Educar en la convivencia familiar es todo un arte.
Consiste en demostrar a los niños y adolescentes que todo lo que hacemos
o dejamos de hacer afecta a los demás, que la generosidad no sólo
implica servir sino que reconocer, valorar y agradecer el servicio de
los demás.
Los encargos o pequeñas tareas domésticas son un eficaz medio de educar
para la convivencia. Y las vacaciones, la época propicia para poner en
marcha un plan de acción familiar. Pero no se trata simple y llanamente
de repartir tareas y luego regañar si no las sacan adelante: asignar y
supervisar encargos también es un arte porque implica saber qué y a
quién encargar algo.
En una escena del libro El principito, un rey plantea: "Si le ordeno a
un general que dé vueltas volando alrededor de una flor como si fuera
una mariposa, y él no cumple la orden, ¿de quién es la culpa, del
general o de quién le dio una orden imposible de cumplir?” Con este
ejemplo tan sencillo el autor enseña que quien está a la cabeza de un
equipo tiene por principal misión organizarlo para que todo marche bien:
para ello debe conocer muy bien a cada miembro de su grupo, saber
cuáles son sus talentos y flaquezas, y pedirle aquello que hará bien o
que le hará bien.
En el caso de una familia ocurre lo mismo: los padres son la cabeza del
equipo y deben organizarlo para lograr, como objetivo inmediato, que la
convivencia sea agradable para todos, y como objetivos de mediano y
largo plazo, que esa convivencia permita formar seres humanos íntegros,
expertos en el arte de convivir con otros.
Junto con el verano y las vacaciones escolares, los horarios se relajan,
cambia la rutina familiar y se multiplica el trabajo de la casa. Se
pone a prueba la convivencia familiar porque se pasa mucho más tiempo
juntos y compartiendo un espacio que no siempre es grande. Por ello, al
preparar los meses de vacaciones, les proponemos un concreto y práctico
“plan de acción” para distribuir encargos familiares con los que se
lograrán dos objetivos: en el corto plazo, distribuir el trabajo entre
todos y minimizar con ello el desorden y la sobrecarga de tareas que
generalmente pone más cansada y gruñona a la mamá; en el mediano y largo
plazo, hacer crecer a los hijos en generosidad y fortalecerles para
enfrentar luego la vida.
Antes de desarrollar el plan de acción, hay que hacer una aclaración:
nada de esto resulta si la mamá o el papá considera que "es más fácil
que yo haga todo", o "yo lo hago más rápido y mejor". Coordinar,
motivar, supervisar y corregir es mucho más importante que "tener una
casa que funcione como reloj". Por eso, si bien el plan de acción exige
constancia y responsabilidad por parte de los hijos, también exige
paciencia y vista gorda por parte de los padres: tal vez a los niños no
les quede tan bien cortado el pasto, pero si lo han cortado con esmero,
tiene mucho valor.
La casa podría convertirse en una pensión, donde todo está siempre a
punto sin que se sepa cómo ni quién lo hace.
Después de la comida familiar, pida que entre todos vayan nombrando lo
que hubo que hacer ese día: abrir cortinas, hacer camas, colgar toallas,
poner la mesa del desayuno, contestar el teléfono, pagar al panadero,
sacar la basura, dar de comer al perro... Pida a un hijo "secretario"
que vaya tomando nota. Sin duda resultará una larga lista que les
ayudará a ver todo lo que hay tras el buen funcionamiento de una casa.
Asumir pequeñas tareas familiares y cumplirlas con responsabilidad ayuda
a vivir los buenos instintos que surgen a esta edad: sentido de
justicia, afán de superación, deseo de ayudar y colaborar con los demás.
Estimule a sus hijos a elegir tareas de esa lista que ellos podrían
comprometerse a hacer. No dé como motivo que la mamá está cansada, o que
con todos los niños en la casa hay más trabajo o que no hay ayuda
doméstica. El gran motivo es adquirir un compromiso con la familia,
sentirse parte fundamental de un equipo.
Es importante demostrar que las tareas de la casa no son responsabilidad
de las mujeres sino de todos quienes viven en ella.
Lo importante es distribuir la lista de encargos según los intereses que
cada cual mostró. Existen gustos y capacidades personales. Asigne las
tareas pensando cuál puede ser más educativa para cada hijo según su
carácter y aptitudes personales.
Los encargos tienen un gran valor formativo, pues fomentan la
preocupación por los demás, el espíritu de servicio y la conciencia de
ser útil a los demás. Este sentimiento es muy importante cuando los
hijos llegan a la adolescencia.
No caiga en la tentación de remunerar los encargos o establecer un
cierto tipo de trueque: si recoges tu toalla, podrás salir a patinar con
tus amigas. Al contrario, motívelos con frases como "Somos un equipo",
"Lo que hagas o dejes de hacer afecta a los demás", "No a la pensión -
Sí al hogar", "No ayudo por cumplir sino por servir", que puede escribir
en una cartulina a la vista de todos o de cada uno... Cada familia
tiene su estilo y en algunos hogares estos lemas pueden causar mucha
risa. Para los hijos "chistosos" o burlones es infalible el lema de una
abuela: "el que no coopera, no come".
SATISFACCIÓN DEL TRABAJO BIEN HECHO
Al confeccionar y distribuir la lista verifique que las tareas sean
acordes a la edad de los hijos, para que ellos puedan cumplirlas bien.
Sería frustrante que nunca lograran hacer bien la recámara, porque son
muy chicos, o regar bien porque pasan resfriados. Se debe buscar algo
factible de realizar, cuyo cumplimiento favorezca la estima y seguridad
personal. También es importante poner un plazo de inicio y fin al
encargo, para que el hijo sepa por cuánto tiempo será responsabilidad
única de él.
Comprometerse con un encargo es algo serio y personal, y aunque sea
pequeño, grafica muy bien que todos los trabajos son necesarios y por
ello dignos de reconocimiento.
Cuando la lista ya esté distribuida es importante que cada uno se
comprometa en voz alta a cumplirla por el plazo acordado. Explique a
cada hijo personalmente las consecuencias que podría tener no cumplir
con su respectivo encargo: si tu no repones el papel del baño.... si tú
no cuelgas a secar las toallas en la mañana... si tú no abres el buzón
de las cartas.... si tú no cierras las cortinas en la tarde..., si tú no
avisas a tiempo que queda sólo un litro de leche...
A través de los encargos el niño descubre que un trabajo exige
preparación y adiestramiento, y que cada día puede superarse haciéndolo
mejor y más rápido.
Cuando el plan de acción ya comienza a implementarse, usted debe
retirarse de escena: no ande como policía verificando el cumplimiento de
cada encargo, ni haciendo usted lo que corresponde a otro. Por ello hay
que hacer la vista gorda si la cama no queda tan bien hecha, o los
tomates mejor pelados. Es muy desmotivante para el niño darse cuenta que
usted no valora lo que él hizo. Tiene que dejar la cama así hasta que
él solo aprenda a hacerla mejor, y comerse los tomates aunque estén a
medio pelar. Distinto es la supervisión: recordar que deben hacer sus
encargos cuando vea que no están cumpliendo con el acuerdo. Pero en esto
también hay que ser claro: si de tres hermanos, dos están cumpliendo
con sus encargos, hay que dejar en evidencia que quien no está haciendo
el suyo perjudica a todos.
Aprender a identificar obstáculos es parte importante de las lecciones
que pueden sacarse de un plan de encargos familiares.
FLEXIBLES PARA CAMBIAR
Hay que permitir que los mismos hijos vayan detectando las dificultades
con que se encuentran a la hora de realizar su encargo. Tal vez uno o
dos días después ellos mismos harán comentarios como "me cuesta sacar la
bolsa de basura porque el tarro es muy chico", "sería más fácil para mí
colgar las toallas si no las dejaran botadas en los pasillos", o "se me
cae la sal de golpe al aliñar porque está roto el salero". Estas no son
quejas ni excusas, sino la confirmación práctica de que todo trabajo se
realiza con herramientas y por eso es que los papás destinan recursos
al hogar en vez de gastar sólo en los que hijos podrían pensar que es
mejor: vacaciones, ropa, panoramas.
Reconocer las propias limitaciones a la hora de cumplir con un encargo
también es una lección importante.
Los papás deben ser flexibles para cambiar un encargo siempre que no sea
la "lata" o la flojera lo que impida al hijo cumplirlo. Si se ve que no
puede hacerlo por horario (el hijo que debía poner la mesa en
vacaciones juega tenis de doce a una y siempre llega a la casa... cuando
usted ya la puso); por capacidad, (porque le tiene miedo al perro y no
es capaz de llenarle el plato de agua), o porque interfiere en otros
panoramas (el hijo que está en una escuela de fútbol, no puede ayudar
con el aseo). A veces las limitaciones no sólo son externas a los hijos,
sino propias. Hay alguno que preferiría contestar el teléfono, pero si
justo es el que no sabe escribir, olvidará nombres y recados.
La mejor motivación para enfrentar una nueva tarea es darse cuenta que
antes se fue capaz de sacar adelante otra tarea.
Valore y felicite personalmente a cada hijo (y con frecuencia) por el
esfuerzo que ha puesto en el cumplimiento de su encargo (aunque no haya
sido hecho a la perfección). No hay nada que desmotive más a un niño que
la mamá o el papá arreglen lo que él hizo como encargo personal.
Pensarán: Igual lo hacen ellos después.
ENCARGOS PERSONALES PARA VACACIONES
Los realiza cada hijo, siempre y todos los días
- Hacer su cama.
- Ordenar la pieza y el baño.
- Ordenar sus juguetes, ropa y escritorio.
- Avisar los desperfectos de su ropa y pedir ayuda para arreglarlos
(coser el botón, comprar un parche para el pantalón).
- Sí come fuera del horario familiar, limpiar lo que se ensució, lavar y
guardar.
- Apagar las luces que no se usan.
- Guardar el vídeo que vio, el disco que escuchó, el diario que leyó.
REQUISITOS DE UN ENCARGO
Que lo pueda hacer el hijo solo, que sea periódico y que sea
supervisable.
Los encargos no son para aliviar la carga de los padres ni para
aprovechar el tiempo libre de los hijos; son para hacerlos más fuertes
para enfrentar la vida:
Encargos diarios
Se distribuyen entre los hermanos y pueden cambiarse a la semana o cada
quince días.
- Ayudar a confeccionar el menú de comidas.
- Poner y sacar la mesa.
- Poner el pan y el agua.
- Aliñar las ensaladas.
- Ayudar con el aseo (en una tarea concreta: vaciar los basureros, pasar
el paño de sacudir, pasar la aspiradora...
- Contestar el teléfono.
- Regar las plantas.
- Ordenar los sillones.
- Poner el canasto de la ropa sucia y luego llevarlo al lavadero.
- Apagar luces y poner llaves a las puertas.
- Regar el jardín.
- Cuidar y alimentar al perro, gato o canario.
- Recoger el correo.
- Bajar y subir persianas.
- Apagar las luces.
Encargos semanales
También se distribuyen entre los hermanos, pero como no hay que hacerlos
todos los días, son de más larga duración:
- Sacar la basura.
- Poner papel higiénico en los baños.
- Juntar diarios o botellas viejas para desechar.
- Revisar lo que falta en la despensa.
- Hacer el menú semanal.
- Distribuir la ropa del planchado sobre cada cama.