Autor: P. Javier Leoz

El retorno de las estaciones, con todos los fenómenos que les acompañan, nos recuerdan entre otras cosas lo que la primera lectura expresa: ¡todo es vanidad! La primavera, que reviste a los campos con bellos mantos, da lugar al verano que los amarillea, al otoño que los desnuda o al invierno que los adormece. Y, el hombre, aun asistiendo a esta realidad….le parece que, su existir, va a ser eterno. Qué razón tenía un ponente cuando afirmaba que “a las nuevas generaciones se les incita a vivir pero no se les enseña a morir, y cuando lo descubren, les resulta traumático el seguir adelante como si, con ello, fueran a detener el paso del tiempo”.
1.El vivir al día, además de incentivar el alma creativa de las personas, nos hace sentirnos vivos y, sobre todo, disfrutar con todo su colorido e intensidad la misma vida. Pero, cuando el ser humano se empeña en acaparar con las armas de la codicia o la avaricia, se transforma en una cosechadora de bienes en detrimento de su propia felicidad. Ya sabemos, y muy bien, que el dinero ayuda. Pero ¿lo es el todo? ¿Por qué –entonces-cuando surge la enfermedad, el llanto, las pruebas o los sufrimientos, se queda tan corto y ofrece tan pocas respuestas? Siempre es bueno recordar aquello del famoso millonario neoyorkino:”la mayor de mis fortunas no me ha servido, frente a un cáncer, para alargar mi vida ni un solo año”. Y es que, no siempre la opulencia o la avaricia, son soluciones que nos proporcionen bienestar. En más de una ocasión todo lo contrario: insatisfacción.
2.Desde siempre, en el hombre se ha dado ese deseo de tener, de acaparar, de posesión y que, San Juan, ya lo define como “codicia de los ojos”. ¿Qué hacer, en este momento en que en gran parte del mundo, sentimos los latigazos de una crisis que se ceba especialmente con los más pobres? Ni más ni menos que, desde nuestras posibilidades, compartir aquello que podamos tener de más con aquellos que lo necesitan para seguir viviendo. En tiempos de dificultades, son muchos los hermanos los que –desde la orilla de la pobreza- rezan y miran a Dios exclamando: “¡diles a los cristianos que no se olviden de nosotros””.
El Señor, al hilo del Evangelio de hoy, no está para custodiar nuestras riquezas. Entre otras cosas porque, El en persona, ha venido a proclamar otros bienes que están muy por encima de los materiales.
Que el Señor nos haga descubrir la verdad o la mentira de nuestra fe. Un medidor, auténtico y fiable, será el si somos capaces de ver como polilla aquello que nuestros ojos contemplan como preciado capital y observar como un auténtico tesoro aquello que, la pantalla del mundo nos hace creer que vale poco o nada.
Dios no es ningún aguafiestas ni mucho menos. Simplemente nos alerta de una gran realidad: la codicia, el consumo, la apariencia, la riqueza…no son garantes de una vida feliz ni eterna. ¿O no?