Autor: Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

De muchas maneras puede resonar en la vida de un creyente el eco de esta sencilla afirmación: «Dios –es o se ha hecho- prójimo del hombre».
La fe intuye que la historia de la salvación es revelación y realización progresiva de la cercanía de Dios a la criatura humana. Intuimos una presencia que nos sostiene, nos invade y nos vacía, nos ilumina y nos ciega, nos sosiega y nos inquieta, nos consuela y nos juzga. Intuimos a Dios tan cerca de nosotros como lo están su silencio y su palabra, más cerca de nosotros que nosotros mismos, más “dentro de nosotros que nuestra intimidad”.
Podemos decir con verdad: “Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto, de lejos percibes mis pensamientos. Disciernes mi camino y mi descanso, todas mis sendas te son familiares”.
Si ésa es la confesión que nace de tu fe, y a ti mismo te ves como “un pobre malherido”, éstas podrían ser las palabras de tu súplica: “Mi oración se dirige a ti, Dios mío, el día de tu favor; que me escuche tu gran bondad, que tu fidelidad me ayude”, que “tu salvación me levante”.
Dios está siempre cerca del hombre, pero sólo la fe tiene ojos para verlo, sólo la pobreza encuentra palabras para derramar el corazón en su presencia, es más, la pobreza es ella misma palabra elocuente que se hace sentir en las moradas de la compasión. El hombre que “cayó en manos de unos bandidos, que lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto”, no puede siquiera pedir nada, pues no le han dejado palabras, sólo le quedaron heridas. Y serán las heridas las que hablen al corazón de la piedad y encuentren en ella la ayuda que necesitan.
Dios cerca de ti, Israel; Dios cerca de ti, Iglesia del Señor; Dios tan cerca de ti, asamblea santa, como lo está la palabra que escuchas, como el aire que respiras, como la mano de aquel samaritano sobre el cuerpo del hombre medio muerto, como la venda lo está de las heridas, como lo está de tu cuerpo la eucaristía que recibes. Dios, su palabra, su Ley, su Hijo, está muy cerca de ti: “en tu corazón y en tu boca”.
El Señor, que se ha comportado contigo como tu prójimo, el Hijo que llegó a donde estabas tú, te vio, tuvo compasión de ti, te curó y te cuidó, el Samaritano compasivo que te asistió, Cristo Jesús te dice: “Anda, haz tú lo mismo”.
Que los pobres puedan comulgarte como tú comulgas a Cristo. Que seas prójimo para ellos como Cristo ha querido serlo para ti. Que te lleven en el corazón y en la boca como tú llevas a Cristo Jesús.