
enfermo...? Don Giusseppe asiente con sincera sonrisa. De noche, con
los ojos cargados de sueño después de haber visto decenas de pacientes,
llega cariñoso hasta la cabecera de ese último. Asiste a cada una de las
visitas con buena cara, sin sentirse víctima..., y siempre con un calor
humano y delicadeza inconfundibles. Es un médico que cura con amor.
Cada enfermo es una persona humana
Hay que atender siempre las llamadas de emergencia, también cuando las
hacen los pobres, a los que casi no les cobra nada; muy frecuentemente
él mismo les da dinero para procurarse las medicinas. Cuando es oportuno
ofrece su ayuda para que les atienda un sacerdote en los últimos
momentos. Es un hombre muy humano y feliz, porque en cada enfermo ve
mucho más que un cliente: cualquier persona, el más desgraciado o
hundido en los vicios, —¡qué importa quién!— necesita no únicamente de
sus cuidados médicos, sino también de sus consuelos. Para el Doctor
Moscati cada persona enferma es el mismo Cristo que se le acerca para
pedir ayuda. Dos mil años después, en medio del trabajo profesional, se
aplica a la letra, una de las condiciones para alcanzar la felicidad
eterna del Cielo: Estuve enfermo y me visitásteis (Mt. 25,
26).
Giusseppe Moscati no es un beato que, por no trabajar, se pase el día en
la iglesia. Pero es indudable que saca toda su fuerza de la oración y
de la Misa, a la que asiste a diario cuando apenas amanece. Si no, ¿cómo
seguir adelante y tener una sonrisa amable para todos? Además, practica
con naturalidad el ayuno y lleva sereno, sin exagerar, las fatigas de
su trabajo, a veces sin un mínimo de descanso. Considera su agotamiento
por los demás como parte de sus mismo trabajo, de una profesión que ama
apasionadamente y ejerce con hondo sentido humano. En una carta
escribe: ¿Por qué rechazar el sufrimiento? El Señor sufrió sin
medida por mí. Me duele el pensamiento de que tantos hombres desprecian
el amor divino. Con gusto ofrezco algo para conducirlos a los pies de su
Salvador .
Una conversación con Caruso
En 1906 acontece la gran erupción del Vesubio, volcán vecino a Nápoles.
Comienza una lluvia de ceniza y Moscati, de inmediato, avisado del
peligro para el hospital, da la orden de evacuación y todos los
enfermos son llevados a lugares provisionales de protección. Cuando
apenas han sacado al último, el techo del hospital se derrumba bajo el
peso de la ceniza y de la lava y la mayor parte del edificio queda
inservible. Mientras, los otros médicos, espantados, ya habían huído.
Se cuenta que, años después, en 1921, Enrico Caruso, uno de los más
geniales cantantes de ópera y mundialmente conocido, volvió a Italia
gravemente enfermo. De los muchos médicos consultados para su
diagnóstico, sólo el Doctor Moscati encontró la verdadera causa. Pero ya
nada se pudo hacer, porque eran mínimas las esperanzas de curación. Al
ir a atenderle en un hotel de lujo en Sorrento, al final, el médico le
dice: —Usted ha consultado ya tantos médicos, ¿por qué no consulta
al mejor de todos que es Cristo, nuestro Señor y hace una confesión
general? A los pocos días de haberse confesado, Caruso muere en el
viaje que intentaba hacer a Roma.
Morirse en la raya...
El 5 de abril de 1927, entre tantos pacientes, el Doctor Moscati
examina a un sacerdote enfermo, el Padre Casimiro.
Al terminar, el médico le pregunta: —¿Desde cuándo no celebra Usted
la Santa Misa?
El sacerdote contesta: —Desde hace dos meses .
—Pues... pronto se curará y por eso le quiero pedir que por favor
ofrezca esa primera Misa por mí, le dijo el médico.
Una semana después comienza Moscati su jornada idéntica, como todos los
días. La mañana es de trabajo agitado en la Clínica. Llega a casa y
todavía hay que atender a muchos pacientes que le esperan. A las tres
de la tarde se retira a su privado y dice a la enfermera que no se
siente bien. Cuando poco después entra ella, le encuentra sentado con
los brazos cruzados: no hacía ni cinco minutos que acababa de morir. No
habrá sido demasiada sorpresa para él encontrarse de repente con Dios,
habituado como estaba a conversar con El en medio de sus ocupaciones
habituales.
Al día siguiente el Padre Casimiro bajó por primera vez a la capilla del
hospital para ofrecer la primera Santa Misa después de su recuperación.
Allí le dijeron que Moscati había muerto.
El mundo necesita médicos con rostro humano
La vida de Moscati ayuda a entender mejor que nuestro mundo necesita
urgentemente médicos y enfermeras de otro tipo. Que traten a sus
pacientes como un padre o una madre lo hace con sus hijos enfermos. No
basta que sean hombres sabios y expertos, o premios Nobel y nos hagan
trasplantes de todo. Ni que tapicen sus consultorios de diplomas y
títulos para impresionarnos. Y aunque nos apliquen su ciencia con
instrumentos preciosos —de tipo digital, computarizado, con láser y nos
metan otros novedosos rayos en nuestros enfermitos cuerpos— tienen que
ser, antes que todo, hombres que curan a otros hombres. La medicina se
está desarrollando progresivamente y los descubrimientos de los genios
asombran al mundo. Pero esta estupenda profesión, que es sólo para
atender a humanos, se está deshumanizando. Cuántos enfermos en el mundo
entero reciben el trato frío, a veces duro y desencarnado, sin corazón,
de doctores que les dicen que sí los quieren curar, pero parece que más
bien les quieren.... cobrar —y ¡¡pronto, que entre el siguiente!!— para
que se cumplan los turnos y citas. Quizá los que más urgentemente
necesitan trasplantes de corazón son algunos médicos y sus enfermeras.
Una vez el Doctor Moscati escribía a un joven doctor, alumno suyo
recomendándole cómo debe atender a sus pacientes: no sólo se debe
ocupar del cuerpo, sino de las almas con el consejo, y entrando en el
espíritu, antes que con las frías prescripciones que hay que llevar al
farmacéutico.
La vida de este gran médico nos dice que hay que curar al enfermo sin
brusquedades. Que no sea sólo revisar al paciente que sigue en la cola y
hacerle rápido sólo cinco preguntas de rutina. Que la atención médica
tampoco se reduzca a recetar las mismas pastillas, gotas, pomadas,
inyecciones, transfusiones, o decir con solemnidad que se requieren
urgentes análisis, estudios y chequeos de todo, y hasta operaciones
carísimas.... y, lo que es peor, que realmente no son necesarios pero de
ese modo el médico se embolsa bastante dinero.
La Medicina tiene una ética y humanismo propios. De allí que todos los
enfermos del mundo deben ser tratados como lo que son: personas humanas.
No dejan de ser humanos por estar desvalidos. Y, como muchos son
pobres, se les debieran dar precios más justos y mejores condiciones de
pago. Y a cualquier persona, si se le ha de revisar o auscultar, se hará
con el máximo y delicadísimo respeto. Un enfermo que desea curarse, no
busca un veterinario. Por eso desea que le escuchen, le comprendan, le
sonrían, animándole a curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el
médico también le dé cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a
lo que le pasa y optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos
curan con sus conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con
el interés y afecto que ponen en sus dolencias.
De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo
elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por naturaleza y
vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que cura:
responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos fue para
él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que esta
enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro hermano,
el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su actividad
como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino la
conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar según
sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia médica
ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo tanto,
se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la medicina, que
hoy se siente como condición necesaria para una renovada atención y
asistencia al que sufre
Todos los enfermos del mundo necesitan un trato sencillamente como lo
que son: personas humanas. No dejan de ser humanos por estar desvalidos.
Y, como muchos son pobres, no se les ha de cobrar más de lo justo. Y si
se les ha de revisar o auscultar, se hará con el máximo y delicadísimo
respeto, más si son mujeres. Un enfermo que desea curarse, no busca un
veterinario, ni se siente coche descompuesto que entra a un taller
mecánico. Desea que le escuchen, le comprendan, le sonrían, animándole a
curarse. Si fuera preciso, agradecerá mucho que el médico también le dé
cierta ayuda espiritual para encontrar sentido a lo que le pasa y
optimismo para llevar sus penas con paz. Los médicos curan con sus
conocimientos, pero alivian más pronto a sus pacientes con el interés y
afecto que ponen en sus dolencias.
De este desconocido y gran médico se ha hecho este emotivo y grandísimo
elogio, que vale sobre todo por quien lo hizo: Por
naturaleza y vocación, Moscati fue ante todo y sobre todo el médico que
cura: responder a las necesidades de los hombres y a sus sufrimientos
fue para él una necesidad imperiosa e imprescindible. El dolor del que
esta enfermo llegaba a él como el grito de un hermano a quien otro
hermano, el médico, debía acudir con al ardor del amor. El móvil de su
actividad como médico no fue, pues, solamente el deber profesional, sino
la conciencia de haber sido puesto por Dios en el mundo para obrar
según sus planes y para llevar, con amor, el alivio que la ciencia
médica ofrece, mitigando el dolor y haciendo recobrar la salud. Por lo
tanto, se anticipó y fue protagonista de esa humanización de la
medicina, que hoy se siente como condición necesaria para una renovada
atención y asistencia al que sufre.[1]
[1] Juan Pablo II, Homilía en la Ceremonia de Canonización del
Doctor José Moscati, 16 de octubre de 1987.