
1. Según el programa y el método que nos hemos propuesto, podemos
comenzar también esta catequesis con la lectura de un pasaje de la
constitución conciliar Lumen Gentium que dice así: "Fue voluntad de Dios
el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión
alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que lo confesara
en verdad y lo sirviera santamente (...). Pactó con él una alianza y lo
instruyó gradualmente, revelándose a sí mismo y los designios de su
voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para
sí" (n. 9). El objeto de la catequesis anterior era ese pueblo de Dios
en la Antigua Alianza. Pero el Concilio agrega en seguida que "todo esto
sucedió como preparación y figura de la Alianza nueva y perfecta que
había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de
hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne" (Lumen Gentium, 9). Todo
este pasaje de la constitución conciliar sobre la Iglesia que hemos
citado se encuentra al comienzo del capítulo 11, titulado "El pueblo de
Dios". Efectivamente, según el Concilio, la Iglesia es el pueblo de Dios
de la Nueva Alianza. Este es el pensamiento que san Pedro transmite y
las primeras comunidades cristianas: "Vosotros que en un tiempo no erais
pueblo y que ahora sois el pueblo de Dios" (1 Pe 2, 10).
2. En su realidad histórica y en su misterio teológico, la Iglesia
emerge del pueblo de Dios de la Antigua Alianza. Aunque se la designa
con el nombre qahal (= asamblea), se desprende claramente del Nuevo
Testamento que ella es el pueblo de Dios constituido de un modo nuevo
por obra de Cristo y en virtud del Espíritu Santo. San Pablo escribe en
la segunda Carta a los Corintios: "Nosotros somos santuario de Dios
vivo, como dijo Dios: "Habitaré en medio de ellos y andaré entre ellos;
yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo " (6,16). El pueblo de Dios se
constituye de un modo nuevo, porque forman parte de él todos los
creyentes en Cristo, sin "ninguna discriminación" entre judíos y no
judíos (Cfr. Hech 15, 9). San Pedro lo afirma claramente en los Hechos
de los Apóstoles al referir que "Dios ya al principio intervino para pro
curarse entre los gentiles un pueblo para su Nombre" (Hech 15, 14). Y
Santiago declara que "con esto concuerdan los oráculos de los Profetas"
(Hech 15,15).
San Pablo nos da otra confirmación de esta perspectiva, durante su
primera estancia en la ciudad pagana de Corinto, donde oyó estas
palabras de Cristo: "No tengas miedo, sigue hablando y no calles (...)
pues tengo yo un pueblo numeroso en esta ciudad" (Hech 18, 9)10).
Finalmente, en el Apocalipsis se proclama: "Esta es la morada de Dios
con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y
él, Dios-con-ellos, será su Dios" (Ap 21, 3).
De todo esto se trasluce la conciencia que desde el principio
existe en la Iglesia sobre la continuidad y al mismo tiempo la novedad
de su realidad como pueblo de Dios.
3. Ya en el Antiguo Testamento, Israel debió el hecho de ser pueblo
de Dios a una elección y a una iniciativa divina. Pero estaba limitada a
una única nación. El nuevo pueblo de Dios supera esa frontera.
Comprende en sí a hombres de todas las naciones, lenguas y razas. Tiene
carácter universal, es decir, católico. Como dice el Concilio: "Ese
pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre" (Cfr. 1 Cor 11,
25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que
se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el
nuevo pueblo de Dios" (Lumen Gentium, 9). El fundamento de esa novedad
.el universalismo. es la redención obrada por Cristo. Por eso, "también
Jesús, para santificar al pueblo con su sangre, padeció fuera de la
puerta" (Hb 13,12). "Por eso tuvo que asemejarse en todo a sus hermanos,
para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en
orden a expiar los pecados del pueblo" (Hb 2, 17).
4. Así se ha formado el pueblo de Dios de la Nueva Alianza, que
había sido anunciada por los profetas del Antiguo Testamento, en
particular por Jeremías y Ezequiel. Leemos en Jeremías: "He aquí que
días vienen (oráculo del Señor): pondré mi Ley en su interior y sobre
sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo"
(Jer 31, 33).
El profeta Ezequiel hace que se transparente aún más la perspectiva
de una efusión del Espíritu Santo en la que se cumplirá la Nueva
Alianza: "Os daré un corazón nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón
de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en
vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y
practiquéis mis normas" (Ez 36, 2627).
5. El Concilio saca principalmente de la primera Carta de Pedro su
enseñanza sobre el pueblo de Dios de la Nueva Alianza, heredero de la
antigua Alianza. "Quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen
corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo
(Cfr. 1 Pe 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo
(Cfr. Jn 3, 5)6), pasan, finalmente, a constituir un linaje escogido,
sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición (...), que en un
tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios" (Lumen Gentium, 9). Como
se ve, esta doctrina conciliar subraya, con san Pedro, la continuidad
del pueblo de Dios con el de la Antigua Alianza, pero destaca asimismo
la novedad, en cierto sentido absoluta, del nuevo pueblo instituido en
virtud de la redención de Cristo, salvado (= adquirido) por la sangre
del Cordero.
6. El Concilio describe la novedad de "este pueblo mesiánico" que
"tiene por cabeza a Cristo", que fue entregado por nuestros pecado y
resucitó para nuestra salvación" (Rom 4, 25) (...). La condición de este
pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos
corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el
nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (Cfr. Jn
13, 34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el
reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al
final de los tiempos él mismo también lo consume, cuando se manifieste
Cristo, vida nuestra (Cfr. Col 3, 4), y la misma criatura sea libertada
de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los
hijos de Dios (Rom 8, 21)" (Lumen Gentium, 9).
7. Se trata de la descripción de la Iglesia como pueblo de Dios de
la Nueva Alianza (Cfr. Lumen Gentium, 9), núcleo central de la humanidad
nueva llamada en su totalidad a formar parte del nuevo pueblo. En
efecto, el Concilio añade que "el pueblo mesiánico (...) aunque no
incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una
grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen
segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo
instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve
también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a
todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (Cfr. Mt
5,13.16)" (Lumen Gentium, 9). La próxima catequesis la dedicaremos a
este tema fundamental y fascinante.