
Si Dios habla al hombre de sí mismo, entonces el
hombre podrá conocerle mejor. También podrá, en consecuencia, hablar
mejor acerca de Dios, proclamando y profesando la fe en lo que Dios le
ha dicho acerca de sí mismo y del universo.
El hombre busca la verdad
Por su propia dignidad, todos los hombres, en cuanto
son personas, esto es, dotados de inteligencia y voluntad libre y, por
ello, dotados de responsabilidad personal, se sienten movidos por su
propia naturaleza y por obligación moral a buscar la verdad, en primer
lugar la que corresponde a la religión.
El hombre, con su inteligencia, trata de comprender el mundo que le
rodea, es decir, busca la verdad. Desea saber lo más posible acerca del
mundo y de sí mismo. Lleva impresa en su alma una tendencia a saber las
verdades más profundas. Son éstas las que se refieren al origen del
mundo y del hombre, a su fin y, en definitiva, a su Creador.
Pero así como puede el hombre conocer verdades con su
inteligencia, también puede comunicárselas, por medio del lenguaje, a
los demás hombres, que también son inteligentes.
Nada impide que el Creador se comunique con el hombre y le revele o
descubra verdades, utilizando el lenguaje del propio hombre.
Estas verdades pueden ser: tanto aquellas que el hombre podía conocer
con su inteligencia (verdades naturales), como otras que le superan,
pero cuyo conocimiento es beneficioso para él y, por eso, Dios se las
transmite (verdades llamadas sobrenaturales)
Revelación
Manifestación, en hechos y en palabras, que Dios hace
de sí mismo y de sus planes de salvación para con los hombres: Dios
invisible, movido de amor, habla a los hombres como amigos y trata con
ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía. La revelación de Dios
se lleva a cabo plenamente en Jesucristo. Comenzó con las primeras
comunicaciones proféticas de la palabra divina en la Antigua Alianza y
objetivamente ha acabado con la muerte del último apóstol. Sin embargo,
la explicación o explicitación de lo que Dios ha revelado sigue
haciéndose en la Iglesia a medida de las necesidades vivas que el
desarrollo de la misma comunidad creyente hace aparecer.
La fe
Fe es creer algo a alguien. Se cree porque se fía uno
de ese alguien y se está cierto, seguro, de aquello que le dice el
otro, aunque no lo haya visto. En la vida de cada día estamos
constantemente teniendo fe en los demás. Nadie, por ejemplo, se subiría
en un avión si no confiara en el piloto, que le va a llevar a un lugar
determinado y no le va a estrellar contra el suelo.
Cuando el hombre asiente a unas verdades, no porque las adquiera con su
inteligencia, sino porque se fía de la palabra de Dios, tiene fe
religiosa o fe en Dios. Y aunque no comprenda esas verdades más que en
una pequeña medida, la sabiduría sin límites del Creador le hace asentir
a ellas con más fuerza que a las que él mismo adquiere con su esfuerzo.
Toda profesión de fe es una comunicación a los demás de lo que se cree.
También pueden varios hombres juntos confesar esa fe y proclamarla. Es
lo que hacemos cuando juntos rezamos el Padrenuestro. El 7 de junio de
1981, el Papa Juan Pablo 11 quiso rezar el Credo de Nicea-Constantinopla
en San Pedro del Vaticano junto con los representantes de otras
confesiones cristianas no católicas.
La enseñanza del Concilio Constantinopolitano 1
-decía el Papa- es todavía hoy la expresión de la única fe común de la
Iglesia y de todo el Cristianismo. Confesando esta fe -como -hacemos
cada vez que recitamos el Credo- y reviviéndola en la próxima
conmemoración centenaria, queremos poner de relieve lo que nos une con
todos nuestros hermanos, a pesar de las divisiones que han surgido a lo
largo de los siglos. (Carta de 25-11-81).
Al profesar la fe, el hombre da testimonio ante los demás de su
creencia. El testimonio perfecto será el de quien cumple con sus obras
lo que expresa en las palabras.
El creyente, al confesar y proclamar la fe, convoca a los demás, les
invita a que crean lo que él cree.
FE: Ante todo es la plena aceptación de Dios, tal como El se nos revela o
da a conocer. Esta actitud de fe se caracteriza por la confianza en
Dios y por una-adhesión personal a Cristo revelador del Padre y Salvador
de los hombres. Aceptar a Cristo quiere decir aceptar su Evangelio, sus
enseñanzas y vivir según su Espíritu, en comunión con ¡la fe de la
Iglesia. (C.v.e., p. 300)
«Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a
tu enviado, Jesucristo» (Jn. 17, 3)
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