Es el modo de ayudar a los moribundos, y el modo de
ayudar a los difuntos: las dos partes que va a tener esta conferencia.
Creo que la mejor obra de caridad que podemos hacer es ayudar a una
persona a bien morir, y ayudar a un alma que está en el purgatorio, que
no puede hacer nada por ella misma, pero que desde aquí le podemos
ayudar muchísimo. Pues vamos a ver si digo algo de esto.
Primero: Ayudar a los moribundos
Miren ustedes, evidentemente que los colegios son una gran obra. Y por
eso la Iglesia defiende la enseñanza religiosa frente a todos esos que
quieren barrer de España la enseñanza religiosa. Ella mantiene los
colegios por encima de todo, porque es una obra fundamental en la
educación católica. Esto es clarísimo.
También es clarísimo que muchas personas que han pasado por un colegio
de religiosos, mantienen a lo largo de su vida esa formación que
recibieron en el colegio de religiosos. Mantienen una fe. Mantienen un
hogar cristiano, porque desde pequeños los educaron así. Por lo tanto,
no hay duda la gran labor que realizan los colegios religiosos. Ahora
bien, hay mucha gente que pasó por colegios religiosos y después se les
olvida todo, lo tiran todo por la borda y orientan su vida por caminos
totalmente distintos de todo lo que aprendieron en el colegio de
religiosos. Esto es así. Y todos conocemos nombres de personas famosas
que han seguido este segundo camino.
¿Qué quiero decir? Que los colegios son una gran cosa, y la Iglesia
quiere que haya colegios y haya educación religiosa. Pero, hay un riesgo
siempre. Estos niños, estos jóvenes, a quienes les dedicamos tanto
tiempo, tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto interés, ¿se van a
mantener toda la vida en este camino? Quizás, si. Algunos, quizás no.
Pero, lo que yo hago con un moribundo, eso no se estropea ya. Si yo
logro que un moribundo se arrepienta de sus pecados, pida perdón a Dios,
muera en gracia y se salve, eso no se estropea ya. El interés que yo
pongo por ayudar a un moribundo es la obra de caridad más eficaz y más
apostólica de todas las que puedo hacer. Porque todas las demás personas
a quienes yo procuro ayudar apostólicamente, quizás conserven todo lo
que trabajo con ellas; pero no sé. No sé qué rumbo van a tomar a lo
largo de su vida Ahora, lo que haga yo con un moribundo, ése es trabajo
seguro. Si yo logro ayudar a un moribundo a que muera en gracia, es
solución definitiva.
Eso ya no se estropea. Por eso es tan eficaz apostólicamente ayudar a
bien morir a las personas. Es el mayor favor que yo puedo hacer a una
persona. Lo va a disfrutar toda la eternidad. Esto puedo hacerlo de
palabra con un familiar, o con un amigo a quien visito en su lecho de
muerte. Pero también puedo ayudar a los moribundos de todo el mundo.
¿Cómo les ayudo a bien morir? Rezando por ellos. Pidiendo por ellos.
Sencillo. Si la oración es eficaz, si la oración es infalible en algo,
es cuando pido por un moribundo. Cristo en el Evangelio nos habla
muchísimo de «Pedid y recibiréis», «Buscad y hallaréis»: de la fuerza de
la oración. Cristo habla en el Evangelio incluso con frases
hiperbólicas: «Pídele a esa higuera que se traslade al mar, y la higuera
se trasladará al mar». La fuerza de la oración es impresionante.
Sólo hace falta una condición para que la oración sea eficaz: que yo
pida lo que conviene; porque si yo pido lo que no conviene, Dios,
naturalmente, no me hace caso. Como la madre de familia, que cuando el
niño se echa a llorar porque quiere el cuchillo de cocina, la madre no
le da el cuchillo de cocina, porque se va a cortar. Le da un sonajero,
le da un juguete; pero no le da el cuchillo de cocina.
Si nosotros pedimos a Dios lo que no conviene, Dios no nos lo da. Nos
dará otra cosa, pero no lo que pedimos. ¿Me conviene o no me conviene?
Yo no sé, Dios sabrá. Yo pido que me toque la lotería: ¡a ver si me toca
el gordo! A cuántas personas, a lo mejor, no les conviene que les toque
el gordo! Puede ser su ruina espiritual. Yo pido la salud. En orden a
la vida eterna, que es lo importante, a lo mejor gano más cielo con la
enfermedad.
Ahora, lo que sí sé, es que si yo pido la conversión de un moribundo,
eso conviene seguro. La condición indispensable es que yo pida una cosa
buena. Esta condición se cumple si yo pido la conversión de un
moribundo. Eficacia segura, infalibilidad segura. No hay más que una
dificultad: que el otro quiera. Si el otro no quiere, no hay nada que
hacer. Porque Dios no salva a nadie contra su voluntad. Dios no mete a
la gente a empujones en el cielo. Hace falta que el otro quiera. Porque
si el otro rechaza la gracia, nada.
Pero es evidente que si yo pido para un moribundo un aumento de gracia,
ese moribundo recibe el aumento de gracia. Eso es infalible. Ahora, ese
moribundo, ¿aceptará el aumento de gracia, o no lo aceptará? No sé.
Quizás el otro rechace el aumento de gracia. Entonces no sirve. Pero
como yo pido por todos los que van a morir hoy en el mundo, no todos van
a rechazar la gracia recibida. Mañana pediré por los de mañana. Y
pasado por los de pasado. Pero hoy, voy a pedir por todos los que van a
morir hoy. Yo pido un aumento de gracia para todos los que van a morir
hoy. Y Dios, seguro que les da ese aumento de gracia, porque pido una
cosa buena.
Por lo tanto, gracias a mi oración, todos los que van a morir hoy, van a
recibir un aumento de gracia. ¿Algunos la rechazarán? Pues quizás, sí.
Pero, ¿y el que la aproveche? Alguno se aprovechará. ¿Cuántos? No sé.
¿Uno? ¿Cien? ¿Mil?. Alguno se aprovechará. Algunos de esos hombres iban a
rechazar una gracia, que era suficiente, pero no era eficaz; no les
bastaba. Pero al recibir esa nueva gracia que yo les consigo, piden
perdón, se arrepientan, y se salvan. Y se han salvado gracias a mí.
Gracias a la oración que yo he hecho por ellos Porque han correspondido a
una gracia que no tenían.
Dios les había dado la gracia suficiente. Pero este aumento de gracia
que yo he pedido para ellos, y que Dios no me la niega, hace que la
gracia suficiente haya resultado eficaz. Si yo logro con mi oración de
todos los días, un aumento de gracia, y algún moribundo cada día gracias
a ese aumento de gracia pide perdón, se arrepiente y se salva, fijaos,
¡la cantidad de gente que se puede haber salvado gracias a mi oración!
Y, ¿qué oración hago para que se salven? ¿Cuándo hago esa oración? Yo
la hago en la santa Misa. En el punto central de la Misa. En el momento
de la consagración. En la elevación, cuando estoy elevando la Sagrada
Forma, y cuando estoy elevando la sangre de Cristo en el cáliz, yo digo
esto:
«Señor mío y Dios mío: que tu santa redención consiga mi salvación
eterna y la de todos los que van a morir hoy. Amén».
«Señor mío y Dios mío» que es un acto de fe evangélico. Lo dijo Santo
Tomás. Además es una devoción muy española y muy popular. Siempre nos
han enseñado de pequeños que en la elevación digamos mirando a la
Sagrada Forma y mirando al cáliz: «Señor mío y Dios mío». Después de
este acto de fe tan bonito, tan español y tan evangélico «Señor mío y
Dios mío», añado: «que tu santa redención» que se está repitiendo en la
misa. El sacrificio de la misa es la repetición de la muerte de Cristo
en la cruz.
Sigo: «...que tu santa redención consiga mi salvación eterna». Todos
podemos tener un mal cuarto de hora. ¡Dios nos tenga de su mano! Hay que
ser humildes y reconocer nuestra fragilidad. Tendría poca gracia que
ayudemos a otros a morir, y nos condenemos nosotros: «triste cosa será,
pero posible». Termino: «...que tu santa redención consiga mi salvación
eterna y la de todos los que van a morir hoy Amén».
Esto lo digo todos los días en la Santa Misa, mientras tengo la Sagrada
Forma en mis manos, y mientras tengo el cáliz. Dice San Alfonso María de
Ligorio que quien pide su salvación, se salva. Por mi salvación y por
la de los demás. Hoy por los de hoy, mañana por los de mañana y pasado
por los de pasado.
Evidente, que mi oración conseguirá que alguno, que iba a morir en
pecado, porque la gracia que tenía no le bastaba, con el aumento de
gracia que yo le consigo pida perdón y se salve. Qué fenomenal obra de
caridad con ese moribundo que se iba a condenar y gracias a mí se ha
salvado. Y cuando él en el cielo sepa que se salvó gracias a mí, porque
he pedido por él, y le he conseguido un aumento de gracia, ¡fijaos el
ejército de amigos que tendremos en el cielo pidiendo a Dios e
interesándose por nuestras cosas!
Por eso digo, qué eficaz obra de caridad, qué fenomenal obra de
apostolado, pedir cada día por todos los que van a morir hoy. No hay
duda que alguno se aprovechará de ese aumento de gracia que le hemos
conseguido con nuestra oración.
Segundo: ayudar a los difuntos.
Para ayudar a los difuntos la Iglesia tiene el tesoro de las
indulgencias. Es un tesoro espiritual que tiene la Iglesia. A mí me da
pena cuando veo católicos que menosprecian las indulgencias. Prescinden
de las indulgencias. Como si no existieran. Es despreciar un capitalazo
espiritual.
Yo digo una cosa: si la Iglesia legisla sobre las indulgencias, es
porque son una realidad. La Iglesia no nos va a engañar. Cuando la
Iglesia dispone, reforma y aplica las indulgencias, es porque esto es
una realidad. No vamos a pensar que la Iglesia nos está engañando, y nos
habla de una cosa que es pura imaginación. Y la Iglesia legisla sobre
las indulgencias.
Acaba de hacer una reforma de las indulgencias. En esta reforma de las
indulgencias que ha hecho la Iglesia, ha quitado aquello que decíamos
antes: «Trescientos días de indulgencia», «Siete años de indulgencia».
Aquello lo ha quitado porque se prestaba a confusiones. La gente se
creía que esos trescientos días eran trescientos días de purgatorio.
Realmente no era eso. Era otra cosa más complicada. Prescindo. No digo
lo que había antes, que lo han reformado, sino lo que hay ahora.
Hoy la Iglesia ha dejado dos tipos de indulgencia: indulgencia parcial,
indulgencia plenaria. Y nada más. ¿Qué es indulgencia parcial? Lo voy a
explicar de modo que me entendáis, no con las palabras teológicas y
técnicas.
Indulgencia parcial significa que la Iglesia me duplica mi mérito. Lo
multiplica por dos. Si yo doy un beso a una medalla, ese beso vale según
mi fervor. Si yo doy un beso muy frío, vale mucho menos que si doy un
beso fervoroso. Entonces el valor de mi beso a la medalla, a la estampa,
al crucifijo, a la Virgen, el valor de mi beso en orden a la vida
eterna, depende de mi fervor. Si este objeto está indulgenciado con
indulgencia parcial, se merece el doble. El fervor que yo pongo, se
multiplica por dos. Ésa es la indulgencia parcial.
¿Y qué es indulgencia plenaria? Indulgencia plenaria es que suprime el
purgatorio. Si la gana un moribundo no pasa por el purgatorio. Si la
aplicamos a uno que está en el purgatorio, sale del purgatorio.
Primero, hay que decirlo, porque no todo el mundo lo sabe, el purgatorio
es dogma de fe. La existencia del purgatorio es dogma de fe. La gente
se cree que el purgatorio es lo mismo que el limbo. ¡No señor! El limbo
no es dogma de fe y el purgatorio, sí. Está definido en los Concilios de
Lyón y de Florencia.
San Pablo habla de que podemos ayudar a los difuntos. Pues si podemos
ayudar a los difuntos, es a los del purgatorio. Los que están en el
cielo, no necesitan ayuda. Y a los que están en el infierno, no les
sirve de nada. Por lo tanto, si podemos ayudar a los difuntos, es a los
que están en el purgatorio. El purgatorio es dogma de fe.
El alma que está en el purgatorio, sufre mucho; pero no le sirve a sí
misma. No puede merecer para sí. El tiempo de mérito es la Tierra. En la
vida terrena podemos merecer, para bien o para mal. Pero una vez que se
acaba la vida, con la muerte, ya no se merece más. En el purgatorio, no
se puede merecer. Pero nosotros podemos merecer para ellos. Les podemos
aplicar una indulgencia plenaria. ¿Qué significa que yo gane para ellos
una indulgencia plenaria? Que la saco del purgatorio.
Voy a explicar esto un poco más, en plan popular. Me gusta siempre
buscar ejemplos que se entiendan. ¿Qué es eso de la indulgencia
plenaria? Con la indulgencia plenaria se te quitan las cicatrices que
dejaron en tu alma los pecados cometidos. Tú cometes un pecado mortal, y
es una herida mortal. Esa herida mata tu alma. Si no te arrepientes, te
condenas. Si te confiesas del pecado mortal, y se te cura la herida, ya
no te condenas. Te han cerrado la herida, te han curado la herida; pero
te han dejado una cicatriz. Los pecados perdonados dejan cicatrices, y
de esas cicatrices te purificas en el purgatorio, antes de entrar en el
cielo; porque en el cielo no puedes entrar con el rostro lleno de
cicatrices. En el cielo hay que entrar presentable.
Os voy a contar una anécdota. Conozco yo a una señora, muy elegante.
Tuvo un accidente de coche y se hizo una tremenda cicatriz en la cara,
que la afeaba enormemente. Y yo no sé qué tratamiento de belleza, qué
masaje eléctrico, yo no sé cómo se las arregló, que hoy no tiene
cicatriz. Yo, porque lo sé, veo la cicatriz. Pero sólo le queda una leve
línea. Se ha sometido a un tratamiento de belleza, y le han quitado la
cicatriz. Y ahora ha recuperado la belleza que tenía antes.
Eso es el purgatorio: un tratamiento de belleza para el alma. Ese alma
que está llena de cicatrices por todos los pecados mortales perdonados,
pero que han dejado cicatrices. En el purgatorio, se purifican las
cicatrices, se limpian las cicatrices, desaparecen las cicatrices. Y ya
puedes entrar en el cielo presentable, que es cómo hay que entrar en el
cielo.
Pues esta indulgencia plenaria, yo la puedo ganar o para mí, o para
otro. ¿La puedo ganar para mí? Sí señor. Pero hay un problema. Para que
yo gane una indulgencia plenaria para mí, tengo que tener total
aborrecimiento de todo desorden. Porque si yo tengo un afecto
desordenado, ya estoy mereciendo el purgatorio. Quizás, no infierno;
pero por lo menos purgatorio. Porque tengo un afecto desordenado. Si yo
tengo un afecto desordenado, no gano la indulgencia plenaria para mí.
Pero si yo aplico a otro una indulgencia plenaria, no importa que yo
tenga un afecto desordenado. Si yo tengo un afecto desordenado, ya lo
pagaré en el purgatorio. Pero, ¿qué culpa tiene el otro? Yo puedo ganar
una indulgencia plenaria y aplicársela a otro. Es mucho más fácil ganar
la indulgencia plenaria para otro, que para uno mismo. Para uno mismo es
mucho más difícil. Pero para otro, facilísimo. Basta con hacer la obra
indulgenciada y poner las condiciones.
En la reforma de indulgencias han quitado las indulgencias plenarias
diarias, que había muchas, y han dejado cuatro. Nada más que cuatro. Que
son: rezar el rosario en común o delante del Sagrario; media hora de
oración delante del Santísimo; media hora de lectura de Biblia; y hacer
el Vía-Crucis. Cualquiera de estas cuatro cosas tiene indulgencia
plenaria cada día.
Una de las reformas es que sólo se puede ganar una indulgencia plenaria
al día. Antes había las «Toties quoties» como la Porciúncula: que podías
ganar un montón de indulgencias plenarias en un día. Ahora no. La
Iglesia ha decidido dejar una sola plenaria al día. El Vía-Crucis, que
es lo que yo hago todos los días, es rapidísimo de hacer. Yo no sé si
tardo cinco minutos. No tardo más. En el Vía-Crucis no hay que pararse
en las catorce estaciones. Ni rezar una cosa en cada estación. Basta
recorrer las estaciones pensando en la Pasión. Y en una capilla pequeña,
como la que tenemos los jesuitas en nuestras casas, la capilla la
recorro en cinco minutos. En cinco minutos recorro, meditando en la
Pasión, las estaciones del Vía-Crucis. Muy sencillo. Y gano la
indulgencia plenaria.
Hacer la obra indulgenciada y después, ¿qué condiciones? Pues hay que
confesar los ocho días antes o los ocho días después. Si confieso cada
quince días, vale. Una comunión por cada indulgencia plenaria. Si
comulgo todos los días, vale. Hay que rezar algo por el Papa. Un
padrenuestro por las intenciones del Papa, que lo rezamos siempre,
después del rosario o después del Vía-Crucis.
Fijaos que las condiciones no pueden ser más sencillas. Si yo todos los
días hago un acto que tenga indulgencia plenaria, yo puedo sacar un alma
del purgatorio cada día. Fijaos si esto no es fenomenal. Basta que me
preocupe de rezar el rosario delante del Santísimo o en común; media
hora de oración delante del Santísimo, que lo hacen montones de
personas; leer la Biblia durante media hora o el Vía-Crucis. Con que te
preocupes un poquitín, puedes sacar del purgatorio un alma al día.
Fijaos si esto no es una obra de caridad impresionante. Y después lo que
significa tener en el cielo ese ejército de amigos que saben que tú los
sacaste del purgatorio. Fíjate cómo estarán pidiendo a Dios por tus
necesidades. Esto que digo, de preocuparse de las almas del purgatorio,
me parece interesantísimo, por lo que tiene de caridad. Podemos
aplicarla a un ser querido; pero también podemos dejarla en manos de
Dios y de la Virgen para que las apliquen a las almas más necesitadas
del purgatorio.
Hay una cosa que se llama « El voto de ánimas» que lo llaman «acto
heroico de caridad». Yo, sinceramente, pienso que de heroicidad nada.
¿En qué consiste el voto de ánimas? No es voto, se llama así, pero no
obliga bajo pecado. Y puede uno rectificarlo cuando quiera. Pero se
llama «voto de ánimas». ¿Qué significa el voto de ánimas? Significa que
yo renuncio a todos los méritos renunciables, porque hay méritos que son
irrenunciables. En mis buenas obras, yo tengo méritos que son
intransferibles. Pero hay otros méritos que yo puedo renunciar. Pues yo
renuncio a todos los méritos que yo pueda renunciar, y los pongo en
manos del Señor y de la Virgen, para que ellos los distribuyan entre las
almas del purgatorio más necesitadas. Que ellos distribuyan como
quieran los méritos míos.
Se llama «acto heroico de caridad», por lo que yo renuncio en favor de
las almas del purgatorio. Pero yo digo: esto de heroico nada. Porque si
dice Cristo: «Los misericordiosos alcanzarán misericordia», y si por
hacer yo este acto de misericordia, después voy a tener la misericordia
de Dios para conmigo, ¿qué más quiero? Soy yo el que salgo ganando,
haciendo un acto de misericordia. Porque Dios después tendrá
misericordia conmigo.
Si yo renuncio a ese tesoro espiritual mío, que he ganado con mis buenas
obras, si con esa pequeña renuncia de mis pobres obras, logro ayudar a
tantas almas que suban a la gloria, y después se interesan por mí,
decidme si no es fenomenal tener en el cielo ese ejército de amigos
míos, que saben que yo les ayudé a entrar en la gloria. Lo que se van a
preocupar por mí.
Por eso decía el Padre Eduardo Fernández Regatillo, S.I., que era un
teólogo de gran notoriedad: «Muchas personas de gran categoría
espiritual y teológica, han hecho el voto de ánimas». Basta que un día
en la misa se haga este ofrecimiento: «Señor, te ofrezco todo lo que yo
pueda renunciar, en beneficio de las almas del purgatorio». ¡Los
misericordiosos alcanzarán misericordia!
A ver si os animáis a ayudar a los moribundos y a las almas del
purgatorio. Que vosotros saldréis ganando. Y ellos también. Muchas
gracias