José María de Yermo y Parres
(1851 – 1904)
Un espectáculo horrendo
Fue un día de agosto de 1885. El recién nombrado párroco de uno de los
barrios más pobres de León, Guanajuato, denominado "El Calvario", va
caminando tranquilo de regreso a casa. De repente, poco antes de llegar,
en un recodo del camino, junto a un río, no puede creer lo que ven sus
ojos. Se para en seco. Un escalofrío, como un rayo, le recorre todo el
cuerpo. Se marea. Unos cerdos están devorando a dos niños recién
nacidos, que han sido abandonados por su madre. ¿Les habrá dejado allí
vivos esa mujer ? Quién sabe... Pero la impresión le quedará al
sacerdote para siempre y aquello es una llamada que durará toda la vida.
Desde entonces no hay en él descanso hasta conseguir los medios que
resuelvan esa grave necesidad. Hay que dedicar la vida a los más pobres,
a los que nadie quiere, y también formar a la juventud y socorrer a los
menesterosos que llenan la ciudad.
José María de Yermo y Parres había nacido en la hacienda de Jalmolonga,
en el Estado de México, en noviembre de 1851. A los cincuenta días,
muere su madre. Su padre le lleva a vivir a la Ciudad de México, donde
unos tíos le hacen crecer en un hogar cristiano, de sólidas costumbres.
Años después, buen estudiante, obtiene la medalla al mérito, que le
entrega en mano el mismo emperador Maximiliano, en 1864. Por entonces
viene ya presintiendo una posible vocación de entrega a Dios.
Entra en la Congregación de la Misión de los Padres Paúles y emite los
votos religiosos. Le envían luego a París a hacer sus estudios de
Filosofía. Cuando más tarde vuelve a México no se siente llamado a la
vida religiosa, abandona la Congregación y se incardina en la diócesis
de León donde es ordenado en agosto de 1879 por el célebre Obispo D.
José María de Jesús Díez de Sollano. Comienza a hacer obras en favor de
la juventud. Es muy buen predicador —la gente que iba a oírle no cabía
en el templo— y experto director de almas. Su confesionario está siempre
muy concurrido. Por entonces es profesor del seminario, luego
secretario del Obispado hasta que sus superiores le piden que deje todo
eso para dedicarse a los populosos suburbios de la ciudad.
Querer a los que el mundo desprecia
En 1885 funda la Congregación de las Siervas del Sagrado Corazón de
Jesús y de los Pobres. Es tal su deseo de imitar a Jesucristo que
escribe: Quiero imitar a Cristo, mi buen Jesús, que vino a
enseñarnos con su Palabra y con su ejemplo, el amor de preferencia para
con los pobres y desgraciados que el mundo desprecia.
¿A quiénes dedicará su vida? A mendigos, ancianos, enfermos, mujeres de
mala vida, niños recién nacidos, los más marginados, como los hay en
todas las ciudades del mundo. Siempre faltan brazos para atender
menesterosos, hambrientos, desempleados, gente desvalida y sin casa. Con
enormes dificultades y sufrimientos José María se va abriendo camino
para esa tarea.
Es trabajo duro que requiere un olvido total de sí mismo y que inculca a
las primeras hermanas de su Congregación: ....bien sé que
cuesta a la naturaleza respetar a un anciano o anciana achacosa, sucios,
impertinentes, groseros o viciosos; pero vendrá luego la fe a
descubrirles, bajo aquél repugnante aspecto a un alma redimida con la
preciosa Sangre de Cristo, a un alma que ustedes pueden ganar para el
cielo... . Cada uno de ellos lleva en sus padecimientos los
sufrimientos de Cristo.
El 18 de junio de 1888 hay una grave inundación en la ciudad. El Padre
Yermo se distingue por su heroísmo y entrega para rescatar a los
afectados y por dar hospitalidad en el asilo de “El Calvario” a unos
tres mil que se han quedado sin casa y sin nada. Además, hay que
defenderles de las injusticias y salir en defensa de sus derechos. Por
entonces y con este motivo un hombre de la política la otorga el título
de "Gigante de la Caridad".
Más tarde la nueva Congregación da sus primeros pasos entre los pobres
de la ciudad de Puebla. A partir de ésta, se van sucediendo las
numerosas fundaciones de beneficencia para mujeres, jóvenes y niños. En
el último año de vida del padre José María, su alma de apóstol le lleva a
fundar una casa misión en la Sierra Tarahumara de Chihuahua para la
evangelización y promoción de marginados indígenas de la región.
Todos tenemos a nuestro lado a alguien que sufre
Cualquier persona, si ésa es su vocación, puede dejar todo y dedicarse
por entero a atender a los pobres. Gran vocación es ese ideal. Pero,
todos los demás, tenemos que advertir que pobres siempre hay a nuestro
lado. No hace falta ir muy lejos para encontrarles. Abundan en todas las
poblaciones. Y pobres no son sólo los que están sucios, raquíticos, que
alargan la mano pidiendo una limosnita por el amor de Dios, en
la parada de un semáforo o en una esquina. También hay pobres con
algunos o muchos medios económicos que sufren una pobreza cruel que es
la soledad. ¿Acaso no hay en nuestro propio hogar, en la oficina, en la
fábrica, una persona sola, un amigo, compañero de trabajo, que sufre una
desgracia o pasa un mal momento? Sobran los que necesitan nuestro
afecto y cuidados para atender su salud o su descanso. ¡Y cuánto se
agradece un saludo, una corta visita, una carta, un e-mail, una
breve llamada telefónica!. A veces es un hijo, un hermano que no vemos
hace meses, un tío, el abuelo, un pariente lejano que se ha quedado
solo, un amigo que pasa por una preocupación... Además, hay decenas de
hospitales que están a reventar de enfermos solitarios, que serán
felices un mes entero sólo porque alguien —no importa que sea un
desconocido— les lleve un poco de conversación, una sonrisa, algo de
afecto. Cada uno es el mismo Cristo: todo lo que hicisteis por uno
de éstos, a Mí me lo hicisteis (Mt, 25, 40).
De un modo muy especial nos necesitan los ancianos, sean muy pobres, de
clase media, ricos o millonarios. Da lo mismo. Visitarles es una obra de
misericordia cada día más necesaria, porque este mundo materialista y
hedonista en el que vivimos los aísla cada vez más. Los considera
inútiles, de un modo injusto, como si fueran sólo parte de un
inventario, una carga... Hay que aliviar su soledad, darles cariño y
comprensión. Estos sufrimientos son peores que cualquier dolor físico, y
más cuando los causan sus propios familiares. A veces pensaremos que
los más necesitados somos nosotros mismos y los demás son quienes deben
atendernos. Será útil recordar el sabio dicho popular: "si te encuentras
solo, busca a uno que esté más solo que tú".
El Padre José María es llamado por Dios a la eternidad el 20 de
septiembre de 1904, en Puebla, rodeado por sus predilectos, los pobres y
miembros de su familia religiosa. Ya moribundo pide que entonen el
himno a la Virgen "Ave Maris Stella."
El Papa Juan Pablo II declaró Beato al Padre José María en 1990 durante
su segunda visita a México. En aquella ocasión se refería a él con estas
palabras: La gracia del Espíritu Santo resplandece también hoy
en otra figura que reproduce los rasgos del Buen Pastor: el padre José
María de Yermo y Parres. En él están delineados con claridad los trazos
del auténtico sacerdote de Cristo, porque el sacerdocio fue el centro de
su vida y la santidad sacerdotal su meta. Su intensa dedicación a la
oración y al servicio pastoral de las almas, así como su dedicación
específica al apostolado entre los sacerdotes con retiros espirituales,
acreciente el interés por su figura. Apóstol de la caridad, como le
llamaron sus contemporáneos, el padre José María unió al amor a Dios y
el amor al prójimo, síntesis de la perfección evangélica, con una gran
devoción al Corazón de Jesús y con un amor particular hacia los pobres.
Su celo ardiente por la gloria de Dios lo llevaban también a desear que
todos fueran auténticos misioneros.
Como él, hay tantas personas en el mundo que pasan desapercibidas.
Miles y miles de personas que dedican silenciosamente su vida a cuidar
de un hijo o pariente inválido y solo. Consagran silenciosamente su
tiempo entero a los que nadie ama. Han renunciado a lo suyo y viven en
voluntaria pobreza para enriquecer a otros. Y son felices.
Uno de esos es José María de Yermo y Parres. Juan Pablo II, diez años
después de su beatificación, el 21 de mayo de 2000, lo declaró santo y
dijo de él: ... vivió su entrega sacerdotal a Cristo
adhiriéndose a Él con todas sus fuerzas, a la vez que se destacaba por
una actitud primordialmente orante y contemplativa. En el Corazón de
Cristo encontró la guía para su espiritualidad, y considerando su amor
infinito a los hombres, quiso imitarlo haciendo la regla de su vida la
caridad .
A veces somos ingenuos. Creemos que los grandes protagonistas del mundo
son los que están en los monumentos de las avenidas, los que aparecen en
los periódicos, los llamados “famosos”, artistas o deportistas, jefes
de Estado, quienes dirigen grandes empresas, o los que transfieren
millones de dólares de un banco a otro.... No hay que negar su
contribución a la sociedad. Cada uno desempeña su papel. Cada quien hace
su tarea. Todas las profesiones nobles son necesarias. Pero de vez en
cuando hay que pensar también en los que nadie piensa, en ésos que no
tienen casi nombre, y no recibirán en esta vida consideraciones, premios
ni reconocimientos y quizá nunca se sabrá que “existieron”. Pero son un
cimiento muy escondido bajo tierra y, sólo gracias a ellos, este mundo
en el que vivimos, a pesar de todo, todavía sigue siendo humano.
Basílica de Guadalupe. Homilía, 6 de mayo de 1990
Basílica de San Pedro, Roma. Ceremonia de Canonización, 21 de mayo de
2000.
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