1. Según el Concilio Vaticano II, "la Iglesia es en Cristo como un
sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano" (Lumen Gentium, 1). Esta doctrina,
propuesta desde el principio de la constitución dogmática sobre la
Iglesia, necesita alguna aclaración que haremos durante esta catequesis.
Comencemos señalando que el texto apenas citado sobre la Iglesia como
"sacramento" se encuentra en la constitución Lumen Gentium, en el
capitulo primero, cuyo titulo es "El misterio de la Iglesia" (De
Ecclesiae mysterio). Por tanto, es preciso buscar una explicación de
esta sacramentalidad que el Concilio atribuye a la Iglesia en el ámbito
del misterio ("mysterium"), tal como lo entiende este primer capítulo de
la constitución.
2. La Iglesia es un misterio divino porque en ella se realiza el
designio (o plan) divino de la salvación de la humanidad, a saber, "el
misterio del reino de Dios" revelado en la palabra y en la misma
existencia de Cristo, Jesús revela este misterio, en primer lugar, a los
Apóstoles: "A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios,
pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas" (Mc 4,
11).
El significado de las parábolas del reino, a las que ya dedicamos
una catequesis, encuentra su realización primera y fundamental en la
Encarnación, y su cumplimiento en el tiempo que va desde la Pascua de la
cruz y de la resurrección de Cristo hasta el Pentecostés en Jerusalén,
donde los Apóstoles y los miembros de la primera comunidad recibieron el
bautismo del Espíritu de verdad, que los hizo capaces de dar testimonio
de Cristo. Precisamente en aquel mismo tiempo, el misterio eterno del
designio divino de la salvación de la humanidad asumió la forma visible
de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios.
3. Las cartas paulinas lo expresan de modo muy explícito y eficaz.
En efecto, el Apóstol anuncia a Cristo "conforme... a la revelación de
un misterio mantenido en secreto durante siglos enteros, pero
manifestado al presente" (Rom 16, 25.26). "El misterio escondido desde
siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios
quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio
entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la
gloria" (Col 1, 26.27): éste es el misterio revelado para consolar los
corazones, para edificar la caridad y para alcanzar la inteligencia
plena de la riqueza que contiene (Cfr. Col 2, 2). Al mismo tiempo, el
Apóstol pide a los Colosenses que oren "para que Dios nos abra una
puerta a la Palabra, y podamos anunciar el misterio de Cristo", y confía
poder darlo a conocer anunciándolo como debo hacerlo" (Col 4, 3 4).
4. Ese misterio divino, o sea, el misterio de la salvación de la
humanidad en Cristo es, sobre todo, el misterio de Cristo, pero está
destinado "a los hombres". Leemos en la carta a los Efesios que ese
misterio "no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido ahora
revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los
gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y participes de la
misma promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio, del cual, agrega
el Apóstol, “he llegado a ser ministro, conforme al don de la gracia de
Dios a mí concedida por la fuerza de su poder" (Ef 3, 5.7).
5. El concilio Vaticano II recoge y vuelve a proponer esta
enseñanza de Pablo cuando afirma: "Cristo, levantado sobre la tierra,
atrajo hacia sí a todos (Cfr. Jn 12, 32); habiendo resucitado de entre
los muertos (Cfr. Rom 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu
vivificador, y por él hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento
universal de salvación (Lumen Gentium, 48). Y también: "Dios formó una
congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús el autor de la salvación
y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin
de que fuera para todos y cada uno sacramento visible de esta unidad
salutífera" (Lumen gentium, 9).
Por tanto, la iniciativa eterna del Padre, que concibe el plan
salvífico, manifestado a la humanidad y realizado en Cristo, constituye
el fundamento del misterio de la Iglesia en la que éste, por obra del
Espíritu Santo, es participado a los hombres, comenzando por los
Apóstoles. Gracias a esa participación en el misterio de Cristo, la
Iglesia es el Cuerpo de Cristo. La imagen y el concepto paulino de
"cuerpo de Cristo" expresan al mismo tiempo la verdad del misterio de la
Iglesia y la verdad de su carácter visible en el mundo y en la historia
de la humanidad.
6. El término griego mysterion ha sido traducido al latín como
sacramentum. En este sentido lo usa el magisterio conciliar en los
textos que acabamos de citar. En la Iglesia latina, la palabra
"sacramentum" ha tomado un sentido teológico más específico, designando
los siete sacramentos. Está claro que la aplicación de este sentido a la
Iglesia sólo es posible de modo analógico.
En efecto, según la enseñanza del concilio de Trento, un sacramento
"es el signo de una cosa santa y la expresión visible de la gracia
invisible" (Cfr. DS 1639). Sin duda, semejante definición puede
aplicarse de modo analógico a la Iglesia.
Pero es necesario notar que esa definición no basta para expresar
lo que es la Iglesia. La Iglesia es signo, pero no es sólo signo; en sí
misma es, también, fruto de la obra redentora. Los sacramentos son los
medios de santificación. En cambio, la Iglesia es la asamblea de las
personas santificadas y constituye, por tanto, la finalidad de la
intervención salvífica (Cfr. Ef 5, 25.27).
Hechas estas aclaraciones, el término "sacramento" puede aplicarse a
la Iglesia. En efecto, la Iglesia es el signo de la salvación realizada
por Cristo y destinada a todos los hombres mediante la obra del
Espíritu Santo. Es un signo visible: la Iglesia, como comunidad del
pueblo de Dios, tiene un carácter visible. También es un signo eficaz,
pues la adhesión a la Iglesia otorga a los hombres la unión con Cristo y
todas las gracias necesarias para la salvación.
7. Cuando se habla de los sacramentos como signos eficaces de la
gracia salvífica, instituidos por Cristo y celebrados en su nombre por
la Iglesia, la analogía de la sacramentalidad con respecto a la Iglesia
subsiste a través del vinculo orgánico entre la Iglesia y los
sacramentos; de todas formas, hay que tener en cuenta que no se trata de
una identidad sustancial. No es posible, desde luego, atribuir a todo
el conjunto de las funciones y de los ministerios de la Iglesia la
institución divina y la eficacia de los siete sacramentos. Por otra
parte, en la Eucaristía hay una presencia sustancial de Cristo, que
ciertamente no puede extenderse a toda la Iglesia. Dejemos para otro
momento una explicación más ampliada de esas diferencias. Pero podemos
concluir esta catequesis con la gozosa observación de que el vínculo
orgánico entre la Iglesia-sacramento y cada uno de los sacramentos es
muy estrecho y esencial precisamente en lo referente a la Eucaristía. En
efecto, la Eucaristía actúa y hace presente a la Iglesia, en la medida
en que ésta (como sacramento) celebra la Eucaristía. La Iglesia se
manifiesta en la Eucaristía, y la Eucaristía hace la Iglesia. Sobre todo
en la Eucaristía la Iglesia es y se convierte cada vez más en el
sacramento "de la unión íntima con Dios" (Lumen Gentium, 1).